Llevo un rato apoyado en el marco de la puerta observándola sin anunciarme. No lo hago por descortesía; lo hago porque me fascina verla así: concentrada, frustrada, con el ceño fruncido mientras se sumerge en reportes, gráficos, balances y cifras que no está acostumbrada a leer. Una mujer que nació para crear y sonreír, no para pasar horas revisando proyecciones financieras… y aun así no se rinde. Lucha. Avanza. Se exige. Mi Valentina. —No puedo más… —se queja, dejándose caer sobre el escritorio—. Papá, ¿por qué me metiste en todo esto? Tenía una vida tranquila en San Francisco… Sonrío. No puedo evitarlo. —Si no hubieras venido, no nos habríamos conocido. Ella levanta la cabeza. Y cuando nuestros ojos se cruzan, siento ese pequeño impacto en el pecho que ya reconozco: es ella entrando

