Capítulo 10. Magdalena

1616 Palabras
Don, a pesar de las 10 semanas de embarazo de Emily y el cansancio que le manifestó la joven a él, insistió en dirigirse al aeropuerto personalmente junto a ella para recibir a Magdalena, su hermana, que regresaba del internado para el evento del año, su boda. Y como Eme quería complacerlo, por supuesto que accedió. El aeropuerto resonaba con el bullicio característico, pero cuando Magdalena se acercó a ellos, su actitud pedante se hizo evidente de modo inmediato para Eme. Pues su mirada crítica la recorrió de arriba hacia abajo, marcando el inicio de una convivencia que prometía ser desafiante y conflictiva, definitivamente. De vuelta en la casa de Don en Milán, la vorágine de los preparativos de las últimas semanas alcanzaba su punto álgido. La casa se llenaba con el trajín de diseñadores, floristas y organizadores de eventos que trabajaban arduamente para que cada detalle de la boda estuviera impecable y a tiempo. Emily ni siquiera supo de la existencia de esa casa hasta que él le dijo que se mudara con él, ella solo -inocentemente- creyó que tenía el apartamento. La fastuosa mansión de Don, ubicada en las elegantes afueras de Milán, se alzaba majestuosa en tres imponentes plantas. La fachada, revestida en mármol blanco, resplandecía bajo la luz del cálido sol italiano. Amplios ventanales enmarcaban la estructura, permitiendo vistas panorámicas de los exquisitos jardines que rodeaban la propiedad. La entrada principal, custodiada por altos pilares decorativos, conducía a un vestíbulo deslumbrante. Un impresionante y reluciente candelabro colgaba del techo alto, iluminando con elegancia la escalinata de mármol que daba hacia los niveles superiores. Obras de arte cuidadosamente seleccionadas adornaban las paredes, dando un toque de sofisticación. Igual que diversas esculturas y otros objetos de colección. La planta baja albergaba una amplia sala de estar, decorada con muebles de diseño y tapices lujosos. Grandes ventanales se abrían hacia una terraza que se extendía hasta los cuidados jardines de la mansión. La cocina, equipada con tecnología de vanguardia, llevaba la firma de un chef de renombre que Don contrataba ocasionalmente para eventos especiales. En el segundo piso, las habitaciones se distribuían con la misma elegancia. La suite principal, un santuario de lujo, contaba con una cama imponente y un baño en suite que rivalizaba con un spa de cinco estrellas. Otras habitaciones, cada una con su estilo único, reflejaban la atención al detalle y gusto refinado, decoradas de manera exquisita por instrucción de Don según este le contó a Eme cuando ella le dijo lo asombrada que estaba de la belleza y detalle de cada rincón de la casa. El tercer piso albergaba un espacio multifuncional, desde una biblioteca con estanterías repletas de obras literarias hasta una sala de entretenimiento con tecnología de punta. Un gimnasio bien equipado y una sala de juegos completaban el área, proporcionando un refugio privado para el entretenimiento y el ocio del dueño y sus visitas. El exterior de la mansión ofrecía un espectáculo visual descomunal, con piscinas relucientes, amplias zonas de césped y jardines meticulosamente cuidados. Una pista de tenis y una piscina climatizada añadían un toque deportivo al esplendor de la propiedad. La sensación de exclusividad y opulencia se extendía por cada rincón de esta fastuosa casa, reflejando el estatus y el gusto refinado de su propietario, Donatello Fiorino. Y era por eso que habían decidido celebrar la boda allí mismo. Emily había dejado la oficina de manera temporal aunque, ilusamente, esperaba volver algún día. Y se había trasladado de forma permanente a la casa donde compartía la habitación con su prometido que le había regalado un nuevo anillo. Un enorme diamante amarillo, en tono ambarino. "Cómo el color de tu cabello" le dijo Don cuando ella le dijo que era demasiado, y finalizó con un beso tierno que la convenció antes de hacerle el amor de una forma en que la despojó de cualquier tipo de duda. Por su parte Don por esos días, hacía espacio en su ajetreada agenda privada para supervisar cada aspecto del próximo evento, asegurándose de que todo estuviera a la altura de sus expectativas. Claro que habían contratado a los mejores organizadores de bodas pero aún así, Don le dijo a Eme que era crucial que todo saliera a la perfección pues los invitados, entre ellos figuras destacadas del jet set y clientes importantes, formaban parte de la crema y nata no solo de Milán sino de toda Italia. Claro que todo eso solo aumentaba la presión que ejercía el evento, sobre los pequeños hombros de Eme. Emily, a pesar del cansancio trataba de seguir el ritmo y acompañar a Don con las elecciones de