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El Destino de Ren #2 - Belthomed

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Descripción

Cuando el mundo oscuro te atrapa ¿Cuál sería la salida? Eso fue lo primero que pensó Ren cuando sus pies pisaron, las tierras del reino Belthomed, el reino en ruinas. Con todo el peso encima por la muerte de su padre el tendrá que seguir avanzando, después de descubrir algunos secretos sobre su pasado temiendo así, en mover una pieza más en equivocación en el ajedrez dónde el siente que es el peón sobre los planes macabros que Dazzel poco a poco ha creado.

Sabe que tiene que ser héroe, sabe que tiene que avanzar. ¿Pero cuál será ese precio a pagar por hacerlo? Su destino se está armando, y descubrirá muchas cosas mientras vaya avanzando a cada paso.

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Prólogo
La oscuridad era inevitable, aquella sombría sombra comenzaba a rodear el castillo muy lentamente. Un ser de luz se había ido, un ser que irradiaba felicidad en esa familia se había esfumado cómo si fuese espuma que se le escapa entre sus manos. Se había perdido una hija, una novia, una hermana. Hashiro lo sabía, y no había podido hacer nada al respecto. No era de aquellas personas que no le gustaba desafiar al destino, por eso cómo una sombra estuvo con ella a su lado, por eso nunca se despegaba de aquella fémina hermosa en como los gritos del dolor y de leve agonía la rodeaba severamente por todo su débil cuerpo. Quería tanto gritar y maldecir. Quería decirle al mundo que, porque el destino debía de llevarse lo que más el amaba, pero cuando escuchó aquel llanto salir del pequeño bebé que salía del vientre de su amada sonrió quitándose encima aquella toda inquietud que tenía sobre su mente. Se movió sobre el aire viendo a su hijo cuando aquella criada lo enseña. Era un hermoso bebé, con cara pequeña, ojos rasgados, y una cabecita calva. El niño movía sus manitos al aire mientras que Hashiro podía estirar un poco su brazo entre las sombras al tocarlo, dándole suaves caricias en estas para que dejase de llorar. Sonrió orgulloso de su creación. Cuando las criadas comenzaron a lavarlo, lo llevaron hasta el cuerpo de Adelaida. Ella lucía débil, y eso le dolía en su corazón. Quería decirle que todo estaba bien, que no se preocupase y que quizá el niño crecería con él a su lado. Volvió su vista cuando escuchó su voz, sintiendo algo que se rompía frente a él. Miro cómo el espíritu de aquella fémina salía de su cuerpo luciendo tal como la recordaba. Hashiro todavía en modo de sombra se acerco a ella, la cual se volvió para verle. Tenía un hermoso tan delicado, unos labios tan finos, y un cabello tan hermoso que eso era una de las pocas acciones físicas que la habían enamorado de ella. La muchacha se dio cuenta de que la veía sonriéndole. Ella elevó su mirada tocándole, acariciándole con sumo deseo.  —Hashiro…—decía ella con suavidad. —Haz lo que tengas que hacer, mi hermosa dama. Estoy seguro que tarde o temprano nos veremos—le respondió él tomando sus manos cuando las estiró. Hashiro la miró. Ella acercó suavemente sus labios hacía la sombra que flotaba en aquella habitación, y el gustosamente correspondió aquel beso tan puro, tan casto, lleno de amor a pesar de que había muerto, de que sabía que no la volvería a ver ni sentir, ni tocar cómo antes lo hacía. Eso le había hecho padecer que no quería separarse de ella, que no quería que ese minuto, que en ese momento cuando sus labios se tocaron no quería que jamás terminase. Pero cuando ella se separó, miró cómo aquella mujer se impregnó en el cuerpo de bebé al convertirse en una hermosa esfera de luz. Estaría bien. Lo sabía, ella cuidaría bien de su propio hijo. Su corazón comenzó a latir cuando volvió su cabeza, viendo el cuerpo que lucía más blanco que la nieve, llena de sangre por aquel