Don irrumpió en la habitación de Magdalena con un aire sombrío y desgastado. La preocupación lo consumía mientras sus ojos buscaban respuestas en el rostro de su hermana. Magdalena, sorprendida por su irrupción y observando su aspecto fatigado, dejó a un lado lo que estaba haciendo y lo miró con atención. — Don, ¿qué ha pasado? Te ves terrible — dijo Magdalena con preocupación por él, notando el estado en que estaba su hermano. Don se dejó caer en una silla cercana, su rostro reflejando una mezcla de agotamiento y dolor. — Eme y la bebé están graves, muy graves. Los médicos dicen que es un milagro que ella y nuestra hija hayan sobrevivido — dijo él con voz apagada. El corazón de Magdalena latía con fuerza en su pecho, aunque no estaba claro si era por la preocupación genuina por su cu

