Capítulo 9

1430 Palabras
Fue inevitable, como el amanecer de todas las mañanas. Eme lo sintió desde lo más profundo de su ser cuando la noticia le golpeó con la fuerza de un huracán. El descubrimiento de su embarazo resonó en su mente como un eco imparable, un cambio inminente que transformaría sus vidas de maneras que aún no podía imaginar. La revelación tuvo lugar en la oficina, un entorno donde las tensiones diarias y las rutinas laborales normalmente ocupaban el centro de atención. Pero ese día, el destino tenía otros planes. Un malestar repentino invadió el cuerpo de Emily, señal inequívoca de que algo extraordinario estaba sucediendo dentro de ella. No pudo evitar correr hacia el baño para devolver todo el desayuno, con la mirada de su amiga Aldana siguiéndola con curiosidad y preocupación. Fue durante el horario de almuerzo cuando, en la privacidad del pequeño baño de la oficina, Eme se enfrentó a la realidad que había estado gestándose en su interior. Con manos temblorosas, abrió el paquete del test de embarazo que Aldana había comprado rápidamente en la farmacia cercana. La ansiedad la invadía mientras esperaba los resultados que cambiarían su vida, desde ese momento, para siempre. Aldana, quien se había transformado en una amiga leal y confidente, permaneció a su lado durante esos momentos cruciales de miedo y ansiedad por partes iguales. El tiempo parecía detenerse mientras aguardaban el veredicto del pequeño dispositivo luego de que ella hubiese seguido las instrucciones al pie de la letra. Cuando finalmente apareció el positivo en la pantalla, esas dos rayitas que cambiarían su vida para siempre, la habitación pareció cargarse de una energía diferente. De hecho, se sintió nuevamente mareada, pero sobre todo, se sintió temerosa. Con el corazón latiendo desbocado y luego de las palabras de consuelo de su amiga, Eme se armó de valor y decidió compartir la noticia con Don, el hombre que había compartido su vida y sus sueños esos últimos meses. La incertidumbre se apoderó de ella al imaginar cómo reaccionaría él. Había un temor latente, una inseguridad que la hacía dudar de la respuesta que recibiría por parte de él. La mente de Eme jugaba con la idea de que Don la acusaría de ser cazafortunas o trepadora, a pesar de que él mismo le había propuesto casamiento, un hijo era algo definitivamente muy diferente, era algo que los uniría de por vida, para siempre. La relación con Don aunque más apasionada con cada día que pasaba, se había transformado en un juego de claroscuros, un rompecabezas complejo en el que las piezas a menudo parecían encajar de manera imperfecta. Por momentos parecía que Donatello quería que su relación fuera mucho más seria y no le importaba que todo el mundo lo supiera, y por momentos parecía querer alejarla de la intimidad de su vida cosa que ella no comprendía. Y con respecto al bebé, la realidad era que en lo que refería a él la ambigüedad parecía rodar la cuestión de tener hijos, un tema que se había abordado de manera clara por parte de ella. Don, a pesar de haberse comprometido con Emily, nunca dejó del todo claro si deseaba o no formar una familia. Aunque pensándolo bien, quizá no lo hacía pues no quería abrumarla más con su compromiso, se dijo ella que esperaba que fuera eso y no otro el tema. Cuando la muchacha finalmente encontró el valor para comunicar la noticia a Don, lo hizo con la cautela de quien camina sobre trozos de vidrio molido. Le avisó por mensaje que iría a su oficina y se sintió pisando huevos todo el camino hasta que finalmente entró a su despacho, él se acercó para darle un beso apasionado, pero ella lo alejó un poco con sus manos y él la miró como si no comprendiera del todo. Las palabras salieron titubeantes, cargadas de miedo y esperanza por partes iguales. El silencio se hizo palpable en la habitación después de las palabras temblorosas de Eme. Don la miró fijamente, como si estuviera procesando la información. Emily, por su parte, sentía un nudo en la garganta y su corazón latía con