Pleasure
El pasillo hacia las habitaciones privadas del Pleasure siempre me ha parecido innecesariamente largo. Una maldita exageración hecha para aumentar la expectativa de los clientes que están caminando hacia algo prohibido.
Para la mayoría funciona, pero para mí solo es un tramo mal iluminado donde el sonido de mis pasos rebota en mis oídos y las voces en mi cabeza tienen espacio para desquiciarme por unos segundos.
«Está ahí dentro».
«Nos está esperando».
«Apresúrate y haz que entienda quien manda».
Respiro hondo y dejo que el aire frío con olor a sexo, tabaco y perfume caro entre en mis pulmones. Nunca funciona del todo, pero al menos hace callar al más impaciente de mis demonios.
«Ella te espera, no la rompas aun».
Sonrío de lado, porque no prometo una mierda. Desde que la vi, se me metió en la cabeza hacerla llorar como a las demás y no me detendré hasta conseguirlo.
Al llegar a la puerta de su habitación, no entro de inmediato. Me quedo quieto, escuchando lo que hay del otro lado. Algo me llama la atención, porque debería haber una música baja, pero el silencio es lo único que logro percibir de este lado.
El maldito silencio me provoca un cosquilleo eléctrico. Aprieto los dientes ante la rabia visceral que me recorre en la sangre.
«Si se atrevió a dejarme plantado, las pagará caro».
El maldito silencio puede significar eso o simplemente tensión. Y la tensión lleva a la obediencia o al miedo. Ambas me gustan, pero estoy seguro de que esa hija de puta no me teme en lo absoluto.
«Hazla pagar si se atrevió».
Trueno el cuello al tiempo que acomodo el cuello de mi camisa. Luego, saco del bolsillo la tarjeta magnética que me entregó y la paso por el lector. Pero no entro de inmediato.
Espero.
Si realmente está ahí dentro, quiero que sepa que llegué. Quiero que la incertidumbre la haga hervir por dentro, que su respiración se agite antes de que yo siquiera abra la puerta por completo y cruce el umbral.
Quiero moldearla con anticipación y expectativa.
«Haz que tiemble».
Empujo la puerta despacio y avanzo con calma. La habitación está tenuemente iluminada como la primera vez. El aire aquí dentro huele a cuero y a su perfume femenino y altamente embriagador. Parece de cereza, pero es fuerte en comparación con el sabor de la fruta.
En cuanto entro y cierro la puerta detrás de mí, sonrío al ver cómo me está esperando La Conejita.
Ella está ahí, sentada en el sofá de cuero n***o con una pierna cruzada sobre la otra y la cabeza ladeada, mirándome con una maldita sonrisa sádica en los labios. Una sonrisa de desafío.
«Mira cómo nos recibe».
«Hazla llorar esta noche».
La voz ansiosa siempre quiere sangre, pero la otra…, la otra solo calma.
Aprieto la mandíbula y paso los dedos por el filo invisible de mi autocontrol. No porque me importe parecer cuerdo ante ella. No. Es porque hoy ella vino dispuesta a provocarme. Lo sé. Lo siento como un zumbido bajo la piel.
Recorro su cuerpo con descaro. El bodi de cuero que lleva puesto junto con el collar que adorna su cuello me lleva a imaginar mil maneras de someterla vestida así. Las botas negras de cuero arropan sus piernas hasta las rodillas.
Se ve deliciosa, exquisita y peligrosa.
Su piel de porcelana se ve más delicada por el mismo n***o. Detengo la mirada en sus tetas apretadas por el escote; me relamo como un maldito hambriento.
Todo en ella me tiene mal, me tiene ansioso, pero lo que me la pone durísima no es su cuerpo enfundado en ese atuendo de dominatriz, ni su cabello brilloso que me pide a gritos que lo hale. Tampoco sus labios rojos ni esa mirada intensa que me regala.
Es el antifaz de conejo que tiene puesto la desgraciada lo que me tiene empalmado sin siquiera comenzar con el juego.
—Llegas tarde —dice con filo—. Pensé que al Ejecutor le gustaba llegar puntual.
«Insolente».
Me da una punzada de risa, otra de furia y otra de deseo en el mismo sitio exacto del pecho. Es un golpe químico, porque me insta a querer sentirlo más.
Es una droga.
