Capítulo 3

3129 Palabras
Izan Pasaron algunas horas desde que llegamos al club, del cual yo soy dueño. "Pecado original" fue lo primero que emprendí por mi cuenta. Lo inicié hace unos años atrás, y desde entonces no ha hecho más que crecer, hasta convertirse en uno de los clubes más exclusivos de la ciudad. La idea me vino junto con el pensamiento, de que los hombres de más poder, siempre van a necesitar un lugar donde sentirse en libertad, fuera del foco de miradas, sin ser juzgados por dejar al descubierto todos esos instintos, que se apartan de lo correcto . Y nada da más agradecimiento que brindarle a un hombre dicha libertad. ¿Cómo cobramos la entrada? Sencillo. Ellos adquieren una deuda conmigo, pero no en dinero, eso no me interesa, tengo de sobra, sino en favores. Que luego yo me voy a cobrar. Una de las primeras cosas que aprendí de este mundo, es que nunca debes deberle nada a nadie. Eso podría llevarte a meterte en una posición en la que te ves forzado a hacer algo que no quieres, o de darle a los otros algún poder sobre ti. Se que estos hombres también deben pensar así, pero cuando la lujuria ceja tu buen juicio, no hay mucho que se pueda hacer contra eso. Los hombres son tan débiles. No por nada tomé la decisión de nombrar a Anya como mi segunda al mando. No por nada la reina y fundadora de este clan es también una mujer. Las personas dirán que mi cumpleaños es el día que nací, pero para mi, yo no nací ese día, sino cuando mi tía Arwen me tomó bajo su tutela y me enseñó todo lo que se, convirtiéndome en todo lo que soy ahora. Ella sin duda ha sido mi mayor inspiración. Y mi abuelo, Kian Marshall. Si, es ese, el legendario y mítico hombre. Mi padre también fue uno de los nuestros, hasta que decidió alejarse por lo que según él "no era lo suyo". Así que podría decirse que soy nieto de mafioso, sobrino de mafioso, hijo de mafioso. Esto es lo que corre por mi venas, es por lo que me llaman "hijo de la mafia". Y eso me llena de orgullo, saber y ver hasta donde llegué. No me creían capaz de lograrlo, pero Arwen nunca dudo. Nunca me trató diferente, o con más suavidad, por ser apenas un adolescente cuando llegué a su puerta. Siempre me exigió para dar lo mejor de mi, en todo, eso logró que me fortaleciera. Le debo tanto. Y por más que está retirada, nunca dudo en acudir a ella cuando necesito una guía. Me siento tan seguro cuando me observa con esa sonrisa llena de orgullo, y un tanto maliciosa. Suele llamarme "Mi creación". Mis hermanos se burlan de mi, diciendo que soy un consentido, pero la verdad es que no me importa, porque no es cualquier persona la que lo hace. Me encuentro apoyado en una de las paredes, con mis brazos cruzados, mientras sigo fumando y observando con atención, todo a mi alrededor. Nunca me permito relajarme aquí, ni bajar la guardia. Siempre me mantengo con todos mis sentidos bien alertas. Porque es como estar encerrado en una jaula con lobos, aunque yo sea el más grande, eso no implica que no deba mantenerme atento. - Buenas noches, señor Markov. - me saluda al pasar uno de los clientes, extendiéndome su mano. La tomo y la estrecho sin prestarle mucha atención, entre tanto sigue de largo. Mi apellido es Marshall, pero todo aquí en la ciudad me conocen como Markov, que es el nombre del clan original de Arwen. Lleva ese apellido por mi tío Cassian, su esposo y también líder, además de otro mentor para mi. Como ellos dos nunca tuvieron hijos, y yo he sido lo más cercano a uno, tomé la decisión de tomar también ese apellido. Me gusta. Suena fuerte y para todos aquí significa algo. Ellos dos se aseguraron de que así sea, y planeo yo seguir con ese legado. Dirijo mi vista hacia la barra, dónde escucho barullo y revuelo entre la música. Y lo veo al recién llegado, charlando animadamente con los que atienden, además de los clientes. Me acerco allí. - Astor. - lo llamo. Este posa esos ojos tan celestes que parecen transparentes, en mi, y se acerca. - ¿Dónde diablos estabas? - pregunto firme. - Tendrías que haber estado aquí hace horas. - Estaba encargándome de unos asuntos, si sabes a que me refiero. - responde con picardía, girando su cabeza hacia atrás. Miro hacia dónde él lo hace y veo que