El ascensor se llenó de personas y una tensión que se hizo palpable en el momento en que Eme y Don quedaron atrapados en un espacio reducido juntos. La distancia entre ellos era mínima, pero la brecha emocional que los separaba parecía insalvable. El silencio reinaba, solo interrumpido por el suave zumbido del ascensor en movimiento, y los susurros de los demás. Eme se aferraba al pasamanos del ascensor, tratando de mantener la compostura mientras sentía la mirada penetrante de Don sobre ella. Cada roce accidental de sus cuerpos provocaba una corriente eléctrica que le erizaba la piel, recordándole la historia complicada que compartían todavía. Don, por su parte, parecía absorto en sus propios pensamientos, pero Eme podía sentir su presencia pesar sobre ella como una montaña de carne. Su

