Preciada juventud

1034 Palabras
Walter era bajo y menudo, pero rápido y solían subestimarlo antes de verlo pelear. El boxeo en aquellos tiempos era un espectáculo de grandulones, mientras que Walter era un joven rubio, delicado, bien parecido y adinerado. ¿Porque alguien como él se encontraba boxeando? Pero luego comenzó a enfocarse, a entenderlo, a disfrutarlo como si fuera una danza, sus movimientos eran rápidos y concisos, no daba lugar a ventajas, sabía de sus connotaciones físicas y sabía que sus contrincantes le doblegaban normalmente en peso y altura o masa muscular. Su pecho se enorgulleció cada pelea, sobretodo porque jamás perdía, comenzaron a llamarlo ''el tigre''. Su maestro entonces le dijo que él buscaba que lo adorasen y que era su propio fanático, que encontraría la gloria cuando se despojara de ese orgullo y la vanidad propia de los mortales. Walter sin embargo, entendía que se trataba de una cuestión de culturas diferentes y cuando su maestro se fue de Argentina, Walter buscó la cultura de otros países y otras ciudades. Y al final, cuando volvió, todo le había parecido demasiado, había conocido el mundo, había visto la alegría, la oscuridad de las noches y la miseria de los ruines, él era introvertido para contar lo que notaba del mundo, pero era observador. Jamás tampoco pensó en que alguien lo entendería y tampoco pensó que alguien lo quisiera escuchar, así que solo guardó sus pensamientos para sí mismo. Había trabajado y vivido en otros países con el único curriculum de sus habilidades, era vanidoso, simpático, charlatán y aunque nunca contaba sus secretos, siempre había una conversación que le hiciera creer a alguien más que él estaba hablando con interés particular. Era un hombre culto no solo por su educación sino porque leía mucho, pero no le interesaba la universidad. Había ido a estudiar ingeniería y aunque no le iba mal, no quería esa rutina, era joven, con buen porte y sabía que el mundo entonces era más fácil para las personas como él, y no aquellos que se quedaban en un rincón esperando acercarse a los demás. Que el mundo era de aquellos quienes hacían que el círculo social gire en torno a sus propósitos, o al menos eso creyó cuando era joven. Y también en aquellos tiempos era más fácil creerlo. Lo que Walter nunca esperó es que existiera alguien en el mundo que quisiera escucharlo, como Sylvie, que no solo lo escuchó, lo apoyaba en sus ideas incluso en las más irrisorias. Y no todas las cosas ni todos los negocios salen bien, hay subes y bajas, y sin embargo, en todas las decisiones siempre lo había acompañado. Nunca le hacía sentir que estaba loco por pensarse distinto, y aquella era una característica especial, Walter tanto como sus hijos, se consideraban distintos al resto, y quizás esa sensación las llevarían o los atormentarían hasta la tumba, Sylvie les hizo pensar que nada de ello era malo. Eso hacía de Sylvie una buena esposa y una buena madre. ''La sensibilidad no se cultiva'' solía decirle Walter a sus hijos, especialmente a Ivynna. Nunca significó tanto hasta que en realidad comenzaron a darse cuenta de que Ivynna lloraba de la nada y en ocasiones le daban ataques de angustia, nunca tenía un porqué claro, así que Walter y Sylvie entendieron que esa sensibilidad de su hija era un rasgo que la llevaría a guiarse con el arte, que tenía que ser contenido. La joven comenzó a dibujar, pero no le complacía hacerlo, los dibujos no contaban historias, así que comenzó a escribir y escribir, allí sintió por primera vez que podía darle forma a su dolor. Pero aquello era un arma de doble filo, escribir sobre el dolor hace también que vivas en él. Un día se cansó de vivir en el dolor y todo empeoró para ella, pero sin adelantarnos, siempre agradeció a sus padres porque Walter y Sylvie nunca le hicieron sentir que algo estuviera mal en ella, ni su físico ni su mente, que no aprendiera de la misma manera que el resto no significaba algo negativo, entonces a lo largo de los años podía tener dos facetas, la que todos veían y conocían y su faceta artística, pero con el tiempo, la artista consumió a la otra. Y solo quedó una joven universitaria eterna que escribía para ganarse la vida. Lo cual, le parecía una virtud. Ella solía pensar que era virtuosa, que el azar siempre la había tenido de reina, se consideraba alguien con suerte y esa seguridad se notaba al pisar un lugar, todos murmuraban su nombre y ella no conocía a nadie. Eso es lo que lograba, que personas desconocidas la conozcan, cuando en realidad ella tampoco era un ''alguien'' según los apelativos de la sociedad. Solo era una artista, que vivía el día a día y le encantaba no hacer planes, le encantaba vivir su vida en bloques y de disfrutar comiendo, durmiendo, de mirar películas porque sabía lo que le causarían, y arrojarse hacía la aventura de lo desconocido cuando tenía la oportunidad. Pero luego, todo eso se fue desapareciendo, las drogas te lo quitan todo, las ganas de conocer el mundo, de disfrutar, y de pronto todos los días parecen iguales, cada mañana es igual a otra mañana y las noches son eternas y una pesadilla. El mundo bello había dejado de serlo para ella. Solo existía el mundo, a secas. Y el mundo a secas, si lo ves con la perspectiva de un drogadicto, jamás vale la pena. Porque pocas veces lo recuerdas, porque pocas veces estás presente, porque ves desde afuera y porque es una porquería de mierda lo único que tienes para decir de ti mismo. Pero como dije, ése no es el mundo bello. Ivynna aún tenía salvación, si mantenía el equilibrio entre el mundo bello y el mundo de un drogadicto corriente, podría hacer la diferencia en su vida. Y tambaleaba por el limbo, de aquí, allá, le dolía más que nada cuando no estaba en el mundo bello, porque no le gustaba la persona en la que se convertía, y odiaba esa persona, pero ese el problema, de creer que no mereces el mundo bello porque alguna vez fuiste malo.
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