Rota
Peggi se observaba en el espejo mientras se terminaba de arreglar para ir a la escuela. No era una chica fea, ella lo sabía, pero ¿cómo se le dice a la mente lo contrario cuando ella misma desconocía su reflejo? Esa chica sonriente, graciosa, llena de vida, cuyos ojos reflejaban felicidad, ya no existía.
Habían sido usurpados por la tristeza, la soledad, el silencio, la palidez y el reflejo de miles de noches de insomnio y recuerdos dolorosos.
Una vez más cerraba los ojos, transportándose a esa habitación fría y pálida, con un sonido perturbador de una máquina que le anunciaba que su padre se había ido mientras ella trataba de respirar en la camilla que estaba a su lado.
Esa sensación de respirar y no poder, sus pulmones se negaban a recibir el aire que recibía con ansias, su pecho latía con más rapidez, sintiendo una opresión que dolía, sus manos se tornaban moradas. Y aun cuando ya no estaba ahí, esa sensación se quedó con ella, invadiéndola cada vez que podía. Justo como ahora.
—¡Peggy, llegarás tarde! —gritó su madre mientras ella trataba de recuperar el control como le habían enseñado.
«Respira».
—Respira. Sé fuerte. Él no está, pero tú sí. Respira.
Volvió a mirarse al espejo mientras sus manos dejaban de temblar, mientras trataba de recuperar el aire, mientras trataba de olvidar que el COVID cambió su vida, dejándola sin padre y con una nueva amiga o enemiga llamada ansiedad.
Aquella que no quería abandonarla.
De repente su madre abrió la puerta de su habitación y la observó en silencio, se acercó abrazándola y mirándose ambas en el espejo, le dijo:
—Un paso a la vez, mi niña. Todo va a estar bien. Respira.
Respira. Lo hago. Pero duele, duele tanto que estoy cansada de hacerlo. ¿Cómo se puede vivir así? ¿Cómo se puede estar bien cuando se está llena de miedos y soledad? ¿Cuándo las voces no paran de gritar “deténlo”? ¿Cuándo se está tan rota?
—Llegarás tarde a la escuela y no queremos eso.
—Termino de arreglarme y bajo —. Afirmó a su madre mientras su mente le gritaba.
«¿En serio? ¿Qué caso tiene ir? Nadie notará tu presencia, eres invisible. Una pobre chica que se volvió un fantasma después del COVID».
—Lo que está muerto no puede volver a la vida, así como las rosas arrancadas del tallo no pueden florecer una vez marchitas.
«Estás rota y nadie podrá arreglarte, ¿para qué sufrir más?».
—¡Basta! Respira. Inhala, exhala. Un paso a la vez.