último parto dónde Adelaida había dado su vida. Los gritos no se hicieron esperar. Fuertes lamentos cuando se dio la noticia de que Adelaida había fallecido le hacían sentir mal a Hashiro. Tenía sus ojos aguados, aunque todo este tiempo se estaba haciendo el fuerte. Maldecía a los reyes del cielo, maldecía a cualquiera que estuviese alegrándose por esto. Y no pudo más. No aguantó. Hashiro cruzó la pared. Estando en ese pasillo angosto dejó que la sombra lo envolviese quedando en un cuerpo humano, mostrando unos ojos rojos por llorar, por haber aguantado tanto las lágrimas. Se tapó la boca con la mano para que no lo escuchasen, sabía que estaba en búsqueda de captura para ser asesinado por el rey, pero si debía de regresar con vida, lo haría. Se lo había prometido a su madre, a pesar de la reina en Belthomed se había opuesto a su visita. Y con razón. ¿Qué madre no se preocupa así por su hijo? ¿Qué no harían lo que fuesen por sus hijos? Hashiro se sentía mal por desafiarla, pero, tenía que estar con Adelaida. En estos momentos es que agradecía haber nacido con esta energía tan fuerte, poderosa y oscura al mismo tiempo. Reprimió algunos gemidos por el llano que sentía en esos momentos, escondiéndose en unas estatuas cuando vio a dos figuras pasar por aquel estrecho pasillo. De aquellas dos figuras, atrás estaban dos personas con un casco medieval que no logró reconocer, pero se notaba que era una mujer. Cuando las personas entraron en la habitación de Adelaida dejando aquel pasillo se llevó la mano hacía su corazón temiendo que aquel momento era su fin. Suspiró aliviado limpiándose las lágrimas que brotaban de sus ojos por aquel fuerte dolor que salía de su corazón, por aquel amargo recuerdo, por aquel amargo momento dónde había visto a la mujer que había amado, y entregado a su corazón despidiéndose de ella por última vez. Hashiro se acomodó nuevamente chasqueando su lengua, comenzando a andar por los pasillos del castillo. Intentaba no recordar más a Adelaida, pero en su mente solo estaban los buenos momentos que había pasado con ella, lo triste que se veía cuando le había dado la noticia y lo feliz que se sentía después cuando se había dado cuenta de que iba a tener su primer hijo. En ese momento, Hashiro se veía ingenuo. Creía que el amor y el matrimonio iba a durar para siempre, pero, ¿Quién dice que la felicidad puede durar eternamente? Él no controlaba al destino. A veces envidiaba a su madre. Después de que su padre muriera por causa de aquellas horrendas criaturas saca almas que atacaban a su reino, Annma encontró la felicidad meses después con una mujer. Aprobaba aquella relación, después de todo, Aqua siempre había protegido al pequeño cuando se metía en problemas. Siempre la había visto como una hermana mayor y eso le alegraba que el amor haya nacida entre ellas. ¿Por qué entonces él no podía ser feliz así? ¿Por qué entonces el destino tuvo que arrebatarle lo que más amaba? No tenía nada sentido. Y menos cuando el había sido una persona buena. Que nunca había sido arrogante, o que nunca había desafiado a las autoridades. ¿Sería que el destino le estaba pasando factura por que sabía que su amor con Adelaida estaba prohibido? El sabía las alianzas, las reglas de cada reino después de que las guerras poco a poco se desatasen, pero, ¿Quién podía prohibirle amar? ¿Quién podía prohibirle entregar su corazón cuando la conoció? Nunca había estado enfadado, pero cuando lo piensa, y cada vez más dudas se le acercaban a la mente sobre aquel tema era no imposible enojarse. No podía estar con su hijo. No podía estar con la mujer de su vida. No podía desafiar a lo que se oponían a este romance con ella, ¿será por eso que el destino si era cruel con él? En tan solo pensarlo le había hecho estremecer sintiendo una fría corriente por su columna vertebral. Respiró hondo pegando sus dos manos grandes a su rostro, acomodándose después su cabello desordenado. Miró hacía al frente, en el vestíbulo. Las puertas de aquel castillo yacían frente a sus ojos. Fácilmente podía irse como una sombra, pero estaba tan mentalmente agotado que sabía que si lo hacía iba a acabar en algo peor dándole angustias a su madre. Y eso era lo que menos el quería. Respiró hondo cuando se quedo inmóvil. Una g****a había aparecido en su camino cosa que lo hizo detenerse. Una luz azul salía de aquel lugar, abriendo los ojos cuando una figura poco a poco comenzó a aparecerse. Un hombre más o menos de veintiséis años de edad apareció cuando la luz dejó de parpadear. Mostraba una capa azulada con bordes dorados en su espalda. Sus pies no le hacían tocar aquel suelo debido a que flotaba encima de este, se quitó el casco que le cubría su rostro luciendo un rostro redondo sucio. Hashiro reconocía esos ojos violetas, y aquel cabello n***o peinado hacía atrás. Sus ojos estaban filosos, sintiendo que podía romperle con cada mirada que este le estaba ofreciendo en ese momento. Sin duda, Aeon no estaba en un buen momento. —Hashiro. ¿En serio creíste que te iba a dejar ir? No soy padre—bramó este con voz seria sosteniendo su casco debajo de su antebrazo. —¿Y que planeas hacer conmigo? No es mi culpa lo que sucedió—exclamó Hashiro con voz rota. Diablos, su voz le hacía delatar que había estado llorando. —¿Ah no? Te recuerdo que muchas veces te dije que te alejase de ella. Y mira todo lo que pasó. ¿En serio creyeron que cuando se graduaran de Vangoyah serían felices? —expresó Aeon con cierta ironía en su voz, lo que le hacía molestarle más—. Al contrario de su plan, Adelaida ha muerto. Y tu lo menos que hiciste fue ayudarla. —¿Crees que no lo hice? —Hashiro elevó un poco su voz, estirando sus brazos después de apretar sus puños—. ¿Crees que no había hablado con ella? ¿Crees que no le dije que entrase en razón y que no se enamorase de mí? Lo hice cuántas veces no te imaginas. Pero, ¿Qué has de saber tú? Si todo lo que te diga seguramente no me creerías. —Ja. ¿Y cómo no creerte Hashiro? ¿En serio piensas que no sé que mientes? Nunca hiciste algo para alejarla—exclamó tranquilo. Hashiro frunció el ceño. —¿Estás demente? ¿Cómo crees que no? ¡Venga ya! Hice de todo. Dazzel en su momento que estaba vivo pudo habértelo confirmado mientras lo digo, pero no tengo testigos—suspiró cansado, pasándose una mano por su cabello desordenado—. Escucha, tienes derecho a odiarme. Tienes derecho a creer que no amé a tu hermana cuando la verdad es que la amé más que a mi propia vida. Arriesgué todo. Hasta mi corona en mi reino por ella. Ya es problema tuyo si estás tan cegado por el rencor que no te hace ver la realidad. Hubo un momento de silencio. El chico escupía cada palabra que le decía su corazón en este momento. Estaba tan cansado, sólo quería ir a Belthomed y volver a sus cosas habituales cómo futuro rey. Tenía que levantar un reino, y su ex cuñado le estaba omitiendo el paso reclamándole cosas que no quería escuchar. Para él, había sido la peor noche de su vida. Respiró hondo cuando intentó pasar al lado de Aeon, pero este le detuvo cuando levantó un dedo. De aquel dedo, salieron varias luces doradas. Se pegaron a través de su camiseta blanca, atrapando así sus brazos como sus piernas. Miraba su pantalón n***o que estaba un poco arrugado, notando cómo aquellas luces que brotaban por todo su cuerpo le impedían no moverse. Gimió angustiado, frunciendo el ceño en verle. El contrario tenía una pequeña sonrisa fingida de tristeza cómo de admiración. Su corazón comenzó a latir con fuerza queriendo quitarle esa sonrisa de su boca. —¡Libérame! ¡Te lo ordeno! ¿Sabes que estás jugando con fuerzas superiores? —dijo Hashiro como presa del pánico. —Te liberare. Lo prometo. Pero no ahora, escúchame idiota—miró cuando Aeon puso sus manos delicadas sobre sus hombros anchos. Le elevó la mirada agarrándole su barbilla pequeña—. Tienes que escucharme, Hashiro. Padre lanzará una energía en pocos minutos tan poderosa que todos los reinos olvidarán que Adelaida nació. Todos menos las personas que la amamos y la recordamos no la olvidarán. —¿QUE? —sus ojos se abrieron al escucharle—. ¿Pero… cómo es esto posible? ¡No pueden hacerle eso! —Estoy concuerdo contigo, por eso, quiero hacer un trato contigo—acarició el cabello azabache del contrario. Este estaba confundido por sus acciones—. Te encerraré. Y cuando sea el momento, te liberaré, y tus recuerdos más importantes, tus recuerdos más deseosos con mi hermana no lo olvidarás jamás. Te mantendré bajo mi protección, porque si padre te encuentra después de eso te matará, y comenzará otra guerra. —¿M..m-me estás ayudando? —preguntó Hashiro abriendo los ojos con sorpresa. El chico que estaba al frente asintió con la cabeza—. ¿Pero… por qué? —Por qué no quiero que te maten. Sé lo mucho que te amó mi hermana, y sé lo importante que fuiste para ella. Yo… me porté muy mal con Adelaida. Por eso siento que hacerte esto… es lo mínimo que puedo hacer. Si moriré algún día, moriré con la frente en alto. Quiero hacerlo por ti, y por ella—sonrió débil. El corazón de Hashiro golpeaba su pecho con furia. Miraba las escaleras del vestíbulo viendo el pasillo que conectaría con la habitación de su amada, y luego volvió la vista a Aeon que quizá no era tan mal hermano, que quizá todo este tiempo había pensado mal de él por las circunstancias. Bajó la mirada, una lágrima se le escapó sin poder evitarlo. —¿Dónde me encerrarás? —preguntó por fin. —Te encerraré en un lugar dónde la energía no te toque. Estoy seguro que en el futuro, te liberaré, y harás todo lo que puedas—sonrió él. —¿Pero, y mi reino? ¿Y mi familia? ¿Y mi hijo? —esas preguntas le hacían doler la cabeza. Suspiró cuando Aeon bufó. —No lo sé. No sé que pasará con tu reino, pero haré todo lo posible de que no toquen más a Belthomed. Y cuando descubra quién es tu hijo, haré todo lo posible para cuidarlo. Hashiro, estarás en buenas manos. ¿Puedes confiar en mí? —Aeon suspiró. Hashiro levantó su mirada viendo sus ojos violetas. —Si en el futuro me traicionas, si en el futuro veo que no has cumplido tu palabra… en el primer momento que me liberes, yo mismo te mataré si no has muerto—expresó Hashiro con voz ronca, seria, frívola. Sus ojos negros se entornaron—. Dime, ¿Qué vas a hacerme? —Mi energía hace dormir a la gente por años. Puedo hacer que duerman una hora, minutos, días, siglos. Y sólo despertarán si yo lo ordeno—se sacó el guante que cubría la piel de su dedo, haciendo una d luz dorada sobre este—. Es letal pero también puede ser tonto. Aunque soy el único en mi familia que puede flotar, quizá los reyes me bendijeron con eso por que se burlaron de mi al darme esta energía insignificante. Y eso es lo que haré contigo. Caerás en un sueño hermoso, dónde al menos serás feliz por un largo tiempo. Es lo mínimo que puedo hacer. Hashiro no pudo decir nada más al respecto. Cerró los ojos cuando minutos después sentía varias lágrimas caer por su mejilla. Y al sentir aquel dedo de Aeon sobre su frente, sus piernas se deshabilitaron, su cuerpo comenzó a sentirse débil sintiendo cómo caía en un sueño dónde la sombra comenzaba a sumergir su cuerpo.                                                                                     ♚ ♚ ♚ ♚ ♚ ♚ Escuchó una voz que le hizo levantarse. Miraba como la luz oscura del cielo estrellado tocaba cada espacio de aquella pequeña habitación, el sudor frío que se escurría por su frente hizo que sus dos manos se la pasaran por las mejillas, por su cara tallando así los ojos recuperando mejor la vista. En aquella habitación sólo había una ventana rota, una pequeña cama de madera, y un cuadro rasgado cerca de la pequeña puerta. Hashiro acomodó su cuerpo cuando su madre se encontraba ahí a un lado de él diciendo su nombre como si de un canto se tratase, ella tenía los ojos cerrados a medida que sus manos le temblaban saliendo de sus dedos energías moradas que casi le tocaba su piel. Su corazón latía fuertemente, escuchando los ruegos de su madre. ¿Qué había pasado? ¿Se había desmayado? Tosió un poco haciendo que aquella mujer abriese sus ojos. Sonrió abrazándole rodeándole los brazos, cosa que él correspondió. Suspiró en verla. —Me alegra que estés bien, Hashiro. Tenía la esperanza de que volverías—comentó su madre con voz dulce, nunca había olvidado el tono de ella que con tan sólo escucharla hablar hacía que estuviese bien—. Te desmayaste cuando Ren lo hizo. —¿Dónde está él? —preguntó abriendo los ojos, olvidándose por completo de su hijo por unos segundos. Su madre lo calmó elevando sus manos, colocándolas sobre su antebrazo—. ¿Está bien? —Si, él lo está. Todo está bien. Ren despertó hace horas, sus amigos lo están cuidando en la otra habitación—murmuró aquella mujer—. Ahora dime… ¿Cómo es… cómo que aún sigues con vida y, así de joven? Sin mis cálculos no me fallan, tu deberías tener más edad. —Lo sé, madre. Todo fue obra de Aeon. Él… Se quedó en silencio cuando la puerta de la habitación se abrió. Un chico con el cabello rubio había aparecido, sus ojos rojizos se intensificaban a cada momento que su respiración se agitaba. Esto le hizo recordar que tan potente era Sebastián en sus años anteriores. Sebastián, se colocó de pie al frente de él tomándolo por la camisa levantándole con su fuerza. Sus ojos conectaron en seguida haciendo que ambas miradas fuesen intimidantes, podía sentir la furia del contrario. Escuchaba a su madre diciéndole que detuviese, pero Hashiro sabía que Sebastián jamás se detenía y menos por alguien inferior a él. Hashiro gruñó sintiéndose un poco mareado, sosteniéndole la palma de sus blancas manos. De su mano, salieron energías negras que le quemaron su muñeca al contrario haciendo que este se tranquilizase soltando una maldición en sus labios. Él cayó al suelo, y Hashiro recuperó su postura en la cama mirando a su madre a ver si estaba bien. Esta vez veía a Sebastián atacarle nuevamente, pero con un rápido movimiento de su madre, de las manos de la reina salió una esfera negra que lo hizo tumbar al sucio suelo. Esta energía comenzaba a quemar cada trozo de aquel traje del contrario. Él gritaba potente pero la reina no escuchaba. Hacía cada vez más intenso aquella energía que poco a poco se hacía fuego. Hashiro rápidamente colocó las manos alrededor de los hombros de su madre haciendo que volviese a la realidad. Miró como el chico que estaba el suelo dejó de quejarse cuando aquel fuego desapareció. Su traje se había quemado viendo como unas quemaduras le frotaban sobre su piel sintiéndose culpable. Volvió la vista, sus ojos pasaron a su color natural. Suspiró. —Diablos, mi traje está todo… destruido—susurró molesto viéndose la ropa, Annma rio—. Estoy seguro que no encontraré ropa aquí para mí. —Tendrás que usar las que usan los obreros que aún quedan vivos—expresó Annma con frialdad haciendo que Sebastián frunciera el ceño—. No fue mi intención quemarte, pero ya perdí a mi hijo una vez. No lo perderé nuevamente por un capricho tuyo. —¿Un capricho? ¡Solo quiero respuestas! Ese idiota me trajo aquí, ese idiota me va a sacar—señaló a Hashiro con sus dedos—. Así que tienes que explicarme con lujos y detalles todo. Hashiro suspiró. El sabía que debía de explicar muchas cosas, por eso cuando había hecho el trato con Aeon había dudado, pero de una cosa si estaba seguro. No había olvidado a Adelaida. Y aunque en el fondo lo detestaba, le debía de dar las gracias. Suponía que por eso debía de decir toda la historia de dónde había estado todo este tiempo.  

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