Kane.

1571 Palabras
Salí de la reunión con el corazón desbocado y la rabia ardiéndome en la garganta. Riku y Nikolaos me siguieron sin decir una palabra; ambos sabían que si alguien me hablaba en ese momento, lo destrozaba. Mientras bajábamos las escaleras del edificio principal, Cedrik apareció frente a nosotros con dos de sus hombres de confianza. Caminaba como si fuera dueño del lugar. Ese desgraciado respiraba ego. —Nos vemos, Konstantino… —le soltó a Nikolaos con una sonrisa torcidamente arrogante. Nikolaos apretó la mandíbula. —No soporto a ese imbécil —gruñó, sin molestarse en bajar la voz—. Jamás lo he soportado. —Nadie lo soporta —agregó Riku con desprecio—. Ese tipo solo trae problemas. Cedrik ni siquiera volteó.Solo levantó la mano en un gesto burlón y siguió caminando, como si hubiera ganado algo. Caminamos hacia los autos.Yo intentaba controlar mi respiración, mi postura, mis manos. No podía permitirme temblar. No frente al mundo. No frente a los nuestros, pero por dentro… estaba a punto de estallar. —Emma… —dijo Nikolaos mientras abría la puerta de su camioneta blindada—. Grecia está contigo. No te fallaremos. Maxi se fue a Italia, desea cazar a Kasandra y yo estoy fortaleciendo la seguridad en Estados Unidos de nuestra familia. Asentí, pero mi garganta se cerró. —Solo quiero que se muera esa rusa —solté con un odio que me quemó las palabras—. Estoy segura de que ella mató a mi padre. Riku me miró de reojo. —Emma… —No me vas a convencer de lo contrario. —lo corté—. Esa muerte tan repentina no tiene sentido.Los hombres que nos atacaron no eran rusos.Ni Bratva. Ni remanentes. Ni mercenarios conocidos.Eso fue planeado. Mis manos temblaron sobre el volante. —Esa perra tiene alianzas con otros —escupí—. Y yo voy a descubrir con quién.Lo juro por la tumba de mi padre. Nikolaos me sostuvo la mirada, serio. —Entonces prepárate, prima —dijo con tono grave—. Porque si vas por ella…Nosotros también iremos. Me subí a la camioneta, aún furiosa. Riku cerró la puerta tras de mí y ocupó el asiento delantero.Me despedí de Nikolaos con un gesto, y él respondió con una mirada cargada de advertencias veladas antes de marcharse rumbo a Grecia. Apenas arrancamos, el silencio se volvió espeso, insoportable. —¿También sientes que nos oculta algo? —le pregunté a Riku sin poder contenerlo. Mi hermano asintió despacio. No quitaba los ojos del retrovisor, atento a todo. —Sí —dijo con un tono grave—. Desde la muerte de papá, Nikolaos está raro. Más… frío. Yo apreté los dientes. —No quiero desconfiar de ellos… —susurré, aunque la rabia me arañaba el pecho—. Los griegos son familia. Son sangre nuestra. Cedrik soltó una risita baja desde el asiento de atrás, como si disfrutara cada palabra. Riku lo ignoró, manteniéndose concentrado en mí. —Emma… —Pero si descubro que su maldita mentira, que ese químico de Al-Qadar mató a nuestro padre… —mi voz tembló de furia— yo no sé de lo que sería capaz, Riku. La camioneta se llenó de un silencio helado. Riku me miró por el espejo. Su expresión era seria, casi temerosa. —Serías capaz de lo que haría cualquier Shogun —respondió él—Y papá lo sabía La camioneta se detuvo frente a una base militar oculta entre pinos enormes, en algún punto de las afueras de Rusia. No había letreros, ni banderas, solo muros grises reforzados, cámaras térmicas y un silencio tan espeso que hacía crujir el aire. Riku bajó primero, siempre alerta, y yo lo seguí ajustándome la chaqueta para disimular mis nervios. —Bienvenida al Kishin no Heika —murmuró él—. Aquí entrenan las fuerzas especiales que responden directamente al Clan Yakura… pero estos hombres, Emma… no son Yakura. Son algo más. Apreté los labios. Eso sólo hacía crecer el misterio. Al entrar, tres figuras nos esperaban. Se pusieron firmes en cuanto vieron a Riku. Un hombre de rostro afilado, ojos duros y cicatrices que parecían contar historias prohibidas. Vestía uniforme n***o táctico, sin insignias visibles. Riku se aclaró la garganta. —Emma, él es Daigo Ren, Capitán de las Operaciones Negras. Maneja intervenciones clandestinas, extracción de objetivos y cacería de traidores. Le debemos media vida. Daigo inclinó apenas la cabeza. — Shogun —pronunció mi cargo con acento perfecto—. Será un honor servir bajo su directriz cuando llegue el momento. Una chica diminuta, pelo plata recogido en una trenza bastante guapa. Tan contrastante con el ambiente que parecía una estudiante colada en un ejército. Pero sus dedos no dejaban de