Capítulo 14. Boda

1551 Palabras
El sol se sumergía lentamente en el horizonte, pintando el cielo con tonos cálidos que anunciaban la llegada de un momento trascendental para ambos. Don esperaba con nerviosismo en el altar, un arco cubierto con hermosas flores.Su corazón palpitaba con una mezcla de emoción y anticipación que hacía que sus palmas transpiraran como nunca en su vida, desde que tenía memoria. Se volvió hacia el final del pasillo cuando la música comenzó a llenar el aire con sus primeros acordes. Y entonces, apareció Eme. Era la figura más bella y angelical que había visto en su vida, recubierta de capas de tul como inmersa en una nube. Un ángel bajado del mismísimo paraíso caminando hacia él con una gracia celestial, envuelta en ese vestido de ensueño. El vestido, con detalles de encaje en la parte de arriba y esa falda inmensa de tul, fluía con elegancia en cada paso que daba, como si caminara en el aire parecía. El blanco puro resaltaba la luminosidad de su piel, y un sutil juego de transparencias sugerentes de la parte superior añadía un toque de misterio a su imagen junto con el velo corto que apenas dejaba ver su rostro. Don, inmóvil y atónito, no podía apartar la mirada de la mujer que se acercaba para cambiar su vida para siempre. Aún no podía creer que realmente era suya y esperaba a su bebé. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras la veía avanzar, deslumbrado por la belleza deslumbrante de su novia, la madre de su hijo, su mujer. La suavidad de sus rasgos, la chispa en sus ojos y la gracia con la que llevaba el vestido crearon un cuadro tan sublime que pareció detener el tiempo y el espacio. Cada paso de Eme resonaba en el corazón de él, que se sentía como si estuviera presenciando un milagro. Finalmente, la joven llegó a su lado. Con manos temblorosas, Don levantó el velo que cubría su rostro, revelando la expresión de felicidad y amor en los ojos de ella, que estaban brillantes también por la emoción. Don, sin palabras, pero con emoción en sus ojos, tomó las manos de Emily. Un suave beso selló el momento, una promesa de amor eterno que resonaría en sus corazones en los tiempos venideros. Sin embargo, el mágico momento fue interrumpido por la voz juguetona del cura. — Aún no he llegado a esa parte Don — bromeó con una sonrisa cómplice, provocando risas en la multitud. Incluso el novio no pudo evitar reírse, dejando que la ligereza del momento impregnara el ambiente. Con la risa aún resonando, el hombre de la iglesia retomó el discurso, fusionando lo emotivo con lo humorístico — Bueno, hoy, estamos aquí para celebrar no solo la unión de Don y Eme, sino también la belleza del amor que comparten. Don desde que lo conozco, cuando era muy pequeño y un bribón, siempre ha sido como una fuerza imparable de la naturaleza. Personalmente he sido testigo de su crecimiento, sus desafíos y su transformación en el hombre extraordinario que es hoy y me siento muy orgulloso…Y que haya encontrado a esta joven bella y extraordinaria para formar una familia, me llena el corazón de felicidad...— el cura miró a Don con un brillo especial en los ojos —. Don, hoy no solo celebramos tu unión con Eme, sino también el hombre que eres y el viaje que has recorrido para llegar aquí, así como el padre de familia en el que te convertirás. Eres un ejemplo de perseverancia, amor y crecimiento personal. Y estoy profundamente agradecido de ser parte de este capítulo tan significativo de la historia de tu vida…— sus palabras resonaron entre la multitud. Que rompió en aplausos, celebrando no solo la unión de los novios, sino también el homenaje conmovedor que el cura le brindó a Don. Con las risas y los suspiros de la audiencia aún resonando en el aire, la ceremonia continuó. El cura, después de su conmovedor discurso, miró a ambos con una cálida sonrisa. — ¿Acaso han preparado los novios, votos para este día especial? — preguntó con elocuencia, invitándolos a expresar sus sentimientos más profundos de esa manera. Don miró a Eme con ojos llenos de amor y emoción, y sonrió con ternura. — Emily o Eme como te digo yo y todos aquellos que te conocen y saben de la ternura que albergas en tu corazón — comenzó, su voz temblorosa pero llena de determinación —, desde el momento en que te vi caminar hacia mí por primera vez, supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Tus ojos son el reflejo de tu alma y tu corazón alberga el amor que