fuerza, esperando la respuesta que determinaría el rumbo de sus vidas, pero de la suya por, sobre todo. Ya que era ella quien cargaba su bebé. Pero para su sorpresa, Don rompió el silencio con una sonrisa que iluminó su rostro. — ¿Es en serio? — preguntó con aparente incredulidad y emoción en sus ojos. Eme asintió tímidamente, aún sorprendida por la reacción tan feliz de Don. — Sí, es verdad — dijo ella, con la voz apenas un susurro —. Sé que no lo planeamos, pero estoy embarazada — respondió la joven aún pasmada. La sonrisa de Don se amplió, y sin contener su alegría, se acercó a Eme y la abrazó con fuerza. —¡Embarazada! — exclamó feliz y triunfal —. No puedo creerlo. ¡Voy a ser padre! — gritó exultante. Emily sintió cómo la tensión se desvanecía gradualmente de su cuerpo. No podía creer la dicha que reflejaba el rostro de Donatello. Temerosa de su reacción, nunca se habría imaginado que él recibiría la noticia con tanta alegría y felicidad, pero así lo parecía. — Te cuidaste, ¿verdad? — preguntó Don, de repente serio, pero con una chispa de diversión en los ojos. — Sí, me cuidé. Tú sabes, te mostré mis pastillas — dijo ella un poco confundida —. Tienen un 99% de efectividad así que supongo que somos la excepción a la regla…— dijo confundida. Don rio, y con una mirada llena de amor, la besó tiernamente en los labios. — No importa cómo haya sucedido, lo único que importa es que estamos juntos en esto… y que te amo…— dijo Don, acariciando suavemente la barriga de Eme. Luego tomó a Eme con suavidad de la cintura y la hizo girar por los aires. La risa se apoderó de ambos mientras el mundo giraba a su alrededor. — Yo también te amo, supongo que deberé postergar mi carrera por un tiempo…— sopesó luego, con los pies en el suelo. ella. Como si no la hubiera escuchado él prosiguió. — Nos vamos a casar, mi bella Eme — anunció Don con determinación —. Lo antes posible. Quiero estar contigo en cada paso de este embarazo… Y quiero estar contigo para siempre, no veo la hora de ver abultado tu vientre …— dijo mirándola con una inconfundible mezcla de amor y deseo en sus ojos. POR FIN, finalmente, luego de todos esos meses, lo había logrado, él estaba extasiado. Ella estaría unida a él para siempre y ya nada ni nadie podría separarlos. Pensó, paradójicamente, ingenuamente Don. Eme, aún en las nubes y ajena a las verdaderas intenciones de su futuro esposo y padre de su hijo, asintió con una sonrisa radiante. La idea de un futuro juntos, ahora con la llegada de un bebé, le llenaba el corazón de felicidad. Si bien ella había querido dedicarse primero a su carrera nunca había descartado la idea de formar una familia y eso le daba mucha ilusión, aparte ella no había tenido hermanos. — Tú mi bella signorina — continuó Don, bajando a Eme y mirándola directamente a los ojos —, acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo. No, del universo mejor, amore mío, la madre de mis hijos…— susurró él con pasión. Emily rio ante la exageración cariñosa de Don. — ¿Del universo? Eso es mucho, ¿no crees? Don la besó nuevamente, esta vez con una pasión renovada. — No, no es suficiente. Nada es demasiado grande para expresar cuánto te amo y cuánto estoy emocionado por esto. Eres mi todo, signorina… Mi bella bella Eme — susurró y tomó su rostro entre sus manos para besarla esta vez despacio, de tal modo que metió la lengua entre sus labios y jugueteó con la de ella por un momento hasta haberla excitado. Con suavidad, la acorraló contra el escritorio y con una dulzura inusual en él, la ayudó a sentarse, buscó entre sus piernas dentro de su falda y para su regocijo la joven no tenía las bragas puestas tal como a él le gustaba, así que hundió un dedo en su humedad mientras ella gemía completamente a su merced. Poco después reemplazó el dedo por su v***a y ella envolvió su cintura con sus piernas, y lo hicieron lentamente. En esa ocasión, él casi parecía que tenía miedo de romperla. Claro que había muchas formas de “romper” a Eme.
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