Era un día cualquiera de clases o eso creía Peggi mientras estaba observando la lluvia caer por la ventana del aula de clases de literatura, escuchando el murmullo de las voces de sus compañeros tratando de encajar, una vez más, en un mundo que ya no sentía suyo, un mundo al cual dejó de pertenecer hace mucho.
Donde estaba vacía, olvidada, un mundo donde nadie entendía lo que le sucedía y, lo que es peor, donde nadie podía ayudarla, sino que la juzgaban, reprochaban o se burlaban.
“La pobre niña que perdió a su papá”.
“La brillante estrella que se apagó por un virus”.
“La rara silenciosa que ahora era un fantasma”.
Estaba cansada de escuchar las cosas que decían de ella en los pasillos. Si ellos supieran que esas palabras eran dardos que se incrustaban en su pecho y alimentaban su mente de la peor manera.
“No sirves”, “estás dañada”, “ya no brillas”, “no existes”. “¿Quién te extrañará?” “Perdedora”. “Se acabó tu hora”, “no deberías existir”, “eres una carga, un problema”. “Hazlo y así dejará de doler”, “estarías mejor en otro lugar lejos de aquí”, “¡Hazlo!”.
—¡Peggy! —Llamó el profesor mientras algunos de sus compañeros se reían y burlaban de ella. —Pasa al frente para exponer tu proyecto de vida.
—¿Mi qué? —Todos la vieron como si estuviera perdida. Hasta que empezaron a reírse, o, mejor dicho, a burlarse de mí.
—Olvídelo, profesor. La rara hace mucho dejó esta realidad. —Mencionó uno de sus compañeros.
—Tal vez, se le olvidó cómo hablar en público ¾comentó otro.
—Basta —exigió otro de sus compañeros. Alessio.
El joven, guapo, inteligente, poeta conocido por su aspecto de nerd, bueno para hacer amigos y liderar un grupo. Ese mismo chico que antes de la pandemia invadía sus sueños e ilusiones, el mismo chico que siempre la ignoró, pero que ella manifestaba que algún día la vería como la chica más perfecta del mundo.
Ese mismo chico que ahora la miraba como la rara y tonta, que había perdido su brillo.
—Peggi —Su nombre volvió a sonar en la boca del profesor, exigiendo su presencia frente a todos.
«Rayos, ¿cómo voy a exponer mi proyecto de vida si apenas trato de sobrevivir conmigo misma?».
Caminó hasta estar frente al salón, bajo las miradas de sus compañeros, y no pudo dejar de sentir esa sensación que la embargaba una vez más.
Su profesor la miraba con impaciencia mientras ella trataba de articular alguna palabra, pero se le cortaba. Su voz se quebraba, sus manos temblaban y sudaban, su pecho empezaba a oprimirse, las náuseas la embargaban y su mente volvía a burlarse: “Eres un fracaso, ellos lo saben, tú lo sabes”.
—Peggi…
—La rara se le olvidó cómo hablar, profesor. Se volvió retrasada —comentó una de sus compañeras.
—Mi… Plan… es… respirar… Sin dolor.
En el salón se hizo un silencio abrumador.
—Repite lo que has dicho —ordenó el profesor cuando de repente sonó la campana de salida.
Todos salieron corriendo del silencio mientras ella veía cómo todo daba vueltas a su alrededor. Nadie la veía, a nadie le importaba, nadie se percataba de lo que sucedía.
Nadie se dio cuenta mientras pasaban por su lado de que su cuerpo temblaba, que no podía respirar, que iba a morir.
—Voy… a… morir.
Cayó al piso arrodillada, en tanto sus lágrimas brotaban de sus ojos y recorrían su rostro. Voy a morir aquí y sola.
De pronto sintió cómo alguien tomaba sus manos y le susurraba.
—Respira. Yo te tengo. No estás sola.
Era irónico: él, justo el chico que siempre la ignoró, ahora tenía sus ojos clavados en ella en medio del caos.
«La vida sí que le encantaba burlarse de mí».