siempre soñé, y hoy, frente a todos, quiero prometerte mi lealtad, mi apoyo incondicional y mi amor eterno. Por y para siempre mi dulce Eme...Eres la dueña incondicional de mi corazón, el aire que respiro, amada mía, bella mía — susurró con los ojos brillando de emoción. Los ojos de Eme se llenaron de lágrimas de felicidad a la vez mientras escuchaba las palabras de Don. Cuando llegó su turno, tomó la mano de él con ternura y dijo: — Don, desde el primer día supe que eras un hombre que iba a poner mi mundo patas para arriba pero nunca me imaginé esto — dijo y todos rieron mientras ella sonreía, pero con los ojos brillantes de lágrimas contenidas y amor —. Pero solo después de un tiempo (aunque no pasó mucho) supe que eras el hombre con el que quería compartir el resto de mi vida. Tus risas son mi alegría, tus lágrimas son mi consuelo, y tu amor es mi mayor tesoro. Te prometo ser tu compañera en todas las aventuras, tu refugio en las tormentas y tu amor constante a lo largo de los años venideros, hasta que la muerte nos separe, para toda la vida…— dijo mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas y él las enjugaba con sus manos en un gesto cargado de amor y ternura. La conexión entre ellos era palpable, como si sus votos fueran hilos invisibles que tejían un lazo indestructible, aunque, el Titanic también pareció indestructible hasta que llegó el Iceberg adecuado, claro. Pero en ese momento, los invitados observaban con atención, capturados por la intimidad y la autenticidad de ese momento único, la mayoría realmente conmovidos por ser testigos esa unión. Después de que Don y Eme intercambiaron sus votos, el cura miró a la pareja con seriedad, sosteniendo un momento de pausa antes de continuar. — Si alguien tiene alguna objeción para que estos dos corazones se unan en matrimonio, que hable ahora o calle para siempre— declaró con solemnidad. El corazón de Eme dio un vuelco mientras un nudo se formaba en su estómago. En su fantasía, temía que la hermana conflictiva de él, con alguno de sus comentarios espontáneos y mordaces, pudiera intervenir en ese momento crucial. Sin embargo, para alivio de Eme, el silencio se mantuvo y ningún inconveniente se presentó. El cura, notando la tensión momentánea, rompió la solemnidad con un toque de humor. — Bueno, parece que todos están tan emocionados como nosotros por esta unión— dijo con una sonrisa, aliviando la tensión en el ambiente. Eme soltó un suspiro de alivio, y la multitud se rio ante la ocurrencia del párroco — Don y Eme, su amor es un faro de luz en este mundo lleno de oscuridad. Que cada día de su vida juntos esté lleno de risas, complicidad y, sobre todo, amor incondicional — dijo sellando así el discurso con esa bendición que tocaba los corazones de todos los presentes —. Y ahora sí, con el poder que me ha sido conferido por Dios, los declaro marido y mujer — proclamó el cura con una franca sonrisa, y luego agregó con tono jocoso —. Y Dom, claro que ya puedes besar a la novia si quieres...— dijo provocando carcajadas entre los invitados mientras que inmersos en su propio mundo los novios, embelesados, se miraban. El rostro de Don se iluminó con una mezcla de felicidad y anticipación. Tomó a Eme entre sus brazos con ternura, sosteniendo su rostro con delicadeza. Sus labios se encontraron en un beso cargado de pasión y promesas, mientras la hacía inclinarse hacia atrás al "estilo hollywoodense" para así sellar con ese beso deslumbrante, ese compromiso eterno. La multitud estalló en aplausos y vítores, celebrando la culminación de la ceremonia. El beso, aunque impregnado de la magia del amor recién celebrado, dejó en su estela una inconsciente ignorancia sobre la amenaza que acechaba en las sombras. Como si estuvieran inmersos en un escenario de ensueño, el dulce contacto de los labios de Dom y Eme parecía desviar la atención de una realidad más oscura que se cernía sobre ellos. Aunque sus corazones latían al unísono, aún no eran conscientes de la sombra que se proyectaba sobre la nueva etapa que acababan de inaugurar. Mientras la alegría y la dicha llenaban el espacio circundante, la multitud, ajena al peligro inminente, aplaudía con entusiasmo, sumida en la belleza y autenticidad de ese momento, ajena al velo que ocultaba una tragedia completamente inesperada que los destruiría, hasta que la muerte los separase, literalmente.
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