VII
Dejó de sentir el calor en su cuerpo, como si el aire frío le tocara la espalda en una ráfaga. Tanteó con su mano y se encontró con el espacio vacío a su lado. De seguro Jerom había dejado esa cama hacía mucho tiempo, saliendo despavorido al darse cuenta en el lugar donde estaba.
Amy se sentó en la cama y sollozó un poco abrazando sus rodillas.
—¿Sucede algo malo? ¿Despertaste enferma?
La gruesa voz de Jerom hizo brincar a la chica en la cama, que tenía el corazón en la boca. Estaba en la puerta del baño, con una bata y con la apariencia de haberse terminado de dar una ducha.
—No me pasa nada… solo me has sorprendido, asustado, mejor —respondió la chica, poniéndose en pie.
—No podía esperar a que despertaras, por eso me he duchado yo mismo. Esta noche igual, regresaré a mi baño.
Amy caminó hasta Jerom, ubicándose muy frente a él. Ahí notó lo tan alto que era. Tuvo un poco de miedo y dio un paso hacia atrás, cosa que él no entendió.
—Jerom, ¿cuál es el propósito de tenerme acá, haciendo nada, o, haciendo cosas como «bañarte»? Sé que debes tener una razón para conmigo, solo por favor dime ya cuál es. Si es el de vengarte de mí… lo acepto. Pero dame algo real que hacer. Por favor.
—Claro que tengo un propósito contigo —le respondió tomando sus hombros—. Todo esto hace parte de tu trabajo. Ahora no lo entiendes, ya llegará su momento. Además, tú me pediste un favor para Julia y lo estoy haciendo. También por mi enorme aprecio a Marcia.
Amy hizo una ligera mueca de descontento. No se explicó el sentimiento que esas palabras le produjeron.
—Gracias. Yo sé que hubieras preferido a mi hermana acá…
—No. Eres tú. Solo tú.
Jerom salió de ahí sin decir una palabra más. Amy se sintió horrible al estar celosa de Marcia, que tuvo una mejor relación con él, al menos más cordial. Notó que de nuevo la puerta de su habitación la dejaron abierta, indicando eso que podría andar en la casa sin problemas.
Poco después del almuerzo, unas chicas que trabajaban para la casa principal, entraban a la de huéspedes, con unas bolsas enormes de tela. Tras ellas iba Lio, que indicaba dónde acomodar todo. Amy, que subió al cuarto como un disparo al escuchar la puerta principal, se asomaba de nuevo cuando el mayordomo la llamó.
—Señorita Amy, no se preocupe, está bien que ande por la casa —le dijo con tranquilidad al verla bajar las escaleras—. Claro está, no podrá ir más allá.
—Lo entiendo, se hará como él desea.
Vio las bolsas de tela y preguntó curiosa qué era eso.
—Ah claro, a eso iba. El señor Tramonte desea que usted se haga cargo de más de sus cosas, por eso nos ha pedido que traigamos su ropa para que usted se encargue de lavarla.
Amy soltó una carcajada que produjo ternura en todos. Dejó de reír al ver que nadie más lo hacía. Era en serio.
—¿Cómo? ¿Lavar su ropa? Él debe tener personas especiales que lo hacen…
—Señorita, son sus órdenes. Lo que necesite, por favor, pídalo a las chicas, ellas le traerán lo que me requiera.
Amy fue hasta las bolsas y en efecto, ahí estaba la ropa de Jerom. Ese aroma era inconfundible. Lio estaba ya por salir, cuando un grito, de auténtico pánico, lo detuvo.
—¡¡QUÉ ES ESTO!! ¡¡QUÉ ES ESTO!! —gritaba Amy, fuera de sí, extendiendo en sus manos una prenda.
—Señorita… Eso es claramente un bóxer, verá usted, la ropa interior también hace parte de la que el señor Tramonte usa… como todos.
—¡¡Yo sé que es su ropa interior!! —dijo alterada—. ¡¡Pero por qué tengo que lavarla también!!
Para las otras jóvenes sirvientas, la escena era de lo más graciosa, se notaba que la chica no había hecho muchos trabajos de casa. Amy seguía viendo aquel bóxer con la boca abierta, bañarlo, lavar su ropa, qué más seguía.
No pudo oponerse, pero tampoco dejaría de burlarse un poco de Jerom. Así que pidió muchos favores a las chicas, que le llevaron complacidas todo lo que pidió.
***
Era una reunión muy importante, Jerom firmaría una poderosa asociación para una nueva bebida. Hablaron todos, haciendo una última exposición de sus estudios y al final Jerom, hizo su intervención.
Lo curioso, era el intenso aroma a chicle y a fresas que se respiraba en el ambiente y que provenía nada más y nada menos que del CEO. Todos se veían entre sí, sin saber cómo preguntar o abordar aquello. Eran tan intenso, que ni su costosa loción logró ocultarlo.
—Es momento entonces de la firma, por favor, podemos empezar —habló un abogado de la contraparte.
El documento fue pasado a Jerom que con solo mover su brazo, hizo que las partículas de olor, de nuevo sacudieran a los de la junta. Él más que nadie sabía del olor, lo peor es que tuvo que soportarlo, ya que toda su ropa olía así.
Cuando todo terminó, uno a uno salieron dándole la mano al CEO, adornando la despedida con una risilla que Jerom solo trataba de ignorar. El último fue Liam, que se acercó lo suficiente como para incomodar.
—¿Qué te pasó? ¿Lavaste tu ropa junto a la de un jardín de infantes? —dijo de forma burlona.
—Mi nueva nana, creyó muy “gracioso” almidonar todo con suavizante de ropa para niños. Parece que huelo a una confitería.
—Dios —rio Liam—. Pero para que esto quedara tan impregnado tuvo que usar galones enteros en una sola prenda… debes fijarte en quién contratas para que cuide de tus cosas. Sé que tus esposas lo hacían, aun así, tienes que estar pendiente de todo.
—Sé que ella lo hizo por molestarme, pero no voy a dejar que eso me altere. No caeré en su juego. Si debo oler como si tuviera 5 años, voy a hacerlo. Es más, diré que me encantó, aunque ya tenga náuseas.
Liam lo miró muy intrigado. No podía entender las palabras de su primo, que hablaba de esta nueva empleada más como un reto que como alguien que cuidaba de su ropa. Se intrigó mucho, pero estaba ya tan desesperado con el aroma del otro hombre que le prestó una camisa, al menos para que pudiera asistir a las demás reuniones sin causar un coma diabético a los otros socios.
Amy estaba feliz en casa con la nueva carga de ropa que le llegaba, ahora usaría el doble, a ver quién se cansaba primero.
***
Fin capítulo 7