El vehículo avanzaba a toda velocidad, dejando atrás el zoológico y los gritos desesperados de Tim. Eme respiraba con dificultad, su mente intentando procesar lo que acababa de suceder. Romeo estaba sentado a su lado, su expresión tranquila y calculadora, lo que solo incrementaba su rabia y miedo. —¿Qué demonios crees que estás haciendo, Romeo? —espetó Eme, tratando de mantener la voz firme pese al temblor en sus manos—. Esto es una locura. ¿Cómo puedes secuestrarme de esta manera? Romeo giró la cabeza lentamente para mirarla, sus ojos fríos y sin remordimiento. —Eme, esto era necesario. Don me debe mucho dinero, y él sabe que no puedo dejar pasar algo así como esto, tú lo sabes también —dijo con un tono que parecía casi razonable, como si estuviera hablando de un simple negocio. —¿Din

