Cedrik Keizen Me encontraba en uno de los restaurantes más lujosos de Moscú. Luces bajas, cristalería perfecta, silencio caro. Estaba cenando con mi hermano adoptivo, Min-joe, cuando la escena frente a nosotros captó mi atención de inmediato. Riku. No necesitaba escuchar lo que decían. Bastaba con mirar su postura tensa, la forma en que ella gesticulaba demasiado, la manera en que el ambiente a su alrededor se volvía incómodo. La chica —su noviecita— comenzó a llorar y, sin pensarlo, le lanzó la copa de vino directo a la ropa. El líquido rojo se expandió sobre su camisa como una herida mal cerrada. No pude evitar sonreír. —Es patético —me burlé, llevando la copa a mis labios—. Cómo un tipo puede perder la cabeza por una mujer. Min-joe siguió la escena con una expresión neutra, pero

