Capítulo 13

1221 Palabras
La cena previa a la boda de Eme y Don había sido una velada llena de emociones, risas y lágrimas de felicidad que solo eran la dulce promesa de lo que sería el gran día posterior con la celebración de su unión. Ahora, la noche los envolvía con la calma de un suspiro compartido mientras se dirigían a sus respectivas habitaciones de la mano. Aunque habían decidido pasar la noche anterior al día de la boda separados, el deseo ardiente entre ellos crecía con cada paso que daban hacia sus cuartos. — ¿Puedo confesarte algo, Eme? —preguntó Don con una sonrisa traviesa mientras llegaban a la puerta de su habitación. Ella lo miró con curiosidad, aún deslumbrante a pesar de las horas pasadas con ese peinado y maquillaje. — Claro, ¿qué pasa? — He esperado toda la noche para este momento —le susurró mientras le tomaba la mano y en el dorso le plantaba un beso. Eme rio con complicidad, pero antes de que pudiera responder, Don la atrajo hacia él y le dio un beso apasionado contra la puerta que estaba a punto de abrir. El calor de sus labios, el suave roce de sus manos, creaban una mezcla embriagadora que la hizo desear más. — Don, ¿qué estás haciendo? —protestó Eme entre risas, pero sus ojos brillaban con la misma intensidad que los de él. — Solo un ratito, Eme. Luego dormiremos separados, como habíamos acordado —le susurró, con una mirada que reflejaba la ternura y el deseo que sentía por ella. La joven rubia soltó una risa juguetona, pero cedió a la atracción que los envolvía. La puerta se abrió lentamente, dejándolos entrar a la habitación con la promesa de un momento íntimo. Don la tomó entre sus brazos con gentileza, cerrando la puerta detrás de ellos. Eme no pudo evitar envolver sus brazos alrededor de su cuello y acariciar su cabello mientras profundizaba el beso a la par de él, sus lenguas danzando al unísono mientras las manos de Don recorrían su cuerpo ansiosas y ella clavaba sus uñas en su espalda. Él comenzó a besar su cuello y ella solamente pudo gemir de placer, consumida por el más profundo de los deseos que despertaba Don en ella, sin poder contenerlo ya. Sintió la humedad entre sus piernas que delataba la excitación que tenía por ese hombre que la volvía loca y se convertiría no solo en su marido sino en el padre de su hijo y como solo él podía hacerlo, Don llevó las manos entre sus piernas, subiendo su vestido, acarició su pierna con suavidad pero apremio a la vez y metió una de sus manos por adentro de sus bragas, colando uno de sus dedos en su v****a. — Por Dios Eme… te deseo tanto que podría vivir haciendo esto toda mi vida — gimió él y colocó las manos alrededor de su pequeña cintura para llevarla a la cama. Allí se recostó con suavidad sobre ella para no aplastarla y cuando la comenzó a tocar íntimamente ella no pudo evitar gemir más fuerte que antes. Don mirándola con deseo y satisfacción, empezó a rozar su clítoris con sus dedos y ella empezó a contorsionarse de deseo, quería más y él se lo daría. Le daría todo. Así que bajó su bragueta, buscó su v***a que ya estaba dura como una roca, su m*****o completamente erecto y grueso al punto que resaltaban sus venas. Mientras él aún tocaba su clítoris, ella tomó su v***a y mientras él gruñía por el deseo contenido , ella hacía lo propio con el pene de él acelerando el ritmo de su mano cada vez más mientras lo masturbaba. Moviendo su mano hacia arriba y abajo mientras Don metía más dedos dentro de ella a la vez que con la misma mano frotaba de modo experto su botón sensible de placer sin darle tregua la llevó al límite una y otra vez. Sin dejar de mirarse con intenso deseo, Don se inclinó para darle un beso profundo, mientras sacaba la frágil mano de ella de su v***a. Con la experiencia que lo caracterizaba, tomó él su propio pene y lo guió entre los labios vaginales de ella antes de meterla primero despacio, para que ambos sintieran esa exquisita tortura palmo a palmo, hasta estar completamente dentro de ella. Entonces con cuidado, abrió sus piernas y comenzó a hundir su cadera. Eme tenía su vestido alrededor de su cintura y sus breteles se habían zafado así que él atrapó un pezón con sus labios y lo comenzó a succionar mientras ella agarraba su cabeza y enterraba sus uñas en su cuero cabelludo mientras decía una y otra vez su nombre como alguna clase de letanía cuando él se la metía cada vez más hondo. En la penumbra de la habitación, solo se oían sonidos de sus cuerpos unidos, de sus fluidos entremezclados, de los huevos de Don golpeando en la entrepierna de Eme, hasta que en un increíble y estrepitoso in crescendo de placer ambos acabaron prácticamente al unísono, él con un grito primitivo liberó su simiente dentro de Eme mientras ella gemía sin poder parar por el brutal orgasmo. Ya acalorados completamente, pegados por por sus fluidos y el sudor, los dos se miraron por un instante y volvieron a besarse antes de separarse. Él se acomodó la ropa y ella intentó limpiarse como podía y también se acomodó. Poco después, Don se inclinó sobre Eme con ternura. Ella, recostada y con una sonrisa de satisfacción pintada en su bello rostro, le dedicó una mirada amorosa. — Gracias por este hermoso momento, Don — murmuró Eme que sonrió, acariciando su mejilla rasposa por el crecimiento de la barba, con suavidad. Don se inclinó y le dio un beso con dulzura, sellando así ese momento de intimidad compartida, aún no podía creer que se fuera a casar, pues nunca pensó sentir algo así como lo que sentía por ella en su vida. Cuando finalmente se separaron, sus ojos se encontraron, comunicando más de lo que las palabras podían expresar. — Mañana será nuestro gran día, Eme — Don le dijo con voz suave, acariciando el cabello de ella con ternura —. Pero esta noche, este momento, es solo nuestro amore mío… — murmuró con voz suave y le dio otro beso dulce. Emily asintió con una sonrisa radiante. — Sí, mañana será increíble… y estoy muy ansiosa — admitió ella con una sonrisa temblorosa. — Que sueñes con lo hermosa que te verás caminando hacia mí...—añadió él con un brillo juguetón en su mirada. — Y tú con lo afortunado que eres de tenerme —respondió Eme con un guiño, provocando risas cómplices en los dos. Don le dio otro beso, esta vez más tierno, antes de levantarse con suavidad. Se quedó unos instantes más, observándola con adoración, y luego susurró un último "ti amo" antes de dirigirse a su habitación. Eme, recostada en la cama, se quedó con una sonrisa boba iluminando su rostro sin poder moverse todavía. La noche antes del gran día había concluido de la manera más especial, dejando en el aire la promesa de un futuro lleno de amor y complicidad, o eso al menos era lo que le parecía a nuestra tierna Eme, ingenuamente.
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