DONDE QUIERO ESTAR

889 Palabras
Llevo un rato apoyado en el marco de la puerta observándola sin anunciarme. No lo hago por descortesía; lo hago porque me fascina verla así: concentrada, frustrada, con el ceño fruncido mientras se sumerge en reportes, gráficos, balances y cifras que no está acostumbrada a leer. Una mujer que nació para crear y sonreír, no para pasar horas revisando proyecciones financieras… y aun así no se rinde. Lucha. Avanza. Se exige. Mi Valentina. —No puedo más… —se queja, dejándose caer sobre el escritorio—. Papá, ¿por qué me metiste en todo esto? Tenía una vida tranquila en San Francisco… Sonrío. No puedo evitarlo. —Si no hubieras venido, no nos habríamos conocido. Ella levanta la cabeza. Y cuando nuestros ojos se cruzan, siento ese pequeño impacto en el pecho que ya reconozco: es ella entrando en mí, como si siempre hubiera tenido una llave para hacerlo. Camino hacia ella despacio, sin prisa, disfrutando cada segundo. Me detengo detrás de su silla y dejo que mi barbilla roce su hombro. Su perfume se mezcla con el mío; su respiración cambia. Lo siento todo. Paso mis brazos por encima de sus hombros, envolviéndola. —Te invito a almorzar. ¿Vamos? —susurro cerca de su oído, lo bastante bajo como para que solo ella lo escuche. —Muero de hambre —responde enseguida. Su voz me provoca una sonrisa automática. Me encanta este tono suyo que aparece cuando está cómoda conmigo… cuando se deja cuidar. Le extiendo la mano y la ayudo a levantarse. Apenas da dos pasos cuando la detengo con un tirón suave en la cintura. —Un beso para sobrevivir hasta llegar al auto —pido, aunque en realidad es una súplica para sobrevivir yo. Ella se da la vuelta, me rodea el cuello, me mira con una sonrisa que podría dejarme de rodillas. Justo cuando está por acercarse, pierdo la paciencia y soy yo quien acorta la distancia. Mis labios encuentran los suyos en un beso suave, pero lleno de esa ansiedad dulce que me provoca. Es breve porque si lo dejo seguir… no llegamos al almuerzo. Me separo apenas, rozando su boca. —Besarte es un peligro encantador —murmuro. Y lo es. Para los dos. Mientras caminamos por la empresa para “parecer normales”, noto inmediatamente el efecto que tiene sobre la gente… sobre los hombres… y especialmente sobre las mujeres. Las miradas hacia ella son de curiosidad, ternura, sorpresa. Las miradas hacia mí… bueno, las he visto toda mi vida: deseo sin vergüenza, interés, fantasía. Y aun así, la única mirada que quiero es la suya. —Cómo te miran todas… —dice ella, intentando sonar casual. Pero ese pequeño filo en su voz me hace sonreír. Celos. Me gustan en ella. —¿Y tú no notaste cómo Mateo prácticamente te devoró con la mirada? —respondo sin suavizarlo—. Lo dijo sin rodeos. Su expresión cambia y casi me río. Si ella supiera todo lo que pienso respecto a Mateo… pero no es momento para abrir esa guerra. No ahora. —Tendrás que hablarme de él. Noté una tensión rara entre ustedes —insiste, justo cuando salimos del edificio. El sol le cae encima y la ilumina de una forma que me deja sin aire. —No será hoy… —le digo con un tono que cierra el tema—. No quiero hablar de él cuando hay cosas mucho más interesantes entre tú y yo. Y es verdad. La guío hasta mi auto. Abro la puerta con un gesto suave, casi ceremonial. —Permíteme, princesa. Me mira con una mezcla de timidez y picardía que me vuelve adicto a ella. Cuando se sienta y estoy por cerrar la puerta, me lanza un reclamo adorable: —¿Por qué tú puedes conducir y yo tengo que venir con el chofer? Muerdo mi labio sin pensarlo. Y su cuerpo reacciona. Ella no lo sabe, pero es transparente para mí. Su deseo, su curiosidad, su despertar… todo me llega como un shock eléctrico. —No echaremos a Filippo —respondo con suavidad—, pero a partir de ahora, los días que salgamos a la misma hora… yo seré quien te traiga. Su respiración se acelera. El aire entre los dos se vuelve más denso. —¿Te convertirás en mi chofer? —pregunta, intentando bromear. —Me convertiré en lo que tú quieras que sea —susurro inclinándome hacia su rostro—. Tú solo pídemelo con esa preciosa boca. Y ahí está. El rubor. La mirada perdida. Esa mezcla perfecta de inocencia y deseo. —Ehh… —balbucea. Río bajito, encantado. —Mejor vayamos —añado, porque si no cierro esa puerta ahora, la voy a besar otra vez—. No puedo hacerlo aquí. Al menos no todavía. Cierro la puerta despacio. Camino hacia el lado del conductor sintiendo un orgullo extraño, una sensación nueva que no había experimentado nunca. Estoy enamorado. Estoy perdido. Estoy exactamente donde quiero estar. Y ella… Ella me desea. Ella me elige. Ella me mira como si yo fuera algo más que Alessandro Mancini. Le abro la puerta al auto… y por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo un futuro delante de mí. Y ese futuro habla con acento dulce, ojos verdes… y se llama Valentina Ferrara.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR