El Alacrán Damien estaba fuera de sí. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Los puños cerrados, la mandíbula rígida, los ojos rojos. Había llorado frente a los hombres… y eso ya era imperdonable. Pero lo que terminó de quebrarlo fue el relato: frases cortadas, miradas al suelo, el miedo todavía pegado a la piel de los pocos que habían sobrevivido. Yo seguía sentado tranquilo y observándolo. —Repítelo —ordené—. Quiero escucharlo sin temblores. Uno de ellos tragó saliva antes de hablar. —La mujer… Emma Sato… apareció cuando cayó el gas. No dudó. Se lanzó al suelo, se cubrió el rostro y… —cerró los ojos— lo decapitó. Fue rápido. Damien se llevó las manos a la cabeza. —¡Era mi hermano! —rugió, golpeando la mesa— ¡Mi sangre! No reaccioné. Solo lo miré. Damien Fox es mi