—Llegué cuando quise llegar —respondo, acercándome hacia donde está—. Y tú… no estás donde te ordené la primera vez que nos vimos.
«Rómpela».
«Doblégala hasta que te ruegue».
Le pedí que la quería atada en la puta cama y ella me recibe así. Por eso avanzo hacia ella con un resquemor en el pecho que a duras penas controlo.
Ella se mantiene indiferente sentada en el sofá, no recula, me sigue mirando con una maravillosa insolencia que me hace reír.
—Pensé que habíamos quedado en una posición específica —digo, rozando el borde de la silla con un dedo.
—Pensé —imita mi tono—, que te gustaban las mujeres con iniciativa.
Mueve la pierna con una lentitud tortuosa que me calienta la piel. Se atreve a rozar la punta de la bota en mi pantorrilla con una puta provocación que me altera los nervios.
—¿O te intimida que no te obedezca tan fácil?
Dejo salir una risa baja, peligrosa, bastante falsa, aunque realmente sí me ha causado gracia su pregunta porque, al final, lo hará.
—No. —Ladeo la cabeza llevándome las manos a los bolsillos—. Más bien me divierte ver cuánto tardarás en darte cuenta de que igual vas a acabar obedeciéndome.
La miro a detalle y ahora que estoy más de cerca, me doy cuenta de que hay algo distinto esta vez. Sus labios rojos están más rojos que la primera noche.
Aprieto los dientes con fuerza sintiendo el ardor en mi pecho. Respiro hondo bajo su atenta mirada, gritándome en la puta cabeza que solo es un labial, que no es para tanto. Pero me cuesta.
Estoy roto y es imposible que logre remendar ese lado maniático en mí.
—Has cambiado el tono de tu labial.
—¿No te gusta?
—No lo hagas de nuevo —le digo con frialdad—. Si es ese, usa ese siempre.
—Solo es un tono más alto.
—¿Lo haces para provocarme?
—¿Funciona?
Hija de puta, por supuesto que funciona. A veces se me pasa por alto quién es, lo inteligente que es y el conocimiento que tiene en su cabecita.
Cuando la veo así, en esta versión totalmente diferente a la que veo fuera de este club, olvido quién es mi conejita.
Me inclino sobre ella apoyando mis manos en los posabrazos de la silla. Me encanta que no se mueva, que no parpadee. Ella me espera con la misma maldita sonrisa porque sabe que está retando al demonio.
—Eres una persona muy problemática —susurro a pocos centímetros de su rostro—. Y te haré pagar por eso.
—Tú también —replica muy tranquila—. A ver cuál de los dos hace pagar al otro primero.
Sus palabras me golpean directo. Me encanta. Me jode. Me prende la muy altanera.
El hecho de que sea tan viperina e insolente, sin importarle una mierda provocarme aun sabiendo de lo que soy capaz, es algo que me desquicia. Mi mente trabaja rápido, se descontrola y comienza a maquinar miles de escenarios donde ella termine derramando lágrimas por mí.
—Ponte de pie.
—¿Y si no?
«Tómala por el cuello y levántala».
Aprieto con fuerza la silla mirándola con ganas de hacer precisamente eso: levantarla por el cuello para que aprenda a respetar.
—Si no —digo despacio—, voy a levantarte yo. Y no creo que quieras la versión en la que no estás preparando tu cuerpo para recibir mis órdenes, Conejita.
Sus labios rojos se curvan en una sonrisa retadora.
—Qué lástima… —ronronea—. Y yo que venía mentalmente lista para contrariarte desde el primer segundo.
Sus malditas palabras encienden algo dentro de mí que debería asustarla. Despiertan el tipo de deseo que no se expresa con caricias suaves y palabras bonitas.
Ella lo sabe. La muy desgraciada sabe jugar, pero yo también juego bien y a veces hago trampa también.
—De pie —repito tajante, enderezándome ante ella.
Y esta vez acata mi orden, pero no porque ya la esté domando, sino porque le ha salido del forro hacerlo.
Mi Conejita se levanta lentamente hasta quedar con su cuerpo a un suspiro del mío. Su olor a cereza de inmediato inunda mis fosas nasales y su mirada, encendida con esas pupilas dilatadas, me excita.
Todo en ella me excita de una manera primitiva.
Me muevo un paso y levanto la pierna para empujar el sofá. Sigo avanzando hasta rodearla, hasta quedar detrás de ella, escuchando cómo su respiración apenas cambia.
