Atención: este capítulo puede herir la sensibilidad del lector ya que toca temas de salud delicados y su relación con la posibilidad de una muerte digna. Los siguientes meses fueron un torbellino de angustia y desesperación para Eme y Don, como si estuvieran atrapados en un cuento de terror del que no podían escapar. Después de que le dieron el alta a Eme del hospital, su vida se transformó en una rutina monótona y desgarradora, marcada por la constante atención a su hija que tristemente había quedado en estado vegetativo. Por la insistencia de Don, instalaron prácticamente una enfermería en su casa, donde la niña recibía atención las 24 horas del día de varias enfermeras distintas. Y cada día era una batalla agotadora, luchando contra las complicaciones médicas y la incertidumbre del fu

