Cedrik Me encuentro en la casa de mi abuelo Haru, rodeado de rostros que sonríen por cortesía y miden por instinto. Entre ellos está Kaito Tanaka, con ese aire de dignidad ofendida que usan los hombres cuando pierden una pieza del tablero. —Mi hija no deja de preguntar por ti —dice, bajando la voz—. Deberías verla en el hospital, considerando que le dispararon por tu culpa. Bostezo sin disimular. Dejo el vaso en la mesa, despacio, para que entienda que no me apura nada. —He estado ocupado —respondo—. Y ninguno aquí es un santo, Kaito. Ni siquiera tú. Recuerda que también conozco tus secretos… y algunos no soportarían la luz. Sus ojos se endurecen. Da un paso corto hacia mí, como si el peso de su apellido pudiera empujarme. —No sabes con quién te metes, Cedrik Keizen —advierte—. No co

