Pleasure / Nueva York
Casi tres años atrás...
POV Dimitri Romanov / El Ejecutor
El pasillo principal del Pleasure respira como un animal con cada gemido que logra traspasar cada puerta negra. Las luces de neón rojas juegan con mi sombra, proyectándola sobre las paredes. Parecen brazos que intentan aferrarse a este maldito pecador que avanza sobre el piso brillante de mármol n***o hacia su propia habitación.
El aire está cargado de perfume caro, cuero, sudor y sexo. Sobre todo sexo crudo y desenfrenado.
Las suelas de mis zapatos resuenan, lentas, marcadas, dominantes. Demuestran lo que vine esta noche a hacer.
Solo vine a observar. A jugar. A descargar el ruido interno que se acumula en mi cabeza cuando la maldita realidad se vuelve demasiado punzante.
Afuera soy empresario, mafioso, heredero de una organización que no permite la debilidad ni el fallo. Soy el ejecutor de la Bratva Romanov.
Pero aquí…, aquí soy simplemente un depredador buscando silencios, buscando otra manera de desahogar los monstruos que viven dentro de mi cabeza. Mis demonios, sin dejar cuerpos inertes en el proceso.
Le doy una calada al cigarro y doblo hacia el corredor de las habitaciones privadas, totalmente exclusivas. Mi habitación habitual está en el fondo, es la última puerta a la izquierda. Pago una buena cantidad de dinero en esta mierda para que nadie la use jamás.
Es ley aquí dentro. Y pobre del que la rompa. Terminará tan roto como mi propia cabeza.
Avanzo, pensando con que me sorprenderán esta noche. No soy muy exigente con las presas que me envían. Les dejé claro desde hace muchos años que las quiero bien sumisas, dispuestas a dejarse volver mierda por mis manos. Hasta que lloren, hasta que me supliquen piedad.
A la primera lágrima que derramen, se acaba el juego. Me largo, no sin antes retribuir su valentía.
Estoy por llegar a mi habitación cuando algo me detiene. Un sonido.
Me quedo con la mirada fija en la puerta levemente abierta hasta la mitad, agudizando mi oído para poder escuchar mejor sobre la música sensual que ambienta el lugar.
El gemido femenino, ronco, entregado, sincero y descarado, me azota en un corrientazo toda mi columna vertebrar.
El corazón me salta con fuerza y el instinto en mi interior ruge como animal endemoniado.
Me acerco más a la puerta, con calma, apoyando la mano sobre la superficie y empujándola lentamente.
Esta puerta no debería estar abierta, yo no debería estar invadiendo una sesión sin antes notificárselo a los pecadores que están ahí cogiendo como en los tiempos de Sodoma y Gomorra, pero me importa una mierda.
Aquí la mayoría me conoce y sabe que suelo andar por ahí de mirón solo por morbo y diversión.
Termino de entrar y me toma unos segundos acostumbrarme a la luz cálida, tenue, que contrasta por completo a la roja del corredor.
Y entonces veo todo con interés y deseo.
Las paredes acolchadas en cuero y la cama en el centro, elevada con anclajes de metal macizo en cada esquina y cadenas colgando, no me sorprenden para nada. Estas habitaciones son exclusivas para el arte de la dominación en su más cruda versión.
Ella es la que me sorprende.
Ella es la que me deja con la garganta seca y la curiosidad totalmente desatada.
Ella, que está con las piernas abiertas, que está lista para ser follada… Y no por uno, sino por dos hombres con sus vergas ya erectas, dispuestas a destrozar a la pequeña niña de papá.
Ella, la desgraciada que está con su coño abierto y el cuerpo encadenado sobre la cama, mirando con diversión el hombre que tiene de rodillas a su derecha y que comienza a magrearse la v***a para darle lo que espera.
Ella, la que tiene un antifaz n***o y unas orejas de conejo, es la que me deja sin aliento.
«Justamente ella».
Su gemido, ese mismo gemido que escuché unos segundos atrás, vuelve a inundar la habitación cuando el tipo que tiene de rodillas sosteniéndola por la cadera, le entierra la v***a de una sola ensartada.
Me empalma, me excita de inmediato.
El otro hombre que está de rodillas a su derecha, le sujeta ahora el cabello con fuerza, obligándola a mirarlo a la cara y sin preámbulo, se hunde en su boca de una estocada y ella ahoga otro gemido gutural.
Avanzo un poco más, porque necesito mirar esta majestuosidad más de cerca. No puedo ahora salir de aquí hasta ver cómo la follan entre los dos. Necesito que sus gemidos y su carita… sobre todo su preciosa carita, se queden bien grabados en mi cabecita.
