Capítulo 17. La niña

1587 Palabras
El sol se filtraba tímidamente a través de las cortinas, pintando rayas doradas en la pared de la habitación. Don y Eme se encontraban en la cama, abrazados, mientras compartían un momento íntimo y especial de pareja de recién casados. Don besaba con ternura el abdomen abultado de Eme, sus labios dejando suaves caricias sobre la piel suave y cálida de su flamante esposa. Sus manos se deslizaban con delicadeza, como si estuviera tocando una obra de arte, mientras su amor por su esposa y su hijo por nacer fluía a través de cada gesto, sin pronunciar en ese momento ni una palabra. Con sus labios dejó un camino fino de besos, que iban desde su ombligo hasta su pubis, y luego, con expertise, abrió sus labios vaginales y metió allí su lengua para juguetear con su clítoris mientras la penetraba con sus dedos. Eme cerró los ojos, entregándose extasiada al amor y al placer que Don le brindaba. Cuando sintió ese nudo formándose en su bajo vientre, Don se incorporó, le dio un beso dulce de sus labios para que probara su propio néctar, y con cuidado colocó su v***a entre sus piernas para penetrarla con suavidad primero. Tenía los brazos en torno a su cabeza, apoyados sobre la sábana y sus músculos se marcaban por el esfuerzo que hacía para embestirla con lentitud. Fue progresivamente aumentando el ritmo, mientras ella gemía y tomaba su cabeza para hundir sus uñas en el cuero cabelludo de él, hasta que le suplicó por favor, entonces él, tocó el botón sensible de carne con su pulgar y ella volvió a explotar con un nuevo orgasmo mientras él derramaba su simiente dentro de ella. Después de un tiempo que pareció eterno, se separaron con una sonrisa radiante, sus corazones latiendo al unísono en el silencio de la habitación, mientras él la abrazaba de costado con sus cuerpos sudados por la actividad amatoria matutina que habían compartido. Unos minutos más tarde, decidieron tomar un baño juntos para refrescarse y relajarse después de su encuentro sensual e íntimo. Don llenó la bañera con agua tibia, mientras Eme lo observaba con una sonrisa amorosa. Con delicadeza, Don ayudó a Eme a entrar en la bañera enorme de loza blanca con grifos dorados, asegurándose de que estuviera cómoda antes de unirse a ella. El agua tibia y con algo de espuma, envolvía sus cuerpos, disipando cualquier tensión y dejándolos flotar en un oasis de tranquilidad momentáneo. El italiano tomó una esponja suave y comenzó a lavar gentilmente la piel de Eme, tratándola con reverencia y cuidado, como si de una obra de arte valiosa se tratase. Cada movimiento era meticuloso, como si estuviera adorando cada centímetro de su ser palmo a palmo, a través de su piel. Mientras se enjabonaban y tocaban mutuamente muy despacio, sus miradas se encontraron una y otra vez, llenas de amor y cargadas de complicidad. En un momento Don agarró el duchador decidido, y lo encendió. Con cuidado hizo que Eme apoyara la espalda en su pecho, y el duchador lo metió entre las piernas de su esposa mientras ella reía, para con el agua estimular la sensible piel de su clítoris hasta que ella estalló en un increíble orgasmo. Luego, embadurnó sus dedos en un aceite corporal y con la mitad del cuerpo todavía cubierto con agua, metió los dedos debajo para estimular el ano de Emily mientras esta aún temblaba. Luego, con cautela, tomó su v***a endurecida y llevó su glande hacia su entrada anal. con cuidado separó sus cachetes e hizo que se sentara sobre ella, hasta estar por completo dentro. Después, tomó su cintura y despacio comenzó a moverla. — Tócate, tócate para mi bella — susurró en su oído y ella lo obedeció de tal modo que aún temblorosa, comenzó a tocar su clítoris y masajearlo mientras él embestía muy cuidadosamente su ano. Ella echó la cabeza hacia atrás y él la mordió a la altura de su omóplato, apenas debajo de su cuello, como un animal, mientras la penetraba a un ritmo cada vez más constante. Ella a su vez se meció con suavidad volviendo a su esposo loco de placer. — Aghhh si así, como me calientas Eme, tu culo es tan apretado cazzo — gruñó él y trató de aguantar hasta que sintió los espasmos que anunciaban el clímax de su esposa y no se pudo contener más. Esa vez, llenó su culo de leche, quedando también tembloroso él y luego la abrazó con ternura, con su pene aún clavado dentro de ella. Así se quedaron por un rato hasta que pasaron las oleadas de placer. Después