En los días que siguieron a la llegada de la hermanita de Don, y ante el caos por la inminente boda, Eme se vio envuelta en una serie de situaciones delicadas con respecto a la no tan pequeña Magdalena. Algo en el comportamiento de la muchacha le resultaba extraño a ella, y en su intento de evitar confrontaciones innecesarias, optó por distanciarse discretamente sin que Don realmente lo notara.
Evitaba encuentros casuales y, siempre que podía, buscaba excusas para no coincidir con ella. No quería complicar las cosas, pero una sensación de inquietud persistente la impulsaba a mantenerse alerta. Ella entendía que era la hermana de Don, pero ahora, con la perspectiva de una nueva vida en camino, Eme sentía la necesidad de protegerse a sí misma y a su pequeña familia en formación.
Un día, reunió el valor para abordar el tema con Don. En un momento de intimidad, Eme le preguntó si había notado algo peculiar en el comportamiento de Magdalena. Don, sin darle mucha importancia, respondió con un tono despreocupado.
— Eme, ella me quiere como a un padre. La crié desde que era un bebé, así que no te preocupes demasiado. Son solo ideas tuyas, estás sensible por el embarazo y Magdalena es un poco celosa, pero no le prestes atención. Tu eres mi mujer y ella es mi hermanita, aparte ahora agrandaremos la familia...— le dijo con una sonrisa tranquilizadora y acarició su vientre con ternura.
Pero aunque Don intentó disipar las preocupaciones de Eme, ella seguía sintiendo que algo no cuadraba del todo. Había algo en la forma en que la chica lo miraba y lo tocaba que podía llegar a percibir aunque claramente él no.
Sin embargo, para mantener la armonía y concentrarse en la felicidad que les deparaba el futuro, decidió dejar de lado sus inquietudes sobre Magdalena, al menos, momentáneamente.
Los días transcurrían entre preparativos de boda y consultas médicas. Pero sin ninguna duda, uno de los momentos más emocionantes fue la primera ecografía, donde Don y Eme pudieron vislumbrar la pequeña vida que crecía dentro de ella. Aunque aún no se podía determinar el sexo del bebé, la alegría de Don era palpable.
— Mira mi amor...es nuestro hijo...— le dijo conmovido y eso hizo que ella lagrimear antes de que él le diera un beso dulce.
Si bien desde que estaban juntos él era apasionado y cariñoso, desde su embarazo se mostraba más cariñoso y atento que nunca, inundando a Eme con gestos de amor y cuidado. Y regalos tanto para ella como para su hijo no nato.
Y cuando hacían el amor era delicado, como si tuviera miedo de lastimarla y luego, la mayoría de las veces, apoyaba su oído en el vientre aún chato de Emily como si pudiera oír algo, e incluso a veces hablaba con la niña lo que llenaba su corazón de amor.
Porque Don estaba convencido de que sería una niña.
— Cuando seas grande no dejaré que ningún chico se aproveche de ti mi pequeña Rosella...
— ¿ Y si es niño??? Va a ser niño y gay — solía decirle bromeando pues Don era un poco chapado a la antigua.
— Será niña...Ningún hijo mío saldría gay...
— Donnnn no lo sabés jajajaja
— Bueno — dijo él y revoleó los ojos —, si fuera gay, sería masculino, macho y 'activo', nada afeminado...— finalizó Don lo que hizo que Eme estallara en carcajadas en esa ocasión.
Pero a pesar de aquello y de los preparativos para la boda, la sombra de la inquietud persistía en el fondo de la mente de Eme. Optó por enfocarse en la inminente celebración, un evento que estaba tomando forma con detalles cuidadosamente planificados por los dos, más el ejército de personas que había contratado Don.
El vestido por ejemplo, diseñado por la propia Maria Grazia Chiuri, era una joya única. La diseñadora de Dior incluso viajó desde París hasta Milán para la prueba de vestuario, asegurándose de que cada detalle estuviera perfectamente ajustado a la figura de Eme, especialmente dada la nueva vida que estaba creciendo en su vientre.
Los días previos al gran día estuvieron marcados por la ansiedad y la emoción.
Él, con una dedicación admirable, se aseguró de que cada detalle de la boda fuera impecable. Aunque ella notaba sus salidas a altas horas de la noche, él siempre le aseguraba que eran asuntos de trabajo y la tranquilizaba con su amor y compromiso.