—La primera vez —le susurro al oído—, obedeciste más rápido.
—La primera vez estaba analizándote —responde tranquila—. Ya entendí cómo juegas.
—¿Ah, sí? —sonrío, aunque no me ve—. ¿Y qué encendiste?
—Que quieres controlarlo todo.
—Correcto.
—Y que te enloquece no poder controlarme a mí —añade.
«Pero lo haré».
—No te sobreestimes —digo en voz baja, deslizando mi dedo por su espalda descubierta—, cariño…
—No me subestimes tú, Dimitri Aleskei Romanov.
«Maldita altanera».
La sostengo por el cuello y giro su rostro al tiempo que la tomo por la barbilla para que me vea a la cara. Sus ojos azules verdosos chocan con los míos sin huir, me retan, me provocan con rabia y excitación.
—Esa lengua te va a meter en problemas —le advierto.
—Entonces muérdemela —sonríe.
Y todo mi cuerpo se tensa por completo. Un corrientazo me azota la columna, reventando en la nuca, y todo ese fuego interno que arde dentro de mí se aviva, cobra fuerza. Las manos me pican por darle su merecido, por enseñarle que en este puto lugar no tiene derecho a llamarme por mi nombre completo.
Ni aquí dentro, ni allá afuera. Se lo dejé claro la primera vez en las reglas que pactamos los dos. Y me jode. Me jode demasiado que se pase por el culo nuestro acuerdo sin pensar en las consecuencias.
«Muéstraselas».
«Hazla pagar por su insolencia».
«Enséñale con sangre».
Las malditas voces en mi cabeza comienzan a rugir, tanto así que tengo que soltarla para no lastimarla. La rabia me puede; parpadeo y tomo un poco de distancia para inhalar un poco de aire y no perder el control ante ella.
—¿Otra vez escuchándolas? —pregunta en un susurro venenoso.
Me paralizo, la miro a la cara sin saber qué coño responderle.
—¿Te incomoda que lo sepa?
Avanzo hacia ella como toro y la tomo por la cintura empujándola hasta pegar su espalda contra la pared. Ella se ríe por mi reacción, pero no me aleja. Al contrario, mi Conejita se aferra a mi cuello al punto de enterrarme las uñas en la carne.
—Ahí está —ronronea contra mis labios—. Ese es el Dimitri que quería ver.
Mis manos aprietan su cintura con una fuerza brutal que estoy seguro le dejará marcas. La desgraciada me muestra la misma fuerza enterrándome más las uñas en el cuello, rasgándome la piel con el filo en las puntas, manteniendo su mirada desafiante y altanera postura.
—¿Qué coño crees que haces?
—Probándote.
—Déjate de ese juego —siseo—. Aquí vinimos a coger, no a analizarnos las conductas. Esa mierda déjasela a los especialistas, cabrona.
—¡Oh, sorpresa! Estoy capacitada.
Gruño, suelto su cintura y la sostengo ahora por el cuello, ejerciendo la presión suficiente para que no se me quede sin aire, pero si para que sienta mi cabreo. La condenada jadea, gime cuando aplico un poco más de fuerza. Sus manos abandonan mi cuello y se deslizan lentamente por mi pecho.
Sus caricias me prenden, me vuelven loco, pero no la suelto. Me estoy quemando por dentro.
—Dime lo que pensaste la primera vez que me viste —dice ella—. Vamos, dilo. Dime tu primera impresión de mí.
La sigo sosteniendo, pero ahora con una sola mano para pasar un dedo por su mandíbula, sin tocar directamente su piel de porcelana, solo marcando el recorrido al tiempo que evalúo la respuesta.
—Pensé —murmuro con calma—, que la niñita de papá y mamá era una maldita mentirosa.
—No es mi culpa que me consientan tanto —se ríe bajito—. Soy el centro de su mundo.
—Tú lo que eres es una desgraciada con una doble vida.
—¿Irás corriendo a decirles a mis papis lo que hace su hijita? —hace un puchero la muy chistocita—. Saben lo que tienen. Respetan mi vida privada. Me aman.
—Si se enteran de tus mierdas, será por otro y no por mí —proclamo, viendo cómo se le borra la sonrisa de los labios—. Tú y yo tenemos un acuerdo, pactamos todo esto, ¿crees que correré como marica a decirle a tus papis que te gusta ser una sumisa?