de unos minutos, con mucho cuidado salió de dentro de ella, y concluyeron el ritual del baño. Una vez que estuvieron limpios, relajados y saciados, salieron de la bañera y se envolvieron en suaves y mullidas toallas. Se miraron el uno al otro mientras se vestían, ella con una sonrisa cargada de amor, lo ayudó a hacerse el nudo de la corbata y luego él la besó de forma apasionada. — Basta Don, o se nos hará tarde — dijo Eme y rio. — Solo por esta vez diré que tienes razón, ya que queremos saber el sexo de nuestro bebé ¿no? — dijo él con una sonrisa cómplice y envolvió su vientre un poco más abultado, de forma posesiva con sus manos. Entonces, ambos se miraron como si compartieran un secreto que solo ellos dos sabían, se inclinaron el uno hacia el otro y se dieron un tierno beso. —Te amo, Eme —susurró Don, con voz llena de emoción. —Y yo a ti, Don —respondió Eme, con una sonrisa brillante—. Eres mi todo... Habían decidido desayunar de camino, así que pararon en una elegante cafetería que le gustaba a Don de donde llevaron panecillos y café para el camino. Finalmente, Don estacionó el auto y ambos se dirigieron al consultorio del obstetra con una mezcla de nerviosismo y emoción. Caminaron juntos por el pasillo, entrelazando sus manos y luego se sentaron en las cómodas sillas, mientras esperaban ser llamados. —¿Estás bien, cariño? —preguntó Don, mirando a Eme con ternura. —Sí, estoy emocionada pero también un poco nerviosa —confesó Eme, apretando suavemente la mano de Don. Él la miró y sonrió. Emily sabía que aunque Don no dijera nada también estaba muy nervioso por descubrir el sexo de su bebé. Los minutos parecieron eternos mientras su corazón palpitaba rápido, y trataba de distraerse mirando unas revistas y Don respondía su teléfono con cuestiones del trabajo. Ella se había tomado una licencia indefinida, eso habían decidido entre ambos. Una embarazada, que estaba sola sentada frente a ellos la miró y sonrió, no faltaba que le dijera nada, sabía que la mayoría de la gente pensaba que se había sacado el premio mayor con Don…. y así era pero no en el sentido en que solían pensar los demás. Sí, él era atractivo y tenía dinero, pero ella lo amaba por la forma en que era con ella, el modo en que la trataba y cuidaba, era un fiel contraste con una gran parte de su vida en la que no recordaba haber sentido que era amada de esa manera. —¡Señora y señor Fiorino, pueden pasar! —anunció la enfermera desde la puerta. Eme sintió un vuelco en el estómago mientras se levantaba, con Don a su lado. Entraron en la consulta con el nuevo obstetra, donde fueron recibidos con una sonrisa amable. Se lo habían recomendado muy especialmente y era su segunda vez con él, y el médico a Eme le caía muy bien. Era un señor de mediana edad o un poco más, cercano a los 60 con cabello entrecano y sonrisa acogedora. —Buenos días, Eme, Don. ¿Están listos para conocer el sexo de su bebé? —preguntó luego de los saludos, con una sonrisa afable en su rostro. —¡Sí, la verdad que estamos muy emocionados! —respondió Eme, con una sonrisa radiante y temblorosa. — Bien, me alegra mucho saberlo. Toma esa bata y tras el biombo cámbiate, luego ven a la camilla por favor — le dijo, y eso hizo Eme. Después de salir detrás del biombo ya con la bata, con cuidado puso sus pies en los estribos y se subió a la camilla, bajo la atenta mirada de su marido que miraba todo como si fuera una nave espacial produciendo ternura en su interior. El médico realizó el ultrasonido con cuidado, deslizando el cabezal sobre el abdomen de Emily mientras observaba la pantalla con atención. El corazón de la pareja latía con fuerza mientras, sus manos entrelazadas se apretaban al esperar ansiosamente el veredicto del doctor. —¡Aquí está! —exclamó el obstetra finalmente, señalando la pantalla—. ¡Es una niña! Una oleada de emoción y alegría inundó la habitación. Don y Eme se miraron el uno al otro con lágrimas en los ojos, abrumados por la felicidad de saber que tendrían una hija. —¡Una niña! —exclamó Don, con una sonrisa radiante mientras tomaba la mano de Eme y la besaba—. ¡Será perfecta! Igual que tú — dijo y se agachó para darle un tierno beso. Emily estaba emocionada y con los ojos brillantes, y cuando él separó sus labios de los de ella, la muchacha pronunció: —No puedo creerlo Don — murmuró emocionada—. Tendremos una niña... — Nuestra niña…
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