Don se levantó con determinación de la cama de Magdalena, dejando atrás el torbellino de emociones que lo había consumido. Con paso firme y el corazón lleno de esperanza, se dirigió a bañarse y comer algo, para luego poder volver al hospital donde Eme yacía inconsciente. Dos horas después, al llegar a la habitación de Eme, se detuvo por un momento frente a la puerta, reuniendo valor para enfrentar lo que podría encontrar dentro. Con un suspiro profundo, entró y se acercó a la cama donde ella descansaba, conectada a una variedad de máquinas y monitores y se sentó en una silla de junto. Con suavidad tomó su mano fría y la acarició luego de besar su frente, también helada. —Eme, cariño, tienes que despertar —susurró, acariciando su mano con ternura—. Te necesito, nosotros te necesitamos. Te

