Capítulo 2

1332 Palabras
POV DE: Mercan. Al culminar la palabra, me doy la vuelta despavorida y tropiezo de lleno contra el hombre que acaba de ingresar: Herden Güglü, el mejor amigo de mi querido jefe y prácticamente su hermano. —Lo siento, señor Güglü. —Tranquila. ¿Estás bien? —asiento torpemente y me aparto en cuanto mi jefe carraspea, rompiendo la tensión. Aprovecho que el señor Güglü desplaza su atención hacia él para escabullirme como un escurridizo lagarto. Salgo del departamento con el pulso acelerado y un nudo sofocante atascado en la garganta. Traigo unas ganas tremendas de romper a llorar, pero me obligo a sofocar cualquier pizca de debilidad en mi mirada antes de cruzar las puertas del ascensor. Al entrar a mi auto, la opresión en el pecho regresa con violencia. Me invade esa amarga sensación de vulnerabilidad; siento que mi mundo se acaba de derrumbar en pedazos. No solo he perdido mi virginidad, sino también la confianza de mi jefe. Seguramente estoy despedida. ¿Qué voy a hacer sin trabajo? ¿Cómo se supone que voy a seguir manteniéndome? Sé que no podré continuar, que jamás tendré la fuerza para volver a mirarlo a los ojos. Paso todo el fin de semana encerrada entre las cuatro paredes de mi habitación, torturándome al recordar una y otra vez sus besos y sus caricias. Fue un momento efímero, pero se quedó grabado a fuego en mi alma. El lunes por la mañana me levanto al fin. Me quedo sentada al borde de la cama, con la mente perdida, intentando adivinar mi futuro. Reviso el celular más de diez veces por minuto, aguardando algún mensaje suyo o una llamada urgente que desemboque en una reunión apresurada para cerrar el tema que dejamos a medias. Se suponía que a esta hora ya debería estar saliendo de casa, dispuesta a comenzar una nueva jornada laboral a su lado; sin embargo, sigo aquí, repasando cada segundo transcurrido en aquella habitación. No pienso volver a esa empresa. Sería una descarada si me presentara allí sabiendo que me van a despedir y que me echarán como a un perro. Conozco demasiado bien el carácter intransigente de mi jefe: cuando se enfurece, es capaz de hundir a cualquiera sin contemplaciones. Lo que ocurrió hace dos noches marcó el fin definitivo de mi paso por la empresa Lanús. Aunque él no la dirige solo —puesto que existen otros socios como sus primos, sus tíos e incluso su padre, Aike Lanús—, sé que mi jefe tiene la última palabra. Yo era su empleada, su mano derecha y la persona en quien depositaba toda su confianza; sin embargo, hace dos noches le fallé. Pasadas las nueve de la mañana, mi celular suena de golpe. La taza de café en mi mano tiembla, derramando un chorro caliente. Soy la paranoica de siempre. Ni siquiera es el tono asignado a mi jefe, y mucho menos proviene de ese número al que pertenecen ellos... Suspiro profundo y me obligo a apartar de mi mente el recuerdo de mis crueles hermanos, a quienes no quiero volver a ver en la vida. Tomo el teléfono y, al reconocer la numeración en la pantalla, me muerdo el labio. Es una llamada entrante de la empresa Lanús; probablemente me buscan para que me acerque a firmar mi liquidación. —¿Sí? —Señorita Arcaksun, el señor Lanús está histérico porque su asistente personal no se encuentra en su puesto de trabajo. ¿Le ocurrió algo? Si es así, debió informarlo. —¿El señor Lanús requiere mi presencia? —Por favor, llegue pronto, porque no puedo soportar su mal carácter... Recuerde que estoy embarazada. La llamada se corta bruscamente, dejándome atónita y con el corazón martilleándome el pecho. ¿Esto es verdad? ¿Él me quiere en la oficina? ¿Acaso no me va a despedir? La llegada de un mensaje me saca de mi estupor. Al abrirlo, el aire se me congela en los pulmones: "Quince minutos para la reunión. Todo debe estar listo; de lo contrario, se le descontará el salario del siguiente mes." Así, con esa frialdad tan suya, me envía la orden. Salto de la cama de un brinco. ¿Dijo el siguiente mes? ¿He leído bien? ¡No me va a despedir! Corro al baño, me doy una ducha exprés, me enfundo en lo primero que encuentro colgado y salgo disparada del edificio. Tengo que llegar rápido y estar en la sala antes de que la reunión comience; él detesta la impuntualidad y no tolera que las cosas no estén preparadas a tiempo. Llego a recepción con la garganta seca. Tuve que venir conduciendo a pesar de vivir a solo dos cuadras porque, de lo contrario, no habría llegado a tiempo. Me tocó dejar el auto en la entrada para que el guardia lo parquee, ya que bajar al estacionamiento me habría tomado minutos valiosos. Al cruzar el vestíbulo, modero el paso, sonrío, saludo a todos y contengo la respiración para disimular el cansancio. Subo al piso de presidencia, el santuario donde se encuentran las oficinas de los Lanús, una familia numerosa en la que solo Aike Lanús ejerce como presidente de la firma automotriz, secundado por su hijo, su virtual sucesor. —Señorita Arca... —pronuncia Sila, recortando mi apellido como suele hacer cuando está aterrorizada—, entre a apagar el incendio en esa sala de juntas antes de que todos terminemos achicharrados. Lleno un vaso de agua y se lo entrego con firmeza. —Calma, Sila. Este incendio no te salpicará a ti —le aseguro, proyectando una certeza que por dentro disto mucho de sentir. Ella bebe de un trago. —Pero vaya pronto. Me empuja de vuelta hacia la salida por la que acabo de ingresar. Apretando la libreta contra el pecho, encamino mis pasos hacia el lugar donde debía haber comenzado la sesión. Me muerdo el labio al vislumbrarlo sentado en la cabecera de la mesa, con la mirada clavada en la pantalla apagada. El resto del personal permanece inmóvil, como si el menor movimiento pudiera despertar a la bestia. Uno de mis compañeros me detecta y me apura desesperado con la mirada. Inhalo profundo antes de cruzar el umbral; sé que aguantar el aire mientras me regaña será vital para sobrevivir. —Buenos días a todos... Disculpen la tardanza. Evito su rostro y me dirijo directo a la mesa mientras los demás al fin se atreven a moverse y susurrar: "El señor Lanús nunca había esperado en una reunión". Apoyo mis cosas y procedo a encender la pantalla para dar inicio a la presentación. —A continuación, les entregaré la carpeta con las nuevas modificaciones que implementaremos en el modelo que se lanzará al mercado a finales de año —explico mientras distribuyo las copias a cada asistente. Evito respirar al colocar su carpeta frente a él. Él ni se inmuta; permanece erguido con la vista fija al frente, pero me quema la mejilla con la sola sensación de saber que me observa de reojo. Al posicionarme frente a la pantalla con las imágenes proyectadas, me giro e inevitablemente mi mirada termina colisionando directo con la suya. Su expresión fría, desprovista de cualquier rasgo de calidez, me congela y me petrifica al punto de hacerme temblar los labios cuando logro articular: —Si tienen alguna sugerencia, estamos atentos a escucharlos. "Dios mío, por favor, que ocurra un terremoto y me caiga encima una placa enorme de cemento... Pero qué tonterías dices, Mercan; con esas cosas no se juega", me reprendo a mí misma en un grito silencioso. Entre aportes e ideas interesantes del equipo, la sesión finalmente concluye. Mi voz interior me exige que corra, pero mis piernas parecen clavadas al suelo hasta que la sala se vacía por completo y solo quedamos él y yo: uno en cada extremo de la mesa. "Trágame tierra y escúpeme en el vientre de mi mamá... No, ahí no, porque eso significaría regresar al mismo infierno."
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