tiene su mirada en las chicas que trabajan en el club como entretenimiento. Este les guiña un ojo, a lo que ellas responden entre risas coquetas. Vuelve a posar su atención en mi. - Estaba probando a las nuevas chicas. - ¿Tengo que recordarte que sigues a prueba? No me des motivos para despedirte y devolverte a casa. - Ay, Izi, no seas mala onda. - protesta. - No me llames así aquí. - digo entre dientes, molesto. - Los demás también se están divirtiendo. - replica. - Hasta Kai se la está pasando estupendo. - señala con la cabeza hacia la pista. Allí veo a nuestro hermano bailando efusivamente, con una enorme sonrisa en su rostro y con sus ojos bien abiertos. Evidentemente Novak y Kirian no tardaron en embriagarlo, de otra forma no estaría así, bailando tan animado y con esa cara que parece que se gano la lotería. Niego y regreso mi mirada a él. - Te recuerdo que tú trabajas aquí. - lo apunto con el dedo. - Y no me vengas con esos reproches de lo que hacen o no los otros idiotas. Yo te estoy hablando a ti, y la que es tú responsabilidad, la cuál es estar acá en mi ausencia y mantenerte atento, no irte a la parte trasera a juguetear con el personal. ¿Entendido? - Si. - responde serio. - Lo siento, señor Izan Markov. - dice con un tono de voz bastante fingido. - Me queda un nervio y te lo estás tirando en seco... vete. Resopla y regresa a su puesto detrás de la barra. Suspiro con fastidio y le doy una calada al cigarrillo. ¿Será siempre tan estresante lidiar con adolescentes? Astor es el menor de mis hermanos. Kai, Novak, Kirian y yo, somos seguidos. Kai me lleva un año, los mellizos apenas dos. El menor, por otro lado, vino de sopetón. Es el más rebelde e indisciplinado. Les prometí a mis padres que yo lo cuidaría y lo pondría en línea, luego de que se metiera en problemas en más de una ocasión. Sin duda no me lo está haciendo fácil. Ni con los "hermanos del mal" me costó tanto. Necesito un poco de aire. Me encamino hacia la salida que va al balcón, me freno cuando Kirian se detiene frente a mi. No tengo tiempo de reaccionar, que me quita el cigarrillo de la mano y se lo lleva él a su boca para darle una calada. Me sonríe. - Creo que ya sobrepasaste tu cantidad permitida de tabaco. - comenta, luego de expulsar el humo. - No me toques las bolas hermano, no eres mi doctor, no debes preocuparte. - Claro que debo preocuparme, ¿tengo que recordarte que la segunda al mando es Anya? - Estoy bien. Además, fumar es lo unico que me saca es estrés. Es eso o que practique tiro con todos los que me rodean. ¿Tú que prefieres? Menea la cabeza. - Buen punto. Aún así... No sigo oyéndolo, que lo esquivo y sigo con mi camino hacia afuera. Salgo por la puerta, dejando la música y el parloteo detrás. El frío de la noche me golpea la cara. Saco otro cigarrillo del atado, me lo apoyo en los labios y lo enciendo, luego de darle una calada me acerco más, apoyándome en el barandal. ¿Por qué rehúyo tanto del día que nací? Puede porque vine a este mundo siendo un débil bebé prematuro. Eso me trajo algunas consecuencias de más grande, dificultad para respirar con normalidad, alguna que otra anomalía en el corazón, entre otras cosas, por lo que necesitaba aún más cuidados extras que los demás. Mis amorosos padres me sobre protegieron con mayor efusividad que a mis hermanos, para ser que ellos eran menores que yo. Lo que en parte me llevó a sentirme sofocado. Siempre odié ese trato diferencial que recibía en todos lados. Me trataban como si fuera de cristal, como si en cualquier momento estuviera a punto de romperme. De adolescente mi mayor compañía eran las burlas. Kai era quien salía a mi rescate. Si, el pacifico Kai, era quien se encargaba de defenderme, más de una vez terminando a los golpes con alguien. Ese fue mi limite. Que mi hermano menor tuviera que pelear mis batallas eso era algo que no iba a permitir. Así que armé mi bolso y decidí encontrar mi camino por mi cuenta. Puede que al principio haya sido para probarle a los demás de lo que soy capaz, pero eso luego dejó de importarme y comencé a esforzarme aún más para probarme a mi mismo de lo que soy capaz. Para confirmarme que ese pequeño bache que atravesé no significó nada en cuanto a