A medida que avanzaban los días, y se convertían en meses, la relación entre Donatello y Emily se tornaba más evidente para los demás miembros del bufete.
Los rumores y las miradas indiscretas comenzaron a ser moneda corriente en los pasillos de la firma de abogados, e inevitablemente se convirtieron en la comidilla del lugar.
Don, sin embargo, no parecía afectado para nada por la atención que recibían, incluso disfrutaba de ese juego de secretos a voces y escapadas secretas a su oficina.
Eme, por su parte, experimentaba una mezcla de emociones. Aunque sentía una conexión cada vez más intensa con Don, la exposición pública de su relación la hacía sentir vulnerable, y las miradas indiscretas cohibida. Sin embargo, también disfrutaba de los momentos robados que compartían en la oficina de él, al igual que todo lo demás.
Donatello, siendo el hombre sensual que era, encontraba maneras creativas de robar instantes de intimidad en medio del ajetreo del bufete y el trabajo del día a día. Ya fuera durante una pausa para el café o al final de una jornada agotadora, cuando la mayoría del personal había abandonado la oficina, Don y Emily encontraban refugio en la privacidad de su despacho para dar rienda suelta a la pasión y el erotismo que caracterizaba a la pareja.
Pero hubo una ocasión, en que Don tuvo un día muy ajetreado y convocó a Emily a su despacho, mucho antes de que los demás se hubieran ido de la oficina.
Cuando Eme entró él la estrechó entre sus brazos y le dio un beso metiéndole mano por todos lados.
— Ay Don, que vergüenza, todo el mundo me observaba... — dijo ella entre beso y beso mientras él la desnudaba.
— Mía, bella mía, que todos sepan que eres mía...— gruñó él de forma muy masculina mientras arrancaba a medias su camisa y agarraba sus pechos con sus manos.
Don le subió la falda, la tomó por debajo de las piernas y la colocó sobre la superficie pulida de su escritorio. Eme lo abrazó y sus labios se encontraron febriles en un beso cargado de deseo y promesas de lo que vendría.
Él le metió dos dedos en su v****a y empezó a juguetear con la humedad dentro de su agujero, y apoyó su frente sobre la de ella extasiado.
— Mmm ya estás toda mojada mi signorina...— pronunció, y arrancó sus bragas, terminó de subirle la falda hasta la cintura y con expertise abrió sus piernas de par en par y sumergió la cabeza allí para hundir su lengua con desesperación.
Se la cogió con la boca pasando la lengua por su raja ida y vuelta mientras con una de sus manos estimulaba su clítoris. Jugó con ella, como un perro juega con un hueso, lamiendo, chupando, succionando, hasta que pudo sentir las uñas de Eme enterradas en su cuero cabelludo, allí rasgando.
— Oh Donn siiii — gimió ella y se vino derramando el dulce nectar de sus fluidos vaginales en los labios del italiano que lamió con gozo, como si de la bebida más exquisita del universo se tratara.
Cuando terminó de relamerla, y relamerse, y mientras la joven aún estaba temblorosa
le terminó de arrancar la camisa y el brassier y comenzó a besar sus pechos de manera salvaje, succionaba sus pezones y los mordisqueaba hasta que ella, con sus manos, le abrió el pantalón, la bragueta , y sacó su v***a de modo triunfal. Él gruñó, y ella se acomodó para chuparla, y sin más preámbulo se la metió completamente en la boca para mamársela y él gimió delirando de placer.
— Aghhh si así mi bella Eme, amore mío, siii— gruñó él y tomó su cabeza para coger sus dulces labios mientras ella amasaba sus huevos con sus manos y seguía succionando, su boca subía y bajaba tallando su tronco con sus labios.
Emily sintió el sabor masculino del líquido seminal de Don y succionó más fuerte para hacerlo acabar, pero él la tomó de su cabello con fuerza, sacó de allí su cabeza, la tiró sobre él escritorio, la agarró por debajo de sus nalgas y de una sola estocada la penetró vaginalmente.
Ambos suspiraron de placer cuando se sintieron unidos de ese modo tan íntimo y luego Don comenzó sus embestidas.
Eme puso sus pies en sus hombros y él empujó con su cadera hacia adelante cada vez más fuerte mientras con una de sus manos, comenzó a acariciar el clítoris sensible de la joven nuevamente sin dejar de mirarla y con la otra mano agarró su cuello y metió su dedo pulgar dentro de su boca, que ella lamió ansiosa mientras seguía metiendo su v***a dentro de ella una y otra vez, sin parar, sintiendo como esa v****a apretada lo envolvía con su humedad.
Finalmente, con un estertor, Don largó varios chorros de leche dentro del canal vaginal de Emily, quedando ambos espasmódicos sobre la exquisita madera pulida del costoso escritorio, ambos sumidos en un paroxismo de éxtasis total.