Capítulo 18. Preludio

1245 Palabras
Después de la visita al médico para conocer el sexo del bebé, Don y Eme parecieron instalarse en una rutina reconfortante. A medida que el embarazo de Eme avanzaba, su relación se fortalecía aún más. A pesar de los desafíos y las tensiones, encontraron consuelo y apoyo mutuo en cada paso del camino que daban juntos. Eme, sin embargo, intentaba evitar a la hermana de él, consciente de las tensiones aún existentes entre ellas. Prefería centrarse en su relación con Don y en la preparación para la llegada de su bebé. Ambos, tomaron decisiones sobre el dormitorio de la bebé, eligiendo colores suaves y muebles acogedores. Don insistió en pintar la habitación él mismo, queriendo dejar su huella personal en el espacio para su hija los cuál enterneció a la rubia sobremanera. Un día, mientras trabajaban juntos para preparar la habitación, Don y Eme se encontraron en medio de una batalla de pintura. Lo que comenzó como un juego inocente pronto se convirtió en un momento cargado de risas y complicidad compartida. Entre pinceladas y risas, sus corazones se acercaron aún más, y al final del día, sus cuerpos se unieron en un acto de amor apasionado, con Don reverenciando de cada forma posible el cuerpo de su esposa embarazada. A medida que pasaban los días y los meses, su relación florecía junto con su embarazo. Se apoyaban mutuamente en los momentos difíciles y celebraban cada pequeño hito del embarazo. La emoción de convertirse en padres los unía cada vez más, y su amor se profundizaba con cada latido del corazón de su bebé. Pasaron unos tres meses desde la visita al médico donde descubrieron que estaban esperando una niña. Durante este tiempo, su vínculo se había fortalecido, y el amor que compartían parecía más sólido que nunca. Estaban listos para enfrentar juntos cualquier desafío que el futuro les trajera, con la esperanza de construir una vida hermosa para su familia en crecimiento, sin ser conscientes realmente de la enorme prueba que el futuro cercano les iba a deparar. Eme tenía unas 32 semanas de embarazo cuando una noche, una tormenta azotaba el exterior con furia, mientras en el interior de la casa, el caos estaba a punto de desatarse. Eme se despertó y encontró la cama vacía, sabía que Don había salido por trabajo pues había muchos problemas con Angelo últimamente. Sin embargo se sorprendió pues era muy tarde así que bajó las escaleras con precaución, alarmada con cada paso que daba, por los sonidos que provenían de la sala. Al llegar, se encontró con una impactante escena: su esposo, Don, aparentemente embriagado, y su hermana menor, Magdalena, encima de él de una manera claramente s****l, sobre el sofá. — ¿Qué demonios está pasando aquí? — inquirió Eme con tono furioso y los ojos desorbitados luego de encender la luz y confirmar sus peores sospechas. Magdalena tratando de seducir a su propio hermano que borracho, no distinguía bien quién era. — ¡No te metas, Eme! Esto no es asunto tuyo — le respondió la mocosa con una sonrisa siniestra mientras movía aún sus caderas. Eme, ignorando la advertencia, intentó desesperadamente sacar a Magdalena de encima de Don. — ¡Suéltalo ahora mismo! — le ordenó histérica. Don, en su estado de ebriedad, pronunció de manera arrastrada el nombre de Eme, confundiendo a su esposa con Magdalena. — Eme... mi Eeeeemeee… — CARAJO NO SOY YO DON ES TU HERMANA, REACCIONA CON UNA MIERDA — gritó la rubia rabiosa. La situación escaló rápidamente en una pelea caótica entre las dos mujeres, con empujones y gritos llenando la habitación. — ¡Sal de encima de él! — reiteró Eme tomándola con fuerza de un brazo. — ¡Ni lo sueñes perra! — respondió la muchacha y empujó a Emily que cayó hacia atrás golpeándose el vientre con la punta de la mesa de café, así que Eme soltó un alarido de dolor. Fue entonces cuando la mente de Don pareció aclararse, aunque fuera por un instante. Con un grito desgarrador, llamó a su jefe de seguridad, Aurelio, quien había comenzado a trabajar en la casa para protegerlos. — ¡Aurelio! ¡Necesitamos ayuda! — gritó y salió del sillón sin ser consciente del todo de lo que había intentado hacer su hermana menor —.No mi cielo no…— murmuró y tomó la cabeza de Eme que también se había golpeado, tal parecía que la rubia había perdido momentáneamente el conocimiento —. AURELIO, CAZZO, VENNNN — gritó con desesperación. El hombretón de repente apareció en la escena y, sin decir una palabra, tomó a Eme en sus brazos, seguido de cerca por Don, para ir, claramente, al hospital. — Don no te vayas, espera, yo te amo, por favor… — gritó Magdalena entre llantos, arrodillada en el suelo mientras observaba irse a su hermano con esa perra, pero él ya había salido por la puerta. Magdalena se quedó en el suelo sollozando, incapaz de creer lo que acababa de suceder. No podía entender cómo su hermano podía preferir a esa mujer antes que a ella. El dolor en su corazón era insoportable, y no sabía cómo iba a hacer para salir de eso o qué pasaría luego. Poco después, ya en el hospital, Don no dejaba de rezar en silencio mientras Aurelio corría por los pasillos en busca de ayuda. Finalmente, encontraron a un médico que se apresuró a llevar a Eme a la sala de urgencias. Don se quedó en la sala de espera, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón destrozado. Pasaron horas interminables antes de que el médico saliera de la sala. Don se levantó de un salto y corrió hacia él, con el corazón en un puño. El médico le puso una mano en el hombro y le dio una mirada preocupada. —Su mujer está ahora estable, pero sigue delicada.Tendrá que estar en reposo por un tiempo en el hospital... — ¿Y la bebé??? — preguntó Don con un hilo de voz y el médico suspiró. — Está muy grave, no le voy a mentir. Debimos hacer una cesárea de emergencia...lo siento...— respondió y Don asintió pensando que todo era su culpa, pero ¿que había pasado con Magdalena y Eme para que se pelearan así? Los recuerdos estaban difusos en su memoria. La noticia fue un verdadero balde de agua fría para él, que ya sobrio, no podía dejar de sentir el peso de la preocupación y la angustia en su pecho así como la culpa en el fondo. Sabía que tenía mucho por resolver y que debería eventualmente enfrentar a su hermana, por mucho que le costara. Después de agradecer al médico, Don se dirigió al dormitorio de Eme en el hospital guiado por una enfermera. La encontró dormida y débil. Toda llena de cables y enchufada. —Mi amor, lo siento tanto, siento todo por lo que has pasado. Nunca debí haberte dejado sola en primer lugar — le dijo aunque ella no lo escuchara —. Prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para protegerte y asegurarme de que estés a salvo...— murmuró y los ojos de él se llenaron de lágrimas mientras estiraba la mano para tomar la de Eme —. Juntos podremos superar esto, ya verás. Te amo tanto. Amore mío...— murmuró y se inclinó para besar su frente que estaba fría. Su estado solo era el preludio, de lo que vendría.
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