Capítulo 2

852 Palabras
Justo cuando el desánimo amenazaba con consumirme, una figura corrió hacia el borde del patio de entrenamiento. Era Lyall, el jefe de la guardia de la muralla. Su rostro, pálido bajo la luz gris del día, me heló la sangre. No corría así a menos que el cielo se estuviera cayendo sobre nosotros. Interrumpí el combate con un gesto de mi mano. El silencio volvió a caer, esta vez pesado, cargado de expectación. Lyall se arrodilló ante mí, con la cabeza gacha. —Mi Alfa. —Levántate y habla —ordené, mi voz ya no era la de un instructor, sino la de un rey. Él se puso de pie, el aliento se escapaba de sus labios en ráfagas. —Hemos tenido un enfrentamiento en el perímetro. Tres brujos. Intentaron cruzar el escudo mágico. La sangre se me heló en las venas. Los brujos. No eran solo una pesadilla del pasado; eran una amenaza palpable. —¿Inmovilizados? —pregunté; mi voz sonó peligrosamente tranquila. —Sí, mi Alfa. Pero al cuestionarlos, solo dijeron una cosa —Lyall tragó saliva, su mirada fija en el suelo—. Dijeron: “Le queda poco tiempo a tu Alfa. Morweena volverá y terminaremos lo que un día comenzamos”. El nombre de Morweena resonó en mi mente como una campana fúnebre. La bruja que mi padre había derrotado. La causante de la guerra que nos diezmó. No estaba muerta. O su legado sí lo estaba. Y ahora venían a por nosotros. Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí los dientes crujir. —¿Bajas? Lyall hizo una pausa, y el silencio que siguió fue una respuesta en sí mismo. —Dos, mi Alfa. Finn y Ronan. Han regresado a la tierra. La rabia, fría y afilada, me golpeó el estómago. Dos de mis hermanos. Dos familias que llorarían esta noche. Por culpa de ellos. Aprieto mis puños, las uñas clavándose en las palmas. —¿Qué hicieron con los brujos? —pregunté, mi voz apenas un susurro cargado de coraje. —Harlan dio la orden —dijo Lyall, su voz firme pero con un temblor de fatiga y tensión—. Aniquilarlos. No sabíamos qué planes tenían exactamente, solo que estaban lanzando magia indiscriminadamente contra el escudo. Probablemente querían probarlo, buscar una forma de abrirlo. Asentí, mi mente ya procesando la información a una velocidad vertiginosa. Probablemente quieran abrir una g****a, sí. Pero este escudo había sido perfeccionado por nuestros mejores brujos tras la última guerra. Era una obra maestra de magia antigua y lealtad. Tres brujos solos no podrían quebrantarlo. Pero... ¿Cuántos más habría afuera? La pregunta me corroía desde dentro. La última vez que la sangre tiñó el bosque, los brujos que quedaron en pie fueron los que se negaron a seguir a Morweena. Se unieron a nosotros, buscando refugio y redención. Se convirtieron en parte de nuestra fortaleza. Harlan. Mi beta. Mi mano derecha. El hombre que había sido el mejor amigo de mi padre, un sabio cuyo juicio era tan inamovible como las montañas que nos rodeaban. Si él había ordenado aniquilar a los intrusos sin interrogarlos más a fondo, fue porque consideró que era la única opción. La más segura. La más rápida. La muerte de dos de mis lobos era un precio alto, pero la posibilidad de que el escudo cediera, aunque fuera por un instante, lo era infinitamente más. —Regresa a tu posición, Lyall —ordené, mi voz recuperando su autoridad de acero—. Doble la guardia en todos los puntos de acceso. Cualquier otra anomalía, quiero un informe inmediato. No importa lo pequeña que sea. —Sí, mi Alfa —asintió, antes de girar sobre sus talones y volver a su puesto con renovada urgencia. Me volví hacia Brenner, que me observaba con su mirada penetrante, ya anticipando mis órdenes. —Brenner, necesito que organices cuadrillas de protección en los bordes del escudo. No solo dentro de la fortaleza. Quiero lobos patrullando el perímetro invisible, en forma humana. Necesito guerreros que sepan luchar con espadas y armas, no solo lobos que confíen en sus garras. Los brujos no combaten como nosotros. —Sí, mi Alfa —contestó él con un gesto de cabeza, su mente ya trabajando en las formaciones y los turnos. No haría preguntas. Sabía lo que estaba en juego. Sin otra palabra, me di la vuelta y me alejé del patio de entrenamiento. El sudor se me enfriaba en la piel, pero el fuego de la preocupación ardía más fuerte que nunca. Caminé a grandes zancadas por los pasillos de piedra, mis botas resonando con un eco sordo que hablaba de mi impaciencia. Cada paso me acercaba más al centro del poder. El Salón del Consejo. Sabía que ya estarían allí. Mi madre, la Reina Madre, con su mirada que parecía ver a través de todas mis fachadas. Harlan, esperando para justificar su decisión con la calma imperturbable que lo caracterizaba. Y los demás consejeros, las cabezas de las manadas más antiguas, cada uno con sus propias preocupaciones y ambiciones. Todos me esperarían. Esperarían respuestas. Un plan. Seguridad.
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