cumplir mi objetivo. Y así fue. El sonido del obturador de una cámara me saca de mis pensamientos. Dirijo mi mirada al otro lado de la calle y distingo a un muchacho detrás de un auto, que no tarda en esconderse, agachándose. Carajo. Me tienen harto ya. Estos periodistas son unos buitres, no se cansan de intentar conseguir información de lo que sucede aquí dentro del club. Como si con eso fueran a acabar con toda la malicia del mundo. Arrojo el cigarrillo y me adentro, avanzando con rapidez entre la gente para ir detrás de ese idiota que osa a invadir mi territorio. - Izan, ¿Qué sucede? - me pregunta Novak cuando paso al lado suyo, pero no respondo y sigo de largo. Cuando salgo del club, todo alrededor se encuentra vacío en silencio, como suele ser un martes en la noche, cuando la semana apenas inicia. Solo se ven a los lejos los dos bares que aún están abiertos, pero estos están casi vacíos porque se acerca la hora del cierre. - Señor Markov, ¿todo está bien? - me pregunta Blas, uno de los guardias de la entrada. - Alguien estaba tomando fotos desde la calle de enfrente. - respondo, aún observando con atención todo alrededor. Lo distingo dónde lo vi hace unos minutos atrás. Se para al mismo tiempo que una chica y ambos empiezan a caminar, dándome la espalda, yendo hacia donde están los bares. - Yo me encargo, señor. - comienza a decir Blas, y antes de que pueda replicar se acerca a ellos con pasos firmes. - Oye, tú. - lo llama con esa voz brusca, que logra ahuyentar a todos, pero no parece hacer efecto en el desconocido, quien se sigue alejando de nosotros. - He dicho que te detengas. - continúa diciendo, acelerando el paso hacia ellos. Me meto las manos en los bolsillos y de mi boca sale tan solo una palabra. - Detente. El muchacho se detiene en seco, al igual que su acompañante, por lo que Blas también. Pasan unos segundos cuando se gira hacia mi. Primero posa su mirada en mi guardia se seguridad, para después posarla en mi. Por unos segundos me parece haber visto cierto brillo reflejado en sus ojos, pero puede que solo haya sido mi imaginación, o el reflejo de las luces de la calle. Lo observo con atención. Es más joven de lo que imagine. En su cabeza lleva una gorra negra con visera, además de un hoodie del mismo color. Tiene una mochila colgada al hombro y una cámara que cuelga de su cuello. - Recupera la cámara, Blas. - ordeno. Él asiente y se acerca hacia el chico, quedando rapidamente enfrente suyo. Le arranca la cámara, para después arrojarla hacia el piso, quedando hecha pedazos. Lo toma de la remera, con ambas manos y lo sostiene con brusquedad. - ¡Vitto! - lanza la chica un grito ahogado. - ¿¡Para quien trabajas!? - exige saber Blas. - ¿¡Quién te contrató!? Yo quedo aún observándolo, con un repentino interés. Él parece ser algo diferente a los que acostumbran a rondar por aquí. - ¿Qué? - pregunta sin entender. Su mirada refleja realmente que no tiene idea de lo que Blas le pregunta. - ¿¡PARA QUIEN TRABAJAS!? - repite este, con poca paciencia. - No trabajo para nadie. - responde tartamudeando. - Te cortaré los dedos con una pinza, uno por uno, hasta que no empieces a decir nombres. - Eh... Ernesto, Pedro, Juan... - empieza a decir, obligándome a reprimir una sonrisa. - ¿Esos están bien? - No te pases de listo. - sentencia Blas, ya irritado. El desconocido busca mi mirada y clava esos ojos claros en mi. - Dile a tú mascota que me suelte. No he hecho nada. - dice firme. - O al menos nada malo. - Respóndele y lo hará. - digo, con voz suave y tranquila. La verdad es que estoy disfrutando de esto. Intimidar personas siempre me resulta fascinante y estimulante, porque eso significa que la gente te respeta, o te teme, lo que sea, no le veo diferencia, porque de igual forma eso implica que te has hecho de un nombre. - No trabajo para nadie. - sentencia, sin quitarme sus ojos de encima. - Solo soy un estudiante al cual le gusta la fotografía, sobre todo si se trata de extraños solitarios. Vi la oportunidad de una buena foto y la tomé. Solo eso. Un extraño solitario. Esa es la primera impresión que este desconocido a tenido de mi. Y no puedo evitar pensar que tan equivocado no está. - Tengo mi identificación de la