—¿Qué pensaste ahora cuando entraste?
Que me cambie el tema me deja claro que le han dolido mis palabras.
—Que eras una insolente que necesita disciplina.
—Y yo pensé que sigues sin intimidarme. —Vuelve a sonreír.
La sostengo por el mentón con firmeza.
—Te voy a hacer tragar esas palabras, cariño.
—Inténtalo —me reta—. A eso viniste, ¿no? —Aprieto los dientes cuando su mano me aprieta la v***a con fuerza—. Quedamos en que, si lloro, el juego se acaba… ¿No es así, cariño? Inténtalo entonces.
«Hazlo».
«Domínala»
«Hazla arrepentirse de sus palabras».
—No sabes en lo qué te estás metiendo.
—Lo sé. Y lo hago a propósito.
«Maldita hija de puta, ¿acaso tiene una fijación s****l al peligro que desconozco?».
Le suelto el mentón, pero no el cuello. Bajo la mano deslizándola por la figura de su cuerpo, sintiendo cómo apenas tiembla, pero la condenada aguanta con la frente en alto. No retrocede.
Llevo la mano a mi costado y saco mi precioso cuchillo. Ella lo ve y, por supuesto, sonríe también.
—¿Eso es para asustarme?
—No —respondo, le suelto el cuello y acerco la hoja afilada justo donde el pulso le late—. Es para recordarte que puedo hacerte obedecer sin tocarte.
Lo que hace, explota dentro de mí en miles de sensaciones insanas y bastante bizarras. Ella ladea la cabeza, ofreciéndome más piel, ofreciéndome el cuello entero para que haga lo que me dé la puta gana si quiero.
—No te tengo miedo, Dimitri.
—Te convendría tenerme.
—A ti te convendría temerle a quien no te teme.
La maldita sabe exactamente lo que hace. Me dan ganas de reírme, de cerrar las manos en su precioso cuello, marcárselo para que aprenda. Me dan ganas de arrastrarla a la cama y atarla para así azotarla hasta que suplique piedad. Pero me contengo.
Lo hago por ella, por el maldito trato que tenemos y por las voces que ya están empezando a revolcarse como animales enjaulados dentro de mi cabeza.
Aprieto la mandíbula. La hoja todavía descansa sobre su pulso y puedo sentir cómo late fuerte, pero no por miedo. Su pulso late por el mismo placer visceral que me late a mí en la carne.
—¿Quieres jugar con sangre, Conejita? —inquiero cerca de sus labios—. ¿Es eso?
—Quiero jugar contigo —me corrige con descaro, con la sonrisa más irritante que he visto en mi puta vida—. Pero si nos vamos a manchar, hagámoslo bien. No me vengas con advertencias que no sabes cumplir.
El cuchillo tiembla un poco en mi mano, no por duda, sino por la inmensa necesidad de marcarle su preciosa piel.
Cambio de posición y apoyo el filo. Hago una presión mínima; apenas una pequeña punzada puede sentir.
No tengo intención de hacerla sangrar sin su consentimiento y ella lo sabe.
—Te estás comportando como alguien que quiere que la castigue de verdad.
—¿Y tú? —pregunta, desafiándome la muy insolente—. ¿Te estás comportando como alguien que puede hacerlo sin perder el control por completo?
El aire se me atasca en los pulmones porque la muy perra se acaba de meter ahí, donde nadie debe hacerlo, donde nadie tiene el maldito derecho.
«Enséñale».
«No permitas que vaya más allá».
Sostengo su mentón con fuerza sin dejarla escapar de mi mirada.
—Dices muchas cosas que tu cuerpo no respalda, Conejita… —susurro contra sus labios—. Si realmente no te intimido, ¿por qué ahora estás temblando?
Sé que no es por miedo, pero me fascina joderla.
—No estoy temblando.
—Estás ardiendo —me corrijo—. Y eso es peor, cariño.
Aflojo el agarre en su mentón y con mi pulgar comienzo a acariciarle el labio inferior con parsimonia. La desgraciada me hinca los dientes. Muerde el puto dedo lo suficiente para hacerme tragar un gruñido.
Pero cuando lo chupa, el pulso se me dispara.
