Reflejo

2092 Palabras
La vida posee una ironía punzante, que nos sitúa en los lugares correctos cuando menos esperamos. A menudo caminamos cegados por nuestro propio dolor, y no lo vemos hasta que la realidad nos golpea de frente, demostrándonos que hay más personas naufragiando que hay otros igual o más rotos que nosotros mismos. Peggi comenzó a entender esto en el momento en que, paradójicamente, pensaba que era el mejor momento de su vida. Estaba envuelta en una tranquilidad donde, por primera vez en muchos años, había podido conciliar un sueño sin pesadilla, libre de la culpa que la asfixiaba cada día. Sin embargo, sintió como una voz susurraba en sus sueños pidiendo ayuda. El aire se volvió denso, cargado por una respiración agitada que cortaba el silencio. Sintió golpes ligeros a su lado, logrando que despertara de su letargo; un poco desorientada y asustada al no reconocer la habitación en la que estaba, pero duró solo unos segundos antes de que el miedo de la otra persona la anclara al presente. Era Alessio, el chico perfecto que nunca perdía el control, quien a su lado sudaba, agitado y susurrando incoherencia entre sueños de terror. —Alessio —le susurró, tratando de llevarle tranquilidad entre sus sueños. —Por favor, no. Ya, déjalo… no más —balbuceó, agitando su cuerpo como si quisiera detener una agresión que se escondía detrás de sus párpados cerrados. Peggi se acercó con delicadeza, puso su mano sobre el pecho de Alessio, sintiendo su corazón desbocado, y con suavidad volvió a susurrarle al oído. —Alessio, tranquilo. Aquí estoy, solo es un sueño, tranquilo. —No, no más —repitió él, un poco más calmado al sentir su contacto. —Shuu, aquí estoy. —Tomo su mano con firmeza y recostó su cabeza en el pecho —. No estás solo, respira. —Peggi —pronunció él. Peggi levantó su mirada, pero él aún tenía los ojos cerrados; su cuerpo empezó a relajarse aun cuando su respiración seguía regulándose. —Aquí estoy, no te dejaré solo —prometió en un susurro. Tomó su mano más fuerte y volvió a dormirse mientras escuchaba los latidos del corazón de su amado, dejando atrás la pesadilla que lo acosaba. _*_ Una hora después despertó asustada, sin Alessio a su lado, escuchando sonidos irregulares y metálicos que provenían del baño. Se levantó asustada. Al abrir la puerta, encontró una escena que le encogió el alma; Alessio daba vueltas por todo el reducido espacio, se movía sin dirección alguna, agitado, temblando a punto de un colapso inminente, ignorando su presencia. —¡Alessio! Él se volteó al escucharla como si despertara de un abismo. —Te desperté. Lo siento. Yo... estaba buscando algo. No fue mi intención —repetía constantemente. Sus ojos inyectados de sangre y la falta de aire apenas lo dejaban articular palabras. Peggi no dudó y se acercó, tomó sus manos heladas y lo guio para que se sentara en el inodoro. Al mirarlo, reconoció su estado, sintió un escalofrío por su cuerpo. Era como verse en un espejo, pero el reflejo era mucho más desgarrador. Su “chico perfecto” sí sabía lo que era estar en un estado donde no puedes controlar tus miedos y tu sentir; tal vez él sí estaba roto igual que ella. —Respira, necesitas respirar. Las piernas de Alessio rebotaban sin control, sus manos eran un manojo de nervios, su cuerpo se balanceaba buscando estabilidad. —Dime qué buscas y te ayudo —fue lo único que se le ocurrió decir con suavidad pero firme. —Yo... Mis medicinas. No las encuentro. —Está bien, yo las busco. Solo mírame y respira conmigo. Peggi inhaló y exhaló dos veces; a la tercera obligó a Alessio a hacerlo junto a ella. Estuvieron un tiempo que pareció eterno, mientras ambos contaban hasta cien y viceversa en cada inhalación, como le había enseñado su terapeuta que hiciera cada vez que su mundo le daba por girar tan rápido, perdiendo los pies sobre la tierra. —¿Mejor? —preguntó Peggi cuando el temblor cedió paulatinamente. —¿Quieres agua u otra cosa? —No, solo quiero que te quedes conmigo. —Aquí estoy, no me iré. De pronto, Alessio empezó a reírse sin alegría, como si hubiera escuchado un chiste. —Lo siento, se supone que tú eres la que me necesita y mira... soy un desastre. —No lo eres. Tú me has apoyado. Solo tuviste un mal sueño que te desató una crisis. Alessio la miró sorprendido, sin saber qué decir o hacer. —No quise despertarte. Tan relajada y feliz mientras dormías... —Hace mucho que no sabía lo que era dormir bien, y eso te lo agradezco a ti —confesó bajando el tono—. Aunque ahora sé que no soy la única que tiene que lidiar con monstruos al cerrar los ojos. Alessio asintió, agachando la cabeza y soltando todo el aire contenido en sus pulmones. —Gracias por...por esto. Por tranquilizarme —sonrió con timidez. —Ya podemos buscar con calma tus medicinas. —Tú has resultado ser mi mejor medicina, Peggi. —No digas eso —replicó ella restándole importancia, aunque cada palabra era un gozo para su alma—. Solo tengo experiencia con episodios de ansiedad. ¿Quieres contarme qué pasó? —Eso sonó a mí —se burló él y ambos compartieron una sonrisa que reducía la tensión—. Tú lo has dicho, tuve un mal sueño. ¿Quieres comer algo? Peggi entendió que no quería hablar del tema y no lo presionó; prefirió abrazarlo una vez se puso de pie. En ese abrazo, Peggi entendió que él era su refugio, su seguridad y su paz, aunque sea por unos momentos, sin importar sentir ese sentimiento de infelicidad que la caracterizaba y esa desolación de no pertenecer a ningún lado. Por tan solo un momento, aquí, ahora, ella podía respirar por ser el apoyo de alguien, por ser útil y real. Era un respiro necesario, sin importarle que aún se sentía caer en un precipicio sin fin. Una mente rota, un alma rasgada y una vida sin ánimo; a veces se sentía sin derecho a disfrutar del placer de ser amada. La vida era una sola y había que disfrutarla aunque no viera sus colores, esos que su mente se negaba a ver. —Gracias por darme un momento de paz y felicidad, Alessio —exclamó—. Significa mucho para mí. —Gracias a ti por apoyarme en un momento como este cuando se supone que yo te estaba reconfortando a ti. —Es lo que hacen las personas que se quieren, ¿no? —soltó y al instante se arrepintió por su impertinencia. El silencio se instaló en la habitación y ella estaba apenada; él no había dicho que la quería, ¿o sí? Gustar no es lo mismo que querer, o no para todo el mundo, y los chicos no eran tan sensibles con sus sentimientos. Alessio la abrazó más fuerte. —Sí, Peggi —susurró contra su cabello—. Es lo que hacen las personas que se quieren. Y yo te quiero mucho. Ella lo observó aún sin creer lo que escuchaba. —¿Ya te sientes mejor? —Un poco agotado, pero gracias a ti, sí. —La beso de nuevo, esta vez de una manera muy dulce y tierna cargada de promesas. —¿Podemos seguir durmiendo o tienes hambre? —preguntó, abrazándolo mientras salían del baño. —Podemos descansar un rato más. Tú mandas y yo obedezco. Se acostaron de nuevo con las manos entrelazadas, viéndose uno frente al otro. —Me gustan tus ojos —dijo él—. Son como dos luceros que tratan de brillar mientras luchan contra la oscuridad. Me hace saber que no soy el único que está ahí. No me siento tan solo... aunque daría lo que no tengo para que no te sintieras de esa manera. —No es tu culpa que yo no pueda salir de la penumbra —respondió ella—. Más bien, eres esa pequeña luz en la oscuridad. Temo que desaparezcas, que no seas real. —Soy real, aquí estoy. —Aquí estamos. —Dos almas rotas queriendo sanar —concluyó él. —No creo que tengamos cura, o por lo menos yo no la veo —admitió ella con sinceridad—. Sin embargo, eres un buen atenuante a mi desasosiego. —Eres tan linda que pareces de mentira. Alessio la miró con ternura infinita; era un alma tan pura, pero tan rota, que lo podía ver en su mirada triste, vacía y fragmentada. Él odiaba verla de esa manera. Ella merecía las cosas buenas. Recordaba verla brillar cuando sonreía al ganar sus medallas de natación, cuando era una estudiante excelente o cuando la veía en receso reunida con sus amigas. Él quería devolverle esa vida donde parecía ser feliz, pero temía que fuera demasiado tarde. Peggi, por su parte, no se quedaba atrás, seguía procesando la situación; por primera vez era testigo de una crisis de ansiedad donde ella no era la protagonista, donde pudo ver cuán rota puedes llegar a estar y la impotencia de poder ayudar y no saber cómo. Ahora estaba mirando a un chico que era perfecto ante sus ojos, con una sonrisa despampanante, facciones delicadas y varoniles que la hacían sentir nerviosa, con una actitud de seguridad que ponía en duda que tan solo hacía unos segundos estaba vulnerable y sin control en su propio baño. Fue en ese momento que se preguntó si el mundo no veía el dolor de los demás por indiferencia o porque no le importaba a nadie. —¿Tienes muchos ataques de ansiedad? —le preguntó antes de que su cerebro conectara las ideas. —Hace mucho que no tenía ninguna de esta manera; apenas siento los primeros síntomas, empiezo con los ejercicios y me calmo, o no funcionó. —¿Crees que haya sido mi culpa? Tal vez controle tu día. —¡No, por Dios! —dice Dios—. No tiene nada que ver contigo. Aunque debo decir que hace unos días tuve una crisis, más bien fue por estúpido porque quería correr y decirte lo mucho que significas para mí. Tenía miedo de no ser correspondido. —Te dije que me gustabas, ¿cómo no ibas a ser correspondido? —Lo dijiste en una crisis y por experiencia sé que en esos estados a veces uno no sabe lo que dice. Era cierto, recordó varias veces que su madre te decía cosas que había dicho y ella no recordaba, incluso poniendo en duda lo que decía su madre. —¿Y ahora qué? Somos dos locos que se gustan. —No estamos locos, Peggi, solo que nuestra mente piensa de manera diferente, y lo diferente es excitante y fascinante. —Tal vez, pero nos hace débiles, raros y enfermos ante una sociedad establecida. —¿No te aburre la gente común? —A veces quisiera ser común si eso me da un poco de tranquilidad; no es fácil vivir con una mente que te grita todo el tiempo que no sirves, que no eres suficiente y que no deberías existir. —Si no existieras, en este momento mi vida no tendría color. —¿Por qué tienen que decir cosas tan lindas? Pensó—. Aunque no me creas. Llevó queriéndote mucho tiempo y cuando te vi ahí a punto de saltar, me dio miedo; por primera vez, supe lo que era el pánico y pensé que jamás sabrías lo que sentía por ti. —Entonces valió la pena no morir ese día solo por estar aquí escuchándote decir que existo para ti. —Existes, no solo para mí, sino para el mundo. Volveremos a encontrar nuestro sitio en él. «Mi lugar es aquí, el ahora, contigo viéndome como si fuera un tesoro valioso que podría desaparecer» —¿Crees que un día podríamos sanar tantas heridas? Porque mereces ser feliz, Alessio. Eres tan bueno en todo que no mereces menos que eso. —Tú también mereces ser feliz, mereces amar y ser amada, mereces ir por la vida sonriendo de verdad, brillando y haciendo tus sueños realidad sin ninguna sombra que te opaque el alma. Su alma estaba desangrada; ya no podía volver a la vida aun cuando se empeñara, porque en la vida hay heridas que no se pueden olvidar, mucho menos sanar, pero por lo menos en este momento se podría permitir estar en paz.
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