Riku Sato. Amaya no se me había despegado en toda la noche. Era como una sombra insistente, siempre demasiado cerca, demasiado consciente de mí. Esa maldita mocosa me sacaba de quicio. Cuando la cena estaba por terminar, me levanté con la excusa de fumar y salí al exterior buscando aire… y distancia. No sirvió de nada. Sentí sus pasos detrás de mí y, antes de que pudiera girarme, se me pegó al cuerpo y me rodeó con los brazos. —Ya déjame en paz —dije, seco, intentando apartarla. —Solo quiero pedirte perdón —me dice—. Te arriesgué la última vez que nos vimos. Exhalé el humo con fuerza. —Te perdono, listo —respondí, sin ganas de entrar en nada más. Pensé que ahí terminaría, pero no. Nunca termina con ella. —Cuando estabas dormido nos besamos, Riku —dice de pronto—. No entiendo por qu

