La casa vivía

1007 Palabras
Era difícil para Sylvie y para Walter sostenerse luego de treinta y cinco años juntos con los mismos problemas del mundo, siempre, no importaba cuanto amor les podían dar a sus hijos o cuan inteligentes fueran éstos, siempre pero siempre el mundo los devolvía rotos, en pedazos. Aunque ellos siempre estaban allí para repararlos, sus corazones rotos, sus desesperanzas, y les enseñaban sobre el amor, el único y honesto que llevarían a la tumba como lo era el propio, la tierra no paraba de escupirlos. Giuliao había dejado de intentar, sabía que no le había traído nada bueno e Ivynna, aunque siempre intentaba, era consciente que jamás caminaba sobre pasos firmes. Mientras que los chicos comenzaron a crecer, comenzaron a buscar un lugar en el mundo como era propio de sus edades, un lugar en el mundo que les hiciera sentir parte, que no los hiciera sentir extraños o ajenos, y el mundo los devolvía como si no existiera posibilidad de tener un hogar propio o quizás el mundo intentaba decir algo más grande; no estaban preparados para él. Sylvie y Walter sabían que habían criado a dos hijos que quizás no estaban preparados para la vida, no sabían sin embargo lo incomprensible que se volvería el mundo con ellos, aunque confiaban en que ellos se asegurarían de que no importara cuanto los escupiera, jamás les harían sentir que valían menos. Si el mundo los rechazaba, el mundo los perdía, y aunque en ocasiones era difícil verlo con claridad, y no meramente como simples palabras dulces, Sylvie y Walter habían construido sin querer una casa que funcionaba como un ser humano. Ésta dormía y vivía por el amor de quienes estaban dentro. Palpitaba por sus sueños, llovía a cántaros cuando éstos se entristecían y por sus venas corría la sangre incierta de Sylvie, su mezcla con la de Walter, se encendía para ellos y escupía a los siniestros con el pasar del tiempo, los evidenciaba. Y al final, aunque pareciera triste, siempre eran los cuatro. El mundo era un lugar feroz pero también tenía un rostro que podía ser bondadoso, pocos eran quienes lo descubrían, como los artistas, quienes diferenciaban a los seres humanos de las virtudes del universo y el cosmos. La verdad es que habían muchas personas malas en el mundo, pero cada diez personas malas había un árbol que daba una sombra bonita que se llevaba con su holeaje el mal estar de las personas. Ivynna era una artista por excelencia, lo veía fuerte y claro, las maldades y las bondades del mundo. Sin embargo, ella no tenía la suficiente esperanza. Ella no quería estar aquí, el mundo era un largo y extenso camino y la vida misma lo era, y todos querían por alguna razón tenerla aquí, pero ella no lo quería, no era nada nuevo. Ivynna siempre había sido depresiva desde niña, solo que no había visitado un psiquiatra. Hasta que lo hizo, y cuando lo hizo, el psiquiatra dijo fuerte y claro, tiene Trastorno Límite de Personalidad, lo que explicaba porque a veces veía belleza y misericordia en el mundo y otras veces veía solo un montón de estiércol, o porque se consideraba hermosa y diosa y otras veces se odiaba y pensaba que no merecía amor. Cuando cambió la medicación, fueron mejores días. Las cosas iban bien y no tenía tantas recaídas como las solía tener. Mientras que Giuliano seguía de novio con la joven italiana que lo invitaba a ir con ella. Todo parecía un sueño. Hasta que Ivynna volvió a recaer. Por segunda vez había tenido una sobredosis. No había estado tomando su tratamiento porque guardaba las pastillas para irse un día, lo cual solo generó que le agreguen más pastillas a su repertorio farmacológico. No podían creer que la luz de la casa se sintiera apagada, era tanta la frustración de Sylvie y Walter de no poder solucionarle la vida, de no poder demostrarle con valentía que ellos serían su remedio, que aguantarían cada golpe por sus hijos, y cuando ella se sintiera sola o triste, ellos la abrazarían. Pero en cambio solo tenían conversaciones silenciosas, Ivynna pálida, Giuliano comiendo fuera de horario y de pronto, aquello era un hábito, hasta Ivynna dejó de comer. Comenzó a aislarse del mundo, a dormir y vivir de noche, a comer, escribir y trabajar de noche, ya nadie sabía lo que hacía Ivynna. Pero era peor incluso si querían hablarle, nunca tenía una respuesta que no fuera hostil. Estaba reacia a la compañía. No podía ni ver a sus amigas ni quería, hasta que accedió solamente a volver al tratamiento si nadie la obligaba a tomarlo. Y así fue, no sentía presión y lo tomó. Las cosas volvieron a estar mejor, Sylvie le compro un calendario para que Ivynna anotara los momentos felices, solamente los momentos felices. Y lo hizo. Durante todo ese año, rellenó un album de fotos y un anotador, lleno de frases de canciones, fotos y algunos sentimientos privados que se dejaba escribir o se permitía escribir en el anotador. El punto del calendario era darse cuenta sobretodas las cosas que tenía más cosas buenas que malas, que nada de lo malo debía opacar lo bueno, y eso, aunque suene estúpido o repetitivo, funcionó en Ivynna. Además, a ella le encantaba decorar y hacer notas, tomó aquello como un calendario de vida, o por lo menos de ese año. Y fue el mejor año de todos, para ella. Había comenzado a vender sus libros ya, había terminado una tanda enorme de libros, había cobrado por todos y cada uno de ellos, se había vestido como una reina y su mente no desbarrancó hasta el momento con ningún suceso, lo que para Ivynna era todo un logro poder mantener el frágil equilibrio de su mente. Pero con fuerza y entusiasmo, encontró la manera de salir de ello. Pero entonces eso fue antes que sucediera lo que sucedió después, con el accidente automovilístico de sus padres, ni Giuliano volvió a ser el mismo después de aquello. Nadie lo hizo.
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