Don la miraba con una intensidad que ella no había visto en mucho tiempo en su mirada sin contar con su pequeña excursión a su oficina la noche de hacía algunos días. Y antes de que siquiera pudiera reaccionar, él la tomó con firmeza del rostro y la besó profundamente. Fue un beso apasionado, cargado de todas las emociones reprimidas, de todas las palabras no dichas entre ambos, un beso de pasión, de amor y también de dolor. Metió su lengua profundamente en su boca, violando cada espacio, quitándole la respiración de cada modo posible. Ella intentó resistirse, pero su cuerpo la traicionó, respondiendo al beso con la misma pasión sin poder evitarlo, su cuerpo traicionero como arcilla en las manos del italiano. Las manos de Don comenzaron a explorar su cuerpo, deslizándose primero por su e

