La vanidad

1000 Palabras
Algunas historias se cuentan por partes, y otras de principio a fin, yo les adelanté quizás un poco el final y es probable que eso les haga creer que conocen sobre esta historia. La realidad es que jamás se encuentra la verdad en los grandes rasgos o en historias contadas por encima. La realidad se encuentra en aquello que no vemos, en los detalles, en los sacrificios, en ocasiones no se puede contar una historia con los detalles que merecen ser contados, que hacen que ésta sea lo que es y esa es la dificultad en la que me encuentro narrando ésto pero intentaré ser lo más honesto posible sobre la unión de estas personas. Walter no complacido con sus hermanos, haciéndose preguntas que se quedaban mudas porque los jóvenes de su edad solo pensaban en otras cosas, él insistió en la pelea. No veía la pelea como una riña, sino como un baile, como si un cuadrilátero fuera el lugar donde dos disciplinados se encuentran y demuestran sus habilidades como la rapidez de sus manos, prever los movimientos del contrincante y jamás de los jamases dejarse tocar el rostro. Conoció a un maestro c***o que lo entrenó durante un tiempo, con él aprendió gran parte de otras artes marciales en su adolescencia. Éste le hacía enfrentarse a sus miedos y jamás pudo ganarle, quizás aquel era el deseo más profundo de Walter, pero el hombre le comentaba que si alguna vez le ganara, su orgullo y su vanidad serían triunfadores y no exactamente él. Y que la vanidad es un mal que no se curaba. Aunque Walter pensara que ésta era la que lo llevaría lejos. El hombre además, comentaba que la vanidad era aquello que contaminaba el arte marcial en su pureza e integridad, lo volvía grotesco, como si solo se tratara de perder o ganar y nunca de lo que se llevaba en la pelea en sí, como la logística, el aprendizaje, la lectura social, que dos personas desconocidas peleen era casi como dejar en descubierto sus modismos y sus miserias que podían reflejarse en la suavidad o fortaleza de un golpe o como dejaba a su contrincante, cómo atacaba, su defensa, como algunos eran bestias salvajes y fuera de él, miserables. Pero con el tiempo Walter comenzó a sentir que el mundo le quedaba chico, las personas a menudo no lo comprendían, aprendió a no regalar palabras a oídos que no lo entendiesen, pero el problema de ser así es que te acostumbras a la soledad, y estaba feliz con ésta, estaba feliz también de viajar y despertar en un día cualquiera en una ciudad cualquiera, le gustaba no tener un cuerpo al que vivir atado y le encantaba no tener un destino fijo. Pero todo eso cambió cuando conoció a Sylvie, no se arrepintió de ello, de hecho, creyó que cuando la conoció, ya había vivido lo que él había querido vivir, y le quedaba un segundo bloque, era eso o la soledad, y aunque la soledad es tentadora, Sylvie era una muchacha buena, de las que casi no había, él había recorrido el mundo, había visto la maldad en los ojos y las bocas de las personas, la suspicacia en las calles y lo ruin que puede ser un ser humano, Sylvia era virgen, pero no virgen en sentido de la líbido, era virgen de todos esos pecados tentadores del ser humano putrefacto, era honesta, leal, era en ocasiones ingenua, no tenía rencores y una persona como ella sin duda sería la mujer ideal de cualquier hombre, así que decidió no dejarla ir, y al mes le propuso matrimonio. Todo funcionaba bien, y el mundo estaba a sus pies, y cuando el mundo siguió y las cosas se ponían mal, él sabía que tenía alguien de la mano y eso era un sentimiento que el mundo no le había dado en las calles o las ciudades donde durmió, encontró consuelo entre unas piernas, unos brazos finos, un abdomen largo, una cabellera morena, en una nariz fina y una tez morena, encontró allí todo lo que no había visto del mundo, y se preguntó entonces, ¿que le había enseñado el mundo si se quedaba tan pequeño ante semejante descubrimiento? El amor, que jamás pensó que sentiría, había venido a comprarle algo, y fue instantáneo cuando comenzó a preguntar por ella, no podía dejarla ir, no debía hacerlo, sentía que si lo hacía quizás entonces estaba perdiendo algo importante y ni siquiera sabía de su futuro, pero al final, ese futuro lo pasó con Sylvie. Al final, ella había sido la madre de sus dos hijos y había sido quien lo apoyara en sus decisiones como de seguir boxeando o abrir un gimnasio. No todas las mujeres ceden a los deseos de otro hombre, la mayoría que había conocido al menos no lo habría apoyado. Sin embargo Sylvie le creía, creía en él. Y no fue mucho tiempo después cuando se dio cuenta que sus hijos también heredaron sus disyuntivas ante el mundo, Giuliano se sentía incomprendido pero era misterioso e introvertido, sin embargo, Ivynna era todo lo contrario, era extrovertida y les hablaba de lo que sentía. Sylvie le dijo una vez ''Cuando hablas de lo que te hace sentir mal, me recuerdas a lo que le hacía sentir mal a tu padre'' pero Ivynna no era tan fuerte. En ocasiones se encontraba en el Nilo, y otras veces su almohada era la única testigo de cómo había reencarnado a su padre, como sus dolencias y la incomprensión del mundo y sus miserias le tocaban la puerta para recordarle que era distinta, y no le gustaba serlo, porque sabía que ser distinta le traía dolor, sabía que si era distinta sería lastimada, casi siempre era sensible, o al menos cuando el mundo no le había hecho conocer las pastillas, y con las pastillas terminó en la cúspide de los desgraciados, una pobre alma que sucumbía a la tentación de no querer sentir absolutamente nada.
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