Eme yacía en la cama, su mente llena de pensamientos turbulentos mientras las lágrimas continuaban deslizándose por sus mejillas. Cada latido de su corazón resonaba con el dolor y la desesperación que sentía. La habitación parecía cerrarse a su alrededor, llena de susurros de polvo y sombras que la envolvían en una sensación de encierro. El sonido de pasos resonó desde el pasillo, y la puerta se abrió con cautela. Un hombre taciturno, de aspecto joven, pero con una mirada carente de emociones, entró con una bandeja de comida. —Le dejo comida signora… —comenzó a decir, con la voz seca. Ella lo miró con ojos enrojecidos por el llanto, pero no respondió. Sus emociones estaban tan revueltas que apenas podía formular palabras coherentes. El hombre dejó la bandeja en una mesita cerca de la c