Comienza a recibir estocadas fuertes en su coño. Una, dos, tres, cuatro. El hombre aumenta el ritmo, la somete a su voluntad con cada arremetida animal. Y el otro… el otro no se queda atrás. Le folla la boca con una brutalidad deliciosa.
Y gime. Dios… ella gime con descaro. Lo que sale de su boca cuando el hombre saca su v***a para volver a metérsela, no son gemidos de dolor, sino de alguien que nació para soportar la follada que le están dando.
Mi pulso cambia de ritmo. Se vuelve más lento, más pesado. Mis deseos se oscurecen.
Ninguno de los dominantes me ha visto. La sumisa tampoco se ha dado cuenta de mi presencia, porque los tres están sumergidos en su juego de poder y sumisión.
Yo debería seguir mi camino porque esta escena no es nueva para mí. Ver esto es algo que he presenciado muchas veces y que he hecho también. Pero por su culpa, por su maldita culpa, siento algo que se mueve en mi mente. Una chispa eléctrica detrás de mis ojos.
Las voces cambian, me susurran todo lo contrario a lo que debería hacer. Y me incitan más cuando deslizo la mirada por su piel, por su espalda suspendida sobre la cama, por todo su cuerpo esbelto, presenciando la manera tan bizarra con que se entrega, como si les quisiera demostrar a sus dominantes que no les teme, que lo que le hacen no le excita ni le duele.
«Tú la puedes hacer llorar».
«Tómala, demuéstrale que no tiene el poder».
«Sométela, enséñale quién manda en esta habitación».
Me acerco dos pasos más, sin hacer ruido. El hombre que le está follando el coño se inclina sobre su delgado cuerpo, apoyando las manos en el colchón sin dejar de enterrarle la v***a cada dos por tres y le hinca los dientes. Le muerde con tanta fuerza el hombro, que de su boca brota un gemido ahogado. Se sacude, veo cómo sus manos se aferran a las cadenas.
El dominante que tiene follándole la boca la sostiene con más fuerza por su melena y saca su v***a de ella.
—¿Qué quieres? —le gruñe.
—Que me cojas como un hombre de verdad —le responde la desgraciada, burlándose del tipo, mirándolo con fastidio—. Vamos, tu amigo te está ganando.
El tipo la mira con ganas de querer arrancarle la lengua y de un segundo a otro, el palmazo que le da en la mejilla resuena en toda la habitación.
El rostro de ella queda de lado, pero su cuerpo se sigue moviendo por las arremetidas del otro tipo que ahora la sostiene por la cadera otra vez.
Y yo me relamo como lo que soy; como un maldito pervertido cuando ella comienza a reírse bajito aún con el rostro de lado, cubierto por su cabello ondulado.
—Pegas como una niñita —murmura divertida.
Sigue riéndose y sin recular, lo vuelve a mirar con los ojos húmedos, pero no rotos.
En sus ojos hay fiereza. Están desafiantes y le abre la boca lentamente, como si con esto lo estuviera retando a que la domine de verdad.
Doy otro paso, comienzo a sacar mi v***a para magrearme sin que me importe una mierda si soy invitado o no. A la primera que me digan algo, les vuelo la cabeza de un balazo.
—Tercera oportunidad para que me hagas sentir placer de verdad y no cosquillas, imbécil —le advierte y el tipo endurece la mandíbula—. Si pierdes, quedarás oficialmente como un marica.
«Pobre hombre, ¿acaso no se da cuenta de que está jugando con su mente?».
El dominante que sigue dándole fuertes escotadas en su coño se ríe junto con ella y eso basta para que el pobre hombre la tome por el cabello otra vez, con más fuerza, con más rabia y de una sola estocada, le entierre su v***a y comience a follarle la boca como animal con rabia.
Sus gemidos ahogados inundan la habitación de inmediato. Los dos dominantes la follan con faena, no se detienen, intentan darle lo que ella quiere, hasta que ambos se dan cuenta de mi presencia.
En seguida me reconocen y el cambio en sus arremetidas es inmediato.
El dominante que le está follando el coño a mi querida amiguita se queda congelado, levanta las manos como si ella ya no le perteneciera y poco a poco sale de su interior.
Sabe que tenerla y tocarla un segundo más, es una sentencia de muerte que no piensa pagar.
El que está de rodillas a un lado le sigue penetrando la boca; todavía tarda dos embestidas más en detenerse, porque está cabreado, porque no la pudo sacar un simple orgasmo.
Enarco la ceja y ese simple gesto basta para que salga de su boca y se aparte, soltando una maldición entre dientes que solo demuestra la frustración que siente.
Los dos me conocen, saben la reputación que tengo en este lugar. No es la primera vez que me uno y saben que cuando eso ocurre, deben largarse.
Yo no comparto con nadie que no sea de mi círculo. E incluso en eso, soy bastante selectivo.
La desgraciada se ríe en medio de los espasmos que le causaron. Pero solo eso: espasmos. Ninguno de los dos pudo darle un maldito orgasmo. Aun encadenada sobre la cama, se retuerce sin levantar la cabeza para saber qué carajos ha pasado con sus dominantes.
Ella se sigue burlando de ambos, porque no los considera suficientes, porque no logran darle el nivel que quiere. Suspira; lo hace con fastidio, relamiéndose la comisura de los labios.
Y entonces, cuando le da la maldita gana de saber qué ha pasado, levanta la cabeza y me ve.
La risita burlesca se esfuma de ella y en segundos pasa del deseo al estado de alerta.
Del delicioso aturdimiento al reconocimiento.
Sonrío con mucha malicia, sosteniéndole la mirada en silencio. Sin moverme, sin romper el precioso momento de este descubrimiento, dándole una calada al cigarro.
Ella sabe quién soy. No es la primera vez que me ha visto y ahora es plenamente consciente de que ya se su sucio secretito.
Respira con dificultad y no precisamente por el sexo que acaban de darle. Ella está obstinada, se nota la rabia subiéndole a las mejillas porque no solo he presenciado todo lo que pasó, sino porque la he visto donde no debería haberla visto nunca.
Ella, la chica de papi y mami. La profesional. La chica que fuera de estas paredes camina como si nada pudiera derribarla ha sido pillada por el ser que más adora en el mundo. O sea, yo.
Se relame la comisura de su boca otra vez, pero orgullosa, desafiante. Me sostiene la mirada con dureza; le importa ahora una mierda estar desnuda, expuesta, descubierta por mí.
«Interesante... Muy interesante».
Sus ojos se desvían y yo enseguida volteo a mirar.
El dominante, que le estaba dando al menos algo, retrocede hasta llegar a la pared. Comienza a magrearse y ya con eso me dice que se quedará a mirar. Pero el otro, el que no pudo complacerla, sale obstinado cerrando la puerta sin mirar atrás.
Cuando volteo a mirarla de nuevo, la sonrisa del diablo que tiene en sus labios rojos hace que mi sangre se caliente. Y ver que en sus ojos está la rabia echando fuego, más loco me vuelve.
«¿Cuánto puede soportar sin llorar?».
Me acerco, lento, sin quitarle los ojos de encima, detallando su coño rojo por las arremetidas. Lentamente subo la mirada y me deleito en esa piel de porcelana y cuando vuelvo a mirarla a la cara, se humedece los labios.
Con una mano me magreo la v***a y con la otra acerco el cigarro a mi lengua. Y lo apago. El ardor me excita, el dolor me vuelve loco y sus ojos encendidos, despiertan mis demonios.
Guardo el resto en el bolsillo de mi pantalón, porque puede que esté loco, pero soy un loco consciente.
«Algunas veces».
—¿Sabes que si quiero, hoy mismo te arranco del mundo donde te escondes y te convierto en mi putita personal?
—¿Sabes que si me da la maldita gana, al salir de aquí te vuelo los sesos?
«Sométela».
«Enséñale».
«Hazla sangrar para que aprenda a respetarte».
Doy un paso más hasta llegar al borde de la cama. Y me inclino, me acerco como depredador a sus piernas abiertas, a su coño empapado. Y aspiro.
Cierro los ojos y aspiro como un animal en celo; me sacio del aroma que de ella emana. Su olor, junto al aroma de su esencia y sudor, me hace agua la boca.
Me atrevo a acercarme más. Pego mi nariz y huelo sin pudor. El pulso se me dispara y unas ganas viscerales de probarla me revuelven las tripas.
Las manos me pican por abrirle más las piernas y comerme su coño sin que me importe nada una mierda.
Me restriego por sus pliegues, por sus muslos. Aspiro, guardo en mi cabeza el aroma que desprende su piel. Lucho con los instintos que quieren dominarme y caigo. Me masturbo oliéndolo el coño, apretando los dientes para no hincárselos en su carne.
—Maldito seas —susurra excitada—. ¡Hijo de puta! —gime desesperada—. ¡Ven y fóllame de una maldita vez!
«Ella no da las órdenes aquí, castígala»
La desgraciada comienza a restregarme el coño en la cara, pero yo no hago más que olérselo, solo por enseñarle cómo es el juego.
Y cuando abro los ojos, que sus gemidos me sacan de mi estado catatónico de lujuria llamando mi atención; sonrío de lado, porque ya la tengo en mis manos sin haberla tocado.
—Entonces a partir de hoy… —le digo, relamiéndome los labios, aun probando su esencia con fascinación—. Ya no hay vuelta atrás, mi conejita.
Me enderezo bajo su atenta mirada encendida y comienzo a quitarme el cinturón de cuero para darle una lección por atrevida.