Aunque la curiosidad sobre el comportamiento de Magdalena seguía latente en su mente, la joven decidió confiar en Don y en el amor que compartían, y desestimar las preocupaciones sobre la caprichosa hermanita. Así, mientras los preparativos continuaban y el gran día se acercaba, Eme trató de mantenerse enfocada en los momentos de felicidad que la vida le ofrecía. Claro, que dado todo lo que estaba sucediendo, debieron tocar un tema delicado para ella.
Fue una hermosa noche, muy cercana a la fecha. La suave luz de la luna se filtraba por las cortinas, pintando destellos plateados en la habitación mientras Don y Eme se encontraban envueltos en los brazos del otro ya que recién habían hecho el amor. Después de un momento de silencio cómplice, él acarició el cabello de ella y le susurró al oído con voz suave.
—¿Y, me dirás quiénes serán los invitados de tu parte a nuestra boda? —preguntó, deslizando sus dedos por la espalda de Eme.
Ella se acomodó en la cama, apoyando su cabeza en el pecho de Don.
— He pensado mucho en eso y quiero que sea un día especial, que ambos estemos rodeados de personas que realmente nos importan. Y ME importan …— dijo en un murmullo suave.
Don la abrazó más fuerte y, con ternura, le dio un beso en la frente.
—Y estoy seguro de que será así. Pero me he dado cuenta de que no has mencionado a nadie de tu familia. Ni siquiera quieres mencionarlos ¿Realmente no hay nadie más a quien quieras invitar? — inquirió con curiosidad él, que por supuesto igualmente ya había investigado a la muchacha pues en su línea de negocios no podía dejar ningún cabo suelto como el permitirse no saber con quién se estaba casando realmente.
Eme se estremeció ligeramente ante la pregunta y, después de un breve silencio, respondió con voz apagada.
—No hay nadie, Don. Mi familia es… especial… por no decir nula…
Don, sin soltarla, la observó con curiosidad.
—¿Por qué dices eso, bella mía? No quiero presionarte, pero... Me gustaría saber más…nunca quieres hablar de tu familia y nos vamos a casar...
La joven abogada se dio la vuelta, dándole la espalda, y suspiró profundamente.
—No quiero hablar de eso ahora…
Él, sintiendo la tensión en sus palabras, la besó suavemente en la espalda y la abrazó con más fuerza desde atrás.
—Emily, puedes confiar en mí. Estamos a punto de comenzar una vida juntos, y quiero conocer todo de ti. Y siempre que te pregunto sobre tus padres evades el tema bella mía…vamos cara mía...
Pero para sorpresa de Don, en lugar de responder, Eme comenzó a sollozar en silencio.
Preocupado, la obligó a girarse para enfrentarla y le tomó su rostro con dulzura.
—Hablemos de esto, amore mío. No quiero verte sufrir…— le dijo con el entrecejo fruncido.
Entre sollozos, Eme finalmente tomó valor y le contó la historia que había mantenido oculta de él, y enterrada en su fuero más íntimo durante tanto tiempo.
—Mi madre era hija única. No tengo tíos, primos ni abuelos vivos de su parte. Y mi padre... —hizo una pausa, conteniendo las lágrimas—. No hablo con él desde el funeral de mi madre — admitió Emily.
Don acarició sus mejillas con ternura.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Mi madre murió de una enfermedad terminal, una rara enfermedad. Y mi padre es un científico adinerado, así que supongo que fue inevitable… Desde el momento en que ella enfermó, siempre estaba buscando una cura para el mal que la aquejaba. Pero no estuvo a su lado cuando más lo necesitaba... — dijo y estalló en lágrimas que ya caían libremente por sus mejillas —. Así que desde el funeral de mi madre, no he vuelto a hablar con él. No quiero saber nada de él. Solo acepté el pago de mi universidad porque era lo que mi madre quería. Además, me dejó una pequeña cifra de dinero como herencia…— admitió ella.
Don, con comprensión en sus ojos, la abrazó con fuerza.
—Amore mío, lo siento tanto. No puedo imaginar lo difícil que ha sido para ti. Pero ahora somos una familia, y juntos superaremos todo…— murmuró él, sin saber lo que realmente les esperaba…
Emily asintió entre sollozos, agradecida por la comprensión y el apoyo de Don. Él secó sus lágrimas con los pulgares y le dio un suave beso en los labios.
—No llores más. Nosotros formaremos ahora nuestra propia familia. Y te prometo que siempre estaré a tu lado, pase lo que pase…