Desde que nos interrumpieron ayer en mi oficina, no he sido capaz de pensar con claridad. Todo en mí sigue vibrando con el recuerdo de su cuerpo sobre el mío, del temblor suave de sus labios, del aroma de su piel y de esa entrega inconsciente que casi me hace perder el control. Y la certeza —absoluta, repentina, devastadora— de que estoy enamorándome de ella. Me despierto antes del amanecer. La casa está silenciosa, sumida en esa calma que precede a las decisiones importantes, pero mi mente no. Sé que ya no puedo seguir viviendo dividido: un pie con Laura, otro con Valentina. Sé que ya no puedo seguir mintiéndome. Y lo más importante: ya no quiero hacerlo. La decisión está tomada. Me visto con rapidez, salgo de casa y conduzco hasta el café donde siempre me encuentro con Laura. El cielo