flores y platillos entre otras cosas, a pesar de que sus primeras semanas de embarazo se le hicieron cuesta arriba y solo quería irse a dormir, mientras se encontraba en el epicentro del caos organizativo. Fue entre el cúmulo de detalles, ensayos y retoques finales para la boda de Don y Eme que se produjo la llegada de la hermanita pequeña de Don, pues como sabría Eme por palabras de él, prácticamente la había criado desde que era una bebé pues la madre de ambos murió al nacer y en ese entonces Don tenía unos 16. Así que, visto y considerando lo importante que era para él su pequeña hermana, era lógico que Eme estuviera llena de expectativas la noche de la llegada de la joven, cuando cenaron los tres por primera vez. Emily se había puesto un discreto vestido de diseñador floreado sin mangas, de corte princesa y unos zapatos chatos Chanel. Don prácticamente había hecho que tirara la mayoría de su clóset y lo reemplazara por uno nuevo, repleto de ropa de caros diseñadores. En cambio Magdalena, la hermanita consentida de su futuro marido, llevaba una falda que apenas cubría sus partes, unos tacos altísimos y un top de dos flores sujetas con cadenas que la dejaban prácticamente como Dios la trajo al mundo, todo en color oscuro. Magdalena era una muchacha de 1.75 estimadamente, un poco más alta que Eme. Tenía el cabello ensortijado del mismo color de sus ojos almendrados, chocolate, y su cuerpo podría hacer morir de envidia a cualquier modelo. Aparte estaba maquillada de forma exquisita. Cuando llegó y se sentó, pareció medir con la mirada a Eme y esa sensación de malestar que se había instalado en la boca de su estómago al conocerla se acentuó para la joven abogada. La cena transcurrió de modo correcto entre risas y chispeantes comentarios de Don, que procuraba que todo fuera perfecto. A pesar de la evidente tensión. — Magdalena, ¿cómo te ha ido en el internado? Debe haber sido toda una experiencia — murmuró Eme dejando su tenedor. Magdalena, miró a su hermano antes de responder: — La escuela fue... adecuada. Nada extraordinario — dijo y se encogió de hombros la jovencita. Emily, trató de mantener una conversación amable, pero con esa joven era un camino cuesta arriba. — Seguro que Don te ha echado mucho de menos — susurró y tomó la mano de su amado con un gesto que no pasó desapercibido para Magdalena quien observó la escena con recelo. Y luego volvió la mirada hacia su hermano. Y no parecía ser la mirada de una hermana hacia su hermano por cierto, pensó Emily con extrañeza. — Sí, mucho — murmuró él, completamente inocente de lo que pasaba entre las mujeres y miró a su hermanita con una sonrisa. Mientras ella lo miraba a su vez inclinándose hacia adelante, como exhibiendo su pecho apenas cubierto. La incomodidad se apoderó de Emily, sintiendo algo más en la actitud de Magdalena hacia Don de lo que se podía ver a simple vista que para su gusto ya de por sí era suficiente. Pero atribuyó sus sospechas al cansancio, hasta que Don recibió una llamada urgente de trabajo. — Eme, amore mío, tengo que salir por un asunto urgente. ¿Puedes quedarte con Magdalena? Emily asintió mientras la jovencita esbozaba una sonrisa que la hizo estremecer de pies a cabeza. Ya a solas, la conversación se volvió por demás, tensa. — Magdalena, ahora que tú hermano y yo nos vamos a casar quiero que me consideres como una hermana — dijo Eme con una sonrisa amable. Pero la jovencita, respondió con una mirada desafiante: — Emily, déjame dejarte las cosas claras. Don es mío. Siempre ha sido mío, y nunca serás parte de nuestra familia. ¿Ok? — dijo alzando su barbilla. Eme se sintió descolocada. — Yo... Soy la futura esposa de tu hermano y madre de tu sobrino... Creo que al menos por Don podríamos hacer un intento para llevarnos mejor...— murmuró. "Maldita puttana", escuchó Eme que le dijo por lo bajo la muchacha y se estremeció. — A mi no me engañas ¿Eh?. Todas ustedes son iguales. Pero quiero que entiendas algo, nunca serás su familia. Es solo una cuestión de tiempo antes de que se dé cuenta de que eres como el resto... Emily, trató de mantener la calma y no alterarse, incluso contó hasta diez. "No sabe lo que dice, es solo una adolescente" , la justificó en su mente. — Magdalena, Don y yo tenemos una relación especial, yo amo a tu hermano y él me ama a mi...vamos a casarnos... La joven se levantó de golpe, y la miró con frialdad. — No me importa nada de lo que me digas. Solo quería que supieras que no serás la primera en su vida, JAMÁS — dictaminó y le dio la espalda. La joven subió entonces las escaleras , dejando a Emily confundida pero con la certeza de que algo del vínculo de esa jovencita con su hermano estaba definitivamente muy mal.
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