Cedrik Keizen. Estoy furioso. No quiero ver a nadie. No quiero escuchar a nadie. Las voces en el pasillo me resultan insoportables, inútiles. Alma. Andrey. Emma. Todos estorbando. Todos creyendo que entienden algo. Solo entro a la habitación de Anisha. El olor a clínica me repugna. Está en la cama, conectada a cables, la piel demasiado pálida, los ojos enrojecidos de tanto llorar. No parece mi hermana. Parece alguien roto. Débil. Y eso me enfurece todavía más. —No debían salvarme… —dice entre sollozos—. Yo me quiero morir. No me acerco de inmediato. La miro desde la puerta, con los brazos cruzados, evaluándola como si fuera una decisión mal tomada. —Pues fallaste —respondo, seco. Ella levanta la vista. Me mira como si esperara consuelo. No lo va a tener. —No vuelvas a intentarlo

