Dos meses después Bombay, India David Supongo que no existían despedidas perfectas ni razones reales para enterrar un amor. Yo no pude… o tal vez entendí que, si lo intentaba, terminaría convertido en una sombra con el corazón roto. ¿Cómo iba a resistirme? ¿Cómo pelear contra las palabras sinceras de Cristal, contra sus miradas que me desarmaban, contra esa ternura feroz que atravesaba cualquier defensa? Estaba frente a ella, temblando como un idiota feliz, perdido en el sabor de sus labios. Volvimos a la casa y juro que me parecía estar soñando. Cada dos pasos le robaba un beso, una caricia, un suspiro; la miraba como si temiera que desapareciera si parpadeaba. Y aun en medio de esa felicidad absurda, sabía que el peligro seguía respirando detrás de nosotros. Apenas cruzamos la puert