moverse sobre una tablet como si la máquina respirara con ella. —Kaoru controla la red oscura, los satélites y los registros secretos. No hay archivo que ella no pueda romper —dijo Riku. Ella sonrió con timidez. —Si esa rusa movió un dedo, lo sabré, Shogun. Un gigante de casi dos metros con brazos como troncos. Llevaba un delantal manchado de aceite sobre su uniforme. En sus manos sostenía un rifle tan extraño que parecía sacado de otro siglo. —Nuestro herrero moderno —rió Riku—. Takao crea armas para misiones imposibles. Él me guiñó un ojo. —Diseñaré algo especial para usted. Si quiere hacer volar algo… o a alguien. Sonreí a medias. Demasiado brusco, pero su energía era contagiosa. Y luego estaba el cuarto hombre. Era alemán, eso se notaba a simple vista: cabello rubio ceniza, corto y prolijo; piel clara y esos ojos verde claro, fríos como un campo nevado antes de la guerra. No era simplemente atractivo— era peligroso.Todo en él lo gritaba: la postura, la respiración controlada, la forma en que escaneaba la base sin que su cabeza se moviera. —Emma —comenzó Riku—, te presento a Kane. El hombre avanzó hasta quedar justo frente a mí. No extendió la mano.Los hombres como él no saludan. Evalúan. Su mirada recorrió mi rostro, luego mis hombros, mi respiración, mis manos… Era un análisis táctico. —Nuestro padre lo contrató la semana pasada —continuó Riku—. Es milicia alemana, uno de los operativos más experimentados de Europa. Kane inclinó apenas la cabeza.Un gesto mínimo, casi militar. —¿Qué clase de experiencia? —pregunté, manteniendo la voz firme. Kane habló por primera vez.Su voz era grave, baja, modulada al milímetro para no mostrar emociones. —Diez años en el KSK —dijo—, la unidad élite de fuerzas especiales alemanas. Experto en rescates, infiltración profunda, contrainsurgencia, rastreo humano y neutralización estratégica. Pausa. —Después trabajé en operaciones encubiertas en Oriente Medio. Y finalmente en Europa del Este… hasta que tu padre me encontró. Hizo silencio.No era un hombre que desperdiciara palabras. Su presencia había cambiado el aire en el hangar. Kaoru se puso rígida, Takao apretó los dientes. Incluso Daigo Ren se acomodó como si midiera la amenaza. Riku continuó: —Además de su entrenamiento militar, Kane habla cinco idiomas, pilota helicópteros, es francotirador certificado y tiene una tasa de supervivencia… miró a Kane y sonrió con ironía. —Digamos que improbable. Yo di un paso más cerca. —¿Y cuál es tu nombre real? Kane no dudó. —No lo uso —respondió sin pestañear —¿Lo perdiste? —le pregunté —Lo borré —contestó—. No tengo pasado. Solo un objetivo. Me observó con una intensidad que me atravesó como un disparo silencioso. —Tu padre sabía que tus enemigos no son simples mafias —continuó él—. Son organizaciones que entrenan terroristas, ejércitos privados… y traidores dentro de tus propias filas. Sus ojos verdes no se despegaron de los míos. —Por eso me contrató. Porque yo no pertenezco a los Yakura. Ni a los griegos. Ni a nadie. Silencio. Mis manos se cerraron en puños.No quería mostrarlo… pero ese hombre me sacudía algo muy profundo miedo, respeto o desconfianza. —A partir de ahora —dijo Kane— dormiré en el ala contigua a la tuya. Supervisaré tus rutas, tus transportes, tus hombres y tu armamento. Nada ni nadie te tocará. No mientras yo exista. —Tendrás que ganarte mi confianza —le advertí sin suavizar la voz—.Y yo misma superviso mis armas, mis coches y mis rutas. Yo piloteo. Tu función es exclusivamente para casos de emergencia.¿Entendido? Kane no se inmutó.Ni un parpadeo, ni un gesto de molestia.Solo ese maldito autocontrol alemán que parecía un arma en sí misma. Se acercó un paso… demasiado cerca. Lo suficiente para que pudiera sentir el leve olor metálico de la pólvora en su ropa, como si hubiera estado entrenando o disparando hace minutos. —Entendido, Shagun —dijo con esa voz baja que resonó en mi pecho—Pero permíteme aclarar algo. Mi ceja se arqueó automáticamente.Odiaba cuando alguien intentaba corregirme. —No estoy aquí para reemplazarte, ni para dirigir tu seguridad desde una silla —continuó—. —Estoy aquí porque tu padre sabía que no aceptarías a nadie… y aun así necesitabas a alguien que no pudiera ser comprado, ni manipulado, ni amenazado. Sus ojos verdes se volvieron filosos, casi peligrosos. —Y aunque tú supervises todo —añadió— si yo percibo un riesgo que tú no ves… actuaré. Con o sin tu permiso
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR