—Shhh… no hagas ruido —susurro mientras empujo la puerta de la cocina.
No es necesario. Nadie está despierto. Pero verla entrar sigilosa, divertida, con ese vestido n***o que parece hecho para tentarme, hace que quiera alargar el momento, jugar un poco.
Enciendo la luz. La cocina se ilumina con un brillo cálido, íntimo.
—A Eliza no le gusta que nadie entre cuando ella no está —le explico, intentando mantener la compostura mientras abro el refrigerador.
Ella ríe. Dios… esa risa. Me hace mal.
—¿Pero por qué? —pregunta, acercándose, curiosa, preciosa.
—Porque dice que sus postres desaparecen. Y… tiene razón —admito entre risas, sacando la fuente de tiramisