Tristeza

1668 Palabras
Peggi cerró sus ojos, dejó caer su oso y se rindió a la sombra que nadie ve, aquella que envuelve su mente como un veneno, como la droga para el adicto, como el alcohol para el alcohólico, como el juego a los ludópatas; en fin. Se entregó a la distimia que la embargaba de forma persistente. Lo que no contaba era que su madre, como todo ser intuitivo, supo que algo no estaba bien en la mente de su hija desde el momento que le dijo que no quería compañía, y lo confirmó cuando su pequeño le preguntó: —Mamí, ¿a dónde va Peggi que se despidió de mí? —Se despidió, ¿cómo? —No sé. Se veía rara, sonriente; dijo que debía cuidarte y cuando creciera lo entendería. Se llevó a mi oso para que la cuidara. Desde ese momento la madre no esperó ni un minuto, tomó su cartera, dejó todo lo que estaba haciendo; con su hijo en un brazo y el rezo, oración, plegaria o súplica en la otra. Pedía llegar a tiempo para detener lo que su hija tenía planeado; aun sin la certeza, pudo ver una determinación en su mirada que hacía mucho no veía. Tal vez solo era su imaginación, pero como dicen las voces que se susurran en el camino: el amor de una madre es único e incondicional, creando un vínculo indestructible que conlleva el consuelo basado en una intuición que difícilmente se equivoca. Y por más que deseaba estar equivocada, algo le gritaba que no, que su hija estaba en peligro y que debía actuar con rapidez. ¿Qué puede hacer una madre cuando ya lo ha intentado todo para que su hija vea la luz en medio de las sombras? —Mami, mami —gritaba su hijo —. Ese es mi oso. Señalaba hacia una esquina donde había un tumulto de personas rodeadas, susurrando entre sí. Su hijo se soltó de la mano y corrió hacia su peluche mientras la madre estaba en shock, con miles de pensamientos invadiendo su mente en menos de un segundo. —Mi niña, he perdido a mi niña. —Mami, es Peggi —gritaba el niño en medio del bullicio mirando y señalando hacia el techo. La madre siguió la dirección que señalaba su hijo con miedo cuando vio a su hija flotando hacia el vacío mientras alguien la sostenía por uno de sus brazos. Su hija tenía una oportunidad y bendito sea aquel que llegó a tiempo para detener a su hija, cuyo corazón y mente heridos estaban de una forma tan profunda para decidir darle fin a su agonía. —*— Peggi creyó caer cuando sintió una mano sostener su brazo ahora adolorido por cargar todo su peso. ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo llego? Justo ahora. —Sostente, por favor. —Gritaba el joven—. Dame tu otra mano. ¡Ayúdenme! Gritó mientras las personas se acercaban a ayudarlo. Todo estaba sucediendo tan rápido, ¿cómo era posible? ¿Cómo llegó él hasta aquí? ¿Por qué él? Peggi no sabía si era el trance del miedo al ver el vacío y la gente esperando a que cayera o los ojos del chico que siempre había querido, que ahora la miraban con pena, lo que hacía que no se soltara de su mano, ni para bien ni para mal. —¡La tengo!—gritó alguien más, logrando que saliera de su estupor. Con fuerza lograron subirla y ahora estaba envuelta en el caos de la gente a su alrededor con miles de preguntas a las cuales no quería responder. ¿Por qué la detuvieron? ¿Por qué apareció? —Vas a estar bien —mencionó el chico mientras la cubría. —Alessio. —Peggi —le sonríe como si hace un minuto no la hubiera salvado, o, mejor dicho, evitado su libertad. —¿Qué…? ¿Tú aquí? —Te vi desde el otro lado del pasillo y me acerqué. Te envié un mensaje anoche. —¿A mí?— No sé si lo habrás leído —negó. Se sentía como una tonta; nada le sale bien y ahora se le suma más vergüenza a su vida. —No. Lo siento. —Te entiendo —dijo Alessio—. Te entiendo, aunque no lo creas. Le repitió, mirándola fijamente. —Creí que estaba solo, que nadie se sentía como yo, hasta que te escuché en clases y luego te vi. Imposible, pensó. Nadie puede saber el dolor, la frustración y la soledad que puedo vivir, mucho menos él, que se ve tan bien, tan sobresaliente, con muchos amigos, con un mundo perfecto por delante. Él no podía estar hablando de lo mismo. —¿Tú? Pero si eres… —Soy —la interrumpió. —A veces las personas que más sonríen, que más acompañadas están y que aparentan tener todo controlado son las que más rotas están. —No lo creo. Hay personas más rotas que tú. —Probablemente. Así como habrá personas más destrozadas que tú, pero ¿cómo saberlo si cada uno está encerrado en su propio infierno? No porque minimices el dolor del otro solo porque sientes que el tuyo es más grande, cambia lo que la otra persona está sintiendo. —Para hablar del dolor hay que vivirlo —respondió Peggi. ¿Él vivía lo mismo? ¿Podría alguien sufrir igual? No, ella sabía que esas preguntas eran absurdas; nadie vive, muere, siente o sueña con lo mismo, ni siquiera uno mismo. —A mí también me pasa —dijo Alessio llamando su atención—. Cuando me da un ataque de ansiedad, me encierro y no quiero saber del mundo. Alessio tomó sus manos y las entrelazó con las de él; parecía un sueño. —Sé lo que se siente tratar de respirar cada minuto sin que duela, que nadie te entienda y no querer estar más en este mundo. —¿Lo entiendes? —aparta sus manos y observa a su alrededor —. No sé de qué hablas. —Un día estuve donde tú estás, seguro tenía tu misma mirada de determinación viendo el abismo, pero alguien se acercó y me dijo: No tienes que ganar todas las batallas, solo debes superar la de hoy. Caer es fácil, levantarse es lo difícil y, no importa cómo lo hagas, eso es una ganancia y una batalla ganada. —Estoy rota, no sé cómo salir del abismo donde estoy. —Yo tampoco, pero lo intento. —Tengo gente que me ayuda, gente que, igual que tú y yo, está sufriendo y, aunque no es fácil, he aprendido que hay cicatrices y sombras que también sanan. ¿Los quieres conocer? ¿De qué hablaba? —se preguntó. Nadie podía ser igual que ella o él, nada de esto podría ser verdad, era una burla y mañana todo el colegio lo sabría. Sabrán que la niña rara era una loca s*****a, una chica más tratando de llamar la atención, una joven más de la era de cristal que no sabía cómo manejar sus problemas, una joven a la que tal vez su novio la dejó, su mamá regañó, que no pasó la materia, o tantas cosas más que decía la gente cuando se enteraba de que un adolescente perdía la vida por sus propias manos. Especulaciones, ellos no saben nada. Es que nadie podría entender lo que sucede en sus mentes, en su mente, si ni ella misma podría saberlo. ¿Cómo esperar que alguien más lo sepa? —¡Peggi! —Escuchó la voz de su madre entre la multitud. —Mamá, es mi mamá. En cuestión de minutos la vio acercarse ocupando el lugar que hace un segundo ocupaba Alessio. —Mi niña, ¿qué pretendías? —Llegaron los reproches, el regaño. —Me tropecé y si no es por Alessio, caigo al vacío.—Es lo único que se le ocurrió decir. —¿Te tropezaste? Pero…— su madre prefirió guardar silencio y hablar en otro momento. —Mi oso te cuidó, prefirió caer él antes que tú —interrumpió la voz dulce de un niño de seis años. Su madre la observaba y luego a Alessio. —Gracias por salvarla, te lo agradezco mucho —miro a su alrededor—. A todos, gracias. «Gracias, gracias, gracias». ¿De qué? —se preguntaba Peggi—. «Eso no me quita el dolor, no desaparecen las sombras y mucho menos hace que todo sea diferente». —No se preocupe —menciona Alessio —. Peggi y yo estudiamos juntos; ayer la acompañé a la enfermería porque tuvo una crisis de ansiedad en clase. ¿Fue él? —No me mencionaste nada de eso —dice su madre. —No quería preocuparte. —Gracias, Alessio. Mi niña ha estado un poco triste desde que murió su padre. “Triste”, un poco triste. Su dolor minimizado en una simple palabra tan trillada y compuesta por seis letras, un sufrimiento constante simplificado en una emoción normal y clara. Pero a la misma vez se siente tan profundo, algo que cada día absorbe un pedazo de ti, un vacío tan profundo, lleno de desesperanza y culpa. Una emoción que te quita las ganas de vivir, ¿cómo puede llamarse tristeza? —¿Podemos irnos a casa? —preguntó Peggi irritada. Quería esconderse en su habitación y no ser juzgada por tantas miradas que en estos momentos la rodeaban. —Puedes pensar lo que te dije —exclamó Alessio—. Confía en mí. Peggi afirmó, luego retomó la marcha junto a su madre y a su hermano durante su camino a casa, donde todos iban en silencio y la mente de Peggi solo se preguntaba: “¿Alguien vivía lo que ella sufría? Y no era cualquiera, era él, justo él. ¿Estaría su chico perfecto igual de roto que ella?, y si era así, ¿qué evento lo llevó a romperse de tal manera?”.
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