La cargo en mis brazos y, sin un ápice de cuidado, la lanzo sobre la cama. En un movimiento rápido, me trepo hasta quedar sobre ella, apoyando las rodillas en cada lado de su cuerpo y ahí me detengo. Permanezco sobre ella, sin tocarla más que con el cuchillo en su cuello y mi mano atrapando su mandíbula como si fuera una presa recién cazada.
La risita que deja salir me provoca. Levanta el mentón, dándome más de sí, entregándose nuevamente a mí sin importarle una mierda lo que pueda suceder si me obstino y mando al carajo las reglas.
«No, no lo harás».
«Solo enséñale quién manda aquí».
—¿Y ahora qué? —pregunta con una suavidad insolente que más me obstina—. ¿Vas a disciplinarme o solo vas a mirarme desde tu posición de poder?
—Sigue provocándome —acerco mi rostro al suyo—. Sigue. A ver hasta dónde te alcanza el coraje cuando empiece a usar esto a mi manera.
Deslizo la hoja filosa por su cuello, despacio, con calma, para que lo sienta, para que sepa que en cualquier momento podría hundirla.
Para que sepa que estoy luchando conmigo mismo cada maldito segundo.
—¿Lo harás? —su pregunta es baja, incitadora—. ¿O seguirás jugando?
Levanto la mirada y la fijo en sus malditos ojos hipnóticos.
Me pregunto si se le habrá caído de las manos a la madre cuando era una recién nacida o si se cansó de ser la hija perfecta, buena en todo, que comenzó a buscar otras sensaciones y experiencias en lugares como este.
—Cariño… —respondo al fin, moviendo el cuchillo hasta dejarlo justo sobre el centro de su pecho—. Si supieras lo cerca que estoy de mandar al carajo nuestro trato.
Las ganas que tengo de marcarla para que deje de joderme y entienda que estoy hablando en serio me carcomen por dentro.
—¿Y por qué no lo haces? —su risita me crispa—. Te doy permiso, Dimitri.
Las voces en mi cabeza cobran más fuerza, gritan, se vuelven locas por su consentimiento. Aprieto con más fuerza el mango del cuchillo, controlando mi respiración.
Estoy alterándome por su culpa. Ella me vuelve irracional, porque no le teme a cada sombra, a cada parte rota que tengo. En vez de temer, me provoca para verlas, para empujarme hasta que explote y mostrarle una versión de mí que trato de mantener detrás de la jaula.
Es una enferma de mierda. Yo pensé que estaba loco, pero ella está más loca todavía.
—Si las rompo, no vas a llorar. Vas a gritar —digo despacio, con los dientes apretados—. Y yo no quiero tus gritos, Conejita. Quiero tus lágrimas.
—Intenta no volverte adicto a mí en el proceso.
«Maldita bruja».
La beso con ansias, con hambre, con rabia. Con esa mezcla enfermiza de deseo y furia que ella despierta cada vez que abre la puta boca.
Mi mano libre va directo a su mandíbula, sujetándola, forzándola a recibir cada segundo de mi boca contra la suya. No es un beso, es un choque. Un impacto. Una declaración de guerra.
Mis labios aplastan los suyos con una necesidad que arde, que quema, que me descompone. Siento su aliento mezclarse con el mío, caliente, desafiante, como si ella también estuviera dispuesta a arrancarme la cordura con los dientes.
El cuchillo sigue entre nosotros. No toco su piel con él, pero lo sostengo a un costado, como una promesa latente, un recordatorio de quién soy y de lo que podría hacerle si quisiera.
Mi Conejita responde al beso como esperaba. No se rinde, empuja, muere y renace contra mi boca.
Su lengua danza con la mía con descaro, con esa insolencia suya que me revienta el autocontrol. Y cuando muerde mis labios, cuando siento la pequeña punzada de dolor, un gruñido animal se me escapa de lo más hondo del pecho.
No detengo el beso, lo vuelvo más feroz, más profundo. Mis dedos se hunden en su cabello y tiro de ellos con la suficiente fuerza para obligarla a arquearse bajo mi cuerpo.
Gime contra mi boca, me da otro maldito empujón a la locura.
Me pego más a su cuerpo sintiendo cómo su respiración se rompe contra la mía. La desgraciada me clava las uñas en la nuca, pero no me detengo. Sigo besándola como un maldito desgraciado, saboreando la mismísima condena en sus labios.
—Voy a volverte mierda esta noche, mi Conejita —le prometo, en medio de este beso desenfrenado—. Y te va a encantar.