Kael Raventhorn
Al llegar al Salón del Consejo, me detuve frente a la gran mesa de roble macizo, la madera desgastada por siglos de decisiones difíciles. El ambiente era denso, cargado con el peso de la noticia.
Mi madre, la Reina Madre, ya estaba de pie, esperándome. Su porte era erguido, majestuoso incluso en la preocupación, con el cabello plateado recogido en una trenza intricada que caía sobre su hombro. Llevaba túnicas de colores terrosos que hablaban de su rol como sanadora, no de reina, pero sus ojos... sus ojos de un oscuro profundo como el cielo de tormenta, parecían contener la sabiduría y el dolor de toda nuestra estirpe. Me clavó una mirada que atravesaba mi armadura de rey, que veía el hijo agotado debajo del Alfa.
Al otro lado, Harlan, mi beta, permanecía impasible en su silla. Era un hombre de rostro angular y marcado por el tiempo y la batalla, con una cicatriz que le recorría la ceja izquierda hasta la mejilla, un recuerdo pálido de la guerra que nos acabo con tantos. Su cabello, ya mayormente gris, estaba cortado al r**e, práctico, sin adornos. No era una máscara de lealtad su expresión; era su esencia misma, tallada en la madera dura de su ser. Sus manos, reposaban sobre la mesa, eran grandes y nudosas, acostumbradas al peso de una espada y al mando.
Estaban a punto de hablar, a pedir cuentas, a exigir un plan.
Pero no lo hicieron.
Antes de que alguna palabra pudiera cortar la tensión, el aire en el centro de la sala se distorsionó. Un destello de magia radiante, de un blanco tan puro que dolía verlo, explotó en silencio. Cuando la luz se disipó, allí estaban Elliot, mi hermano y Delta, junto a un brujo transportador cuyo rostro pálido y sudoroso delataba el esfuerzo del hechizo.
—Lo siento por aparecer así —se disculpó Elliot, su voz sonaba agitada, sin aliento—. Pero no había tiempo. Al parecer, la hija de Morweena ha usado magia en el mundo humano. Nuestros brujos la sintieron, una explosión de poder que no se puede ignorar. Necesito tu aprobación para liderar un grupo de lobos y traerla aquí. El mundo de los humanos es muy diferente al nuestro, Kael. Debemos ir por ella ahora, sin perder tiempo, antes de que pueda esconderse o los humanos la noten, no sabemos que pretende.
Las palabras de Elliot colgaron en el aire, pesadas y venenosas. La hija de Morweena. No una amenaza lejana, no un fantasma del pasado, sino una realidad palpable. Harlan y yo cruzamos miradas por encima de la mesa. En sus ojos vi la confirmación de lo que ambos temíamos: el ataque en el perímetro no había sido más que una distracción. El verdadero movimiento acababa de revelarse.
—Vayan y tráiganla —digo, mi voz, fría y dura. El rey estaba hablando, no el hermano—. No permitiré que los seguidores de Morweena se reúnan. Primero, la ejecutaré con mis propias manos por lo que le hicieron a mi padre. Los brujos acabaron con los vampiros, los elfos y las hadas, limpiaron el mundo de cualquier otra magia que no fuera la suya. No permitiré que nos borren a nosotros para salirse con la suya. Ellos quieren el mundo de los humanos, un dominio absoluto. Y nosotros… nosotros no podemos permitir que los humanos sepan de nuestra existencia. Sus armas son poderosas y su tecnología destructiva…
Hice una pausa, dejando que el terror se instalara en la sala.
—Sería la perdición de nuestra especie —completó mi madre, su voz fue un susurro cortante como el cristal roto.
Elliot, siempre impulsivo, dejó caer su puño sobre la mesa con un golpe sordo. —¡No lo permitiremos!
—Traigan a la hija de Morweena frente a mí —dije, mirando a mi hermano con una intensidad que no admitía réplicas—. Yo me encargaré personalmente de ella.
Mi madre no dejó de mirarme. Su expresión era una mezcla de orgullo y profunda preocupación. Sabía que no le agradaba mi lado sangriento, esa sed de venganza que heredé de mi padre. Pero yo era el Alfa de la manada. Éramos la unión de los últimos, los sobrevivientes de una guerra que casi nos aniquiló. La mayoría de nuestra gente fue asesinada en esa guerra, la misma que le arrebató la vida a mi padre. Otros, desesperados, cruzaron el portal al mundo humano, buscando una paz que nunca encontraron. Lo que no sabíamos entonces, lo que aprendimos con lágrimas y pérdida, es que cuanto más tiempo pasaban allí, más su esencia de lobo se desvanecía. Hasta que, de pronto, dejaban de poder transformarse. Su lobo interno, su espíritu, simplemente moría.
Por eso ningún m*****o de la manada cruza al mundo de los humanos sin una autorización directa y siendo plenamente consciente de que será su autoexilio. Una sentencia de muerte lenta.
Y ahora, íbamos a traer a la descendencia de nuestra mayor enemiga directamente al corazón de nuestro hogar. La ironía era un veneno amargo en mi boca.
Después de que Elliot salió de la habitación en un torbellino de urgencia, me desplomé en la silla de roble macizo.
—Necesitamos prepararnos para la guerra —dijo Harlan. Se sentó frente a mí, su cuerpo rígido y su espalda recta, como siempre. Mi madre, a mi lado, hizo lo mismo, su presencia era más bien un bálsamo y una advertencia a la vez.
Asentí, sin energía para más. —Lo sé. La guerra es inminente. Ellos lo saben. Saben que su hija está viva, también la sintieron, seguramente. No es coincidencia que haya brujos merodeando nuestro escudo. Quieren liberarla.
Mi madre tomó mi mano, su piel era mucho más suave que la mía. La miré, y en sus ojos vi el reflejo del niño que una vez fui.
—Kael, todos estos años te lo he pedido. Nunca debimos dejar que Morweena siguiera con vida. A ella no. Es una amenaza demasiado poderosa. Deberías ejecutarla antes de que traigan a su hija. No me gusta la idea de tener que acabar con la vida de alguien pero es por el bien de la manada.