universidad. - agrega. Mira a Blas. - Se la puedo enseñar. Mete su mano en el bolsillo de su pantalón y se la extiende, a lo que él no tarda en agarrarla. - Vittorio Salvatore. - lee en voz alta. - Universidad de artes visuales. - gira su cabeza hacia mi, en busca de una respuesta. Asiento para que lo suelte, y lo hace, soltándolo contra el suelo. - Largo de aquí y no vuelvas a aparecerte. - sentencia con brusquedad. - La próxima que te vea no tendrás tanta suerte. La muchacha lo ayuda a pararse y ambos retoman su caminata, alejándose de nosotros. Me doy la vuelta y también emprendo mi camino para regresar al club. Vittorio Salvatore. Nombre y apellido fuerte. Da incluso cierto placer decirlo. - Vitto... - llego a oír a mis espaldas. - ¿Quién diablos te crees que eres? - oigo con mayor claridad. Me detengo y me giro, para verlo al chico acercándose de vuelta hacia mi, mientras me mira con firmeza, sin apartarme la mirada. No logro camuflar la sorpresa que siento, que se debe estar reflejando en mi rostro. Jamás, nunca, me han dicho algo como eso. Ni me han observado con semejante intensidad. - ¿Qué has dicho? - pregunto incrédulo, frunciendo el seño. Estoy siendo generoso, al darle la oportunidad de retractarse. Espero sea lo suficientemente inteligente como para aprovecharla. - Lo que ha oído, y algo me dice que no es sordo. - dice, parado enfrente mío, a unos pocos metros de distancia. Sigo asombrado. - Me ha lanzado a su matón, me ha atacado, rompió mi cámara, el cual es mi elemento de trabajo y me ha lanzado contra el piso, sin ninguna clase de consideración, ni justificativo. Le repito, ¿Quién se cree que es? Blas hace ademán de acercarse a él para romperle las piernas, pero levanto mi mano en señal para que se detenga. Y lo hace. En una situación normal, dejaría que Blas se le acerque y le rompa hasta las ganas de respirar, peor hay algo que me lo impide. Y es la admiración. Admiración por la osadía que tiene de hablarme y observarme de esa manera. Aunque no se si llamarlo valor o estupidez, pero reconozco que tiene agallas. Y eso es algo que no se ve a menudo. - Dime lo que costó tu cámara y te daré ahora mismo el efectivo. - digo. - No quiero su maldito dinero. - sentencia firme, y con algo de desprecio. Como si lo hubiera ofendido al insinuar que buscaba dinero. - ¿Y que quieres? - pregunto con curiosidad. Otra cosa que no se ve a menudo es a alguien a quien no lo motiva el dinero. - Una disculpa. - responde sin titubear. - Como haría cualquier persona civilizada. Una disculpa. Vaya. Si, sin duda es estupidez lo que caracteriza a este chico. - ¿No es capaz de pronunciar esas dos simples palabras? - pregunta. Noto reproche en su tono de voz y en su mirada. Sin duda mis hermanos pagarían por escuchar esto... Sonrío divertido. - Lo siento. - pronuncio esas dos palabras que se sienten como si me quemaran la garganta, pero que sin embargo no me costaron pronunciar. - No fue tan difícil, ¿verdad? - dice. Ahora me siento como un niño regañado. No me da tiempo a decir, ni hacer nada más, que se da la vuelta y regresa con la muchacha, que aún lo está aguardando. Los dos se alejan en pocos segundos, dejándome aún quieto de la sorpresa. - ¿Quiere que vaya detrás de él, señor? - me pregunta Blas, trayéndome de vuelta a la realidad. - No. - respondo antes de poder siquiera procesar la pregunta. - Regresa a tú puesto de trabajo. Eso es más importante que ir detrás de dos niños. - asiente y obedece mi orden. Me doy la vuelta hacía el club y lo veo a Novak, parado detrás, con sus manos en la cintura y una sonrisa divertida. Lanza una risa. Retomo el paso para regresar adentro y olvidar todo este episodio. - Me parece a mi, o alguien ha puesto a Izan Markov en su lugar. - comenta. - Vete a la mierda. - digo con fastidio. - Claro, nos vemos allí, que ese chico te acaba de mandar. Me freno en seco y lo detengo a él también extendiendo mi brazo. - Solo le di la satisfaccion de creer que venció a Izan Markov, pero la verdad es que no tiene idea con quien se metió. - sentencio. Bajo el brazo y regreso adentro. Nos volveremos a ver, Vittorio Salvatore. Eso te lo puedo asegurar.
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