Mi primer día cómo estudiante
Siempre creí que el amor era un cuento de hadas, algo que solo pasaba en la ficción, pero después de que sepas mi historia, sabrás que el amor está en todas partes, en donde menos lo imaginas, y que la vida es tan hija de puta, que sabe llevarte al límite más allá de uno mismo y todo por culpa del corazón.
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El verano al fin terminó, después de las inesperadas vacaciones qué pasé en París, al fin siento alivio, estoy de nuevo en la ciudad donde he vivido casi toda mi vida.
Hoy por fin entró a la universidad, es mi primer paso para algún día ser una gran abogada, tengo un sueño qué cumplir y no descansaré hasta conseguirlo.
Mi padre y mi madre me han dejado en la entrada, inmensos árboles, zonas verdes y cientos de estudiantes, despidiéndose de sus familias se muestra frente a mi, y solo siento dicha, es mi momento, es lo que siempre he soñado, y nada, absolutamente nada perturbara este día.
—Hija te voy a extrañar, esperare paciente las siguientes vacaciones, para verte —con un abrazo que en verdad siento entrañable mi madre se despide de mi y sube a la camioneta.
—Sabes cuales son las reglas, ¿cierto? —Por supuesto pa;
No beber alcohol, alejar a los chicos hasta terminar la universidad y no, no confiar en nadie —sonrió.
Mi padre es mi adoración, es un hombre guapísimo, super inteligente y sobretodo, me ama, soy su princesa.
—Hija te voy a extrañar —insiste.
—Papi yo ya te extraño —con un beso en la mejilla despido al único hombre que cumple mis caprichos y que me ha dado la mejor de las vidas.
Mi padre me suelta y de inmediato se sube a la camioneta, veo como ellos se dan un beso y me da la sensación de tranquilidad qué necesito para poder iniciar este nuevo viaje.
No puedo explicar lo que siento, son muchas emociones al mismo tiempo, mi corazón late con fuerza, mi respiración se agita y siento un deseo incontrolable de gritar, pero por supuesto me contengo, sería una tonta si aquí frente al edificio de la universidad con la que soñé toda mi adolescencia me pongo a gritar como una loca.
—Disculpa soy Renata, ¿sabes donde queda Ciencias politicas? Soy de primer año y estoy completamente perdida —una niña igual que yo, me dirige la palabra, supongo que es un buen comienzo.
—En realidad no, pero justo estaba por investigarlo —explico.
—Perfecto, ¿podemos hacerlo juntas? —pregunta Renata y sonrío, no es algo que me disguste del todo, pero por un segundo siento que hubiera querido estar sola un poco más de tiempo.
Fui una chica popular en High Scool; amigos, amigas, pretendientes una qué otra despistada, y varias perras envidiosas.
Pero, esta vez no quiero eso, aprendí mucho de eso y no es algo que quiera volver a repetir, un perfil bajó es lo que espero de ahora en adelante.
—Mira este parece ser el salón —la voz dulce de Renata, me despabila de mis pensamientos, levanto la mirada y veo que tiene razón.
Me acerco a la entrada y el salón esta repleto, hay varios chicos y chicas, y sin exagerar podría asegurar que la mayoría son muy bellas y muy guapos, siento las miradas enseguida y de inmediato. No, otra vez no.
Estoy equivocada, no se fijan en mi sino en Renata, ella es muy dulce, y hermosa, su cabello rubio y su piel fresca sin duda la hacen lucir muy atractiva, y puedo asegurar que aunque no tuviera esa falda corta y esa blusa blanca ajustada, su cuerpo seguiría siendo algo que admirar.
El anfiteatro esta repleto, puedo ver un par de lugares en la parte de arriba, y otros tres al frente, elijo ir hacia arriba, lo que menos quiero es ser visible.
Renata, me acompaña, pareciera que encontrar el salón de clase no fue suficiente, tomó asiento abro mi laptop y espero en silencio, todos hablan entre sí como si se conocieran, y Renata solo me sonríe. Tal vez está igual de nerviosa qué yo.
—Buenos días jóvenes, soy su profesor de leyes, y tengo tres reglas —la voz del profesor es gruesa y ronca y no se solo sea el eco del lugar pero por un momento siento miedo.
Igual que mi padre, tres reglas.
—Mi nombre es Warren Blackwood —levantó la mirada y se forma un nudo en mi garganta, comienza a decir varias cosas, pero debo confesar que mi ojos no pueden dejar de verlo, aunque mis oídos no logran escucharlo.
Es sumamente atractivo, tiene una mirada profunda, y que puedo decir del tono de su voz, la forma de su rostro y cómo acomoda sus gafas hacen qué me pierda por completo, al menos por unos instantes. Pon atención Mila.
