Capítulo 1
POV de: Mercan Arkasun
Dormía plácidamente en la pequeña cama de mi habitación cuando el sonido estridente del teléfono me sobresaltó. Abrí los ojos de golpe. No era una llamada cualquiera: era el tono asignado a mi jefe, ese hombre que, con una sola mirada, lograba hacer tambalear mi corazón.
—Sí... ¿dígame, señor?
Del otro lado de la línea no hubo respuesta; solo el eco distante de música, risas y conversaciones lejanas.
De repente, la llamada se cortó, dejándome atrapada en una mezcla de intriga y preocupación. Le devolví la llamada de inmediato. Esta vez sí contestaron, pero no era la voz de mi jefe, sino la de alguien más.
—¿Hola? ¿Alguien me escucha?
—¿Quién eres? ¿Por qué tienes el celular de mi jefe?
—El señor Lanús se ha quedado dormido en la barra. ¿Podría venir por él?
—Por supuesto, deme la dirección.
Me vestí de inmediato y salí casi corriendo por el pasillo hasta llegar al ascensor. Mientras lo esperaba, la demora se me hizo una eternidad; un segundo más de espera y habría bajado corriendo las escaleras desde el piso treinta en el que me encontraba.
Llegué al bar, el cual estaba un tanto vacío, pues eran pocas las personas que quedaban. Me acerqué a la barra a preguntar por él.
—Es el que está ahí —señaló el barman a un hombre tirado en los sillones negros.
Solté un suspiro al verlo ahí. Enseguida me acerqué y lo remecí apenas. Abrió un poco los ojos y murmuró unas palabras que no entendí.
—Señor, he venido por usted.
—Bien... llévame a mi departamento.
Lo conocía muy bien y sabía que en ese estado no iría a casa de sus padres. Aunque tenía veintiocho años, aún le importaba mucho lo que dijera su familia, más que todo sus padres.
El barman me ayudó a levantarlo porque era sumamente pesado; aunque él intentó ponerse de pie por sí solo, la borrachera lo venció. Cruzó el brazo por detrás de mi cuello y, como pude, lo llevé hasta el auto.
Al llegar a su edificio, volví a levantarlo como pude y, entre tambaleos, llegamos al ascensor que llevaba directo a su departamento. Pasé la tarjeta para que las puertas se abrieran y lo guié hasta la cama.
Su imponente cuerpo de aproximadamente un metro noventa cayó sobre el colchón, rebotando apenas.
Lo observé unos segundos con el corazón acelerado, no solo por el cansancio de traerlo —ya que yo era muy pequeña para él—, sino porque ese sentimiento que siempre me recorría el pecho se había desatado por completo.
Se quejó mientras intentaba empujar los zapatos con los pies, murmurando palabras en voz baja.
Lo ayudé a quitarse los zapatos y le acomodé la cabeza para que pudiera descansar mejor. Lo contemple de cerca, sentí el pecho latirle con fuerza. Era muy atractivo, con un físico impresionante y las facciones de un dios griego. Ali Lanús era la perfección hecha hombre.
Tragué grueso al ver su pecho descubierto por lo desajustado de su camisa. En un impulso atrevido, toqué su pecho, rozando apenas la piel.
Un sobresalto me sacudió cuando su gran mano atrapó la mía. Sentí el corazón latirme en los oídos.
—Señor... —fue lo único que pude articular, porque inmediatamente me jaló hacia su cuerpo, dejándome sobre él.
—Te he esperado por mucho tiempo... —dijo, murmurando un nombre en voz muy baja que jamás había escuchado.
Cubrió mis labios con un beso ferviente. Sin darme tiempo a nada, me dejó debajo de él para seguido arrancarme la blusa. Con sus grandes manos la rompió como si fuese un trapo podrido, e hundió su cabeza en mi cuello para mordisquearme la piel, arrancándome un jadeo.
—Nera... —repitió ese nombre.
¿Quién era Nera? ¿Me estaba confundiendo con alguien?
No pude seguir pensando en ello, porque cada caricia y cada beso que me daba me sumergía más en la pasión.
Me dejé llevar. No quería —me rehusaba a aprovecharme de su vulnerabilidad, pues estaba ebrio—, pero la pasión y el deseo que despertaban sus caricias lograron doblegarme por completo.
Su lengua lamió mi pezón y sus dientes apretaron suavemente, produciéndome un jadeo fuerte. Me retorcí mientras su boca bajaba raspando mis costillas, mientras sus dedos grandes apretaban mis muslos.
Me arqueé cuando sus dientes rasparon mi cuello y le raspé los hombros al sentirlo hundirse en mí. El dolor fue leve, pero logró que las pupilas se me nublaran. Empujó más profundo hasta entrar, y ante la unión de nuestros sexos, el vaivén de nuestros cuerpos comenzó hasta que se derramó dentro de mí y me hizo venir en cuestión de segundos, alcanzando el placer.
Al amanecer, me encontraba envuelta entre sus brazos. Mis ojos se agrandaron por el pánico, porque sabía perfectamente que esto no iba a terminar en nada bueno.
Quise escapar, quise levantarme y huir dejando atrás cualquier rastro de nuestro encuentro, pero él abrió los ojos justo cuando me estaba incorporando.
Mis labios temblaron al ver su mirada desconcertada. Solo pude balbucear:
—No... no fue nada.
La mirada de Ali Lanús se tornó oscura cuando miró debajo de las sábanas y notó el rastro de nuestra intimidad.
No pude seguir ahí. No pude siquiera sostenerle la mirada. Agarré mis prendas, corrí al baño de la sala a vestirme y, cuando estuve lista, salí solo para encontrarlo sentado en la sala.
—¿Te vas? —cuestionó—. ¿Así, sin más?
No sabía qué responder. No sabía qué decir.
—Señor... yo... no debí.
Su mirada fría me congeló la lengua. Quería decir muchas cosas, excusarme, pero no había excusa posible. Si bien él fue quien comenzó, yo era la que estaba en mis cinco sentidos y no hice nada para detenerlo.
El tintineo del ascensor abriéndose las puertas nos sacó de esa mirada larga y silenciosa.
—Vete —rugió.