—Regla número uno —logró entender al fin lo que dice.
—Hablen, solo si lo pido, dos: no tolero el uso de celular, tres: aprendan todo lo que puedan de mí y tal vez logren algo en la vida —nos mira a todos y evito el contacto visual, desde mi posición no es fácil que pueda verme a los ojos, aunque la fuerza de su mirada juraría puede penetrar muros.
—Se que sus padres, o al menos los padres de los de la mayoría de aquí, son personas muy influyentes, y si algún imbécil cree que puede someterme a sus caprichos está equivocado, saben ¿por qué?, porque la mayoría de sus padres son mis amigos.
Yo doy clases para limpiar a este país de tanta mierda, no por necesidad, espero que quede claro —termina y siento algo extraño, miedo y al mismo tiempo un calor extraño recorre desde mi cuello hasta el centro de mi estómago.
Todos guardan silencio, y no es para menos, el tono de su voz es potente y ronco, su mirada parece la de una bestia y no puedo evitar pensar en lo difícil que será esta materia.
—”Hola bonita, te extrañe todo el verano, te espero a la salida, solo pienso en besarte” —Alex me escribe un texto y maldigo qué lo haya hecho, perturbó el silencio qué el profesor había ocasionado, todos me miran y mis ojos se llenan de lágrimas y aunque No puedo verme se que mis mejillas se han enrojecido.
—Nos comparte el mensaje qué, imagino acaba de recibir, ¿señorita? —su tono es de pregunta y al mismo tiempo una orden, es evidente que desea saber cual es mi nombre.
—Mila Johnson —respondo.
—Lea el mensaje señorita Johnson —ordena y se que no estoy dispuesta a repetir lo que dice el mensaje de Alex.
—Bien, no quiere hacerlo, salga de mi clase, ahora —siento tantas cosas, mis ojos están a punto de llorar, mi estómago se siente vacío, las piernas me tiemblan, la piel se me ha erizado y aprieto los labios, me pongo de pie con esfuerzo, tomo mis cosas, cruzo delante de Renata y bajo peldaño por peldaño, tratando de evitar ser vista pero se que eso es inútil.
Tomó la manija de la puerta, fui humillada, y todo por un maldito mensaje. Mi primer día, mi primera clase y todo me sale mal.
—Espera, recuérdame tú nombre —dice el profesor y aunque estoy de espaldas, respiro profundo, y doy media vuelta. Tal vez la lección ha acabado y podré volver a mi asiento.
—Mi nombre es Mila Johnson —respondo, con esfuerzo, casi a punto de no conseguir decir una palabra legible.
—Señorita Mila, solo volverá a mi clase cuando esté lista para leernos el mensaje, de lo contrario, no piense en acercarse —el profesor me sentencia y solo siento desprecio.
Mi ojos se sienten nublados y no puedo estar segura de la razón, si son mis lágrimas, el coraje que siento en este momento o la repulsión que me provoca el sonido de su voz.
¿Porque es tan idiota? ¿Qué hice yo para pasar por esto? ¿Solo fue un maldito mensaje? Podría mentir, y decir cualquier tontería, podría aferrarme y salir en este momento de su clase, que lo hace creer que en este momento diría la verdad, ¿su arrogancia?
—No dirás nada, bien puedes irte —dice el profesor y bajo la mirada, contengo las lágrimas, respiro profundo y doy un par de pasos, la clase entera me observa y se que esto no será fácil de olvidar.
—Mila —dice el profesor y pierdo la batalla contra las lágrimas en mis ojos, giró nuevamente pero esta vez sin soltar la puerta.
Algo extraño ocurre, me mira fijamente, el color de sus ojos podría jurar son aceitunados, se quita las gafas de pasta gruesa.
—Si algún día eres abogada, recuerda que las lágrimas no te ayudarán a ganar ningún caso —se coloca las gafas y deja de mirarme.
—Jóvenes anoten mis datos… —comienza a hablar y su voz empieza a disolverse en mis oídos, salgo del maldito salón y cierro la puerta.
Nunca me había sentido tan humillada. Voy de prisa por los corredores, y al fin salgo de la universidad, todo da vueltas en mi cabeza, el lugar qué en un momento me pareció maravilloso se ve borroso, sin sentido, pero, algo hace que recobre mi visión y mi cordura ahí está Alex con esa sonrisa hermosa, está recargado sobre su convertible rojo y todo se me olvida.
Corro hasta Alex, él levanta sus brazos y siento su calor reconfortante.
Besa mis labios y siento el sabor de su boca.
Al fin algo bueno, después de todo.
Lo sé, he roto una de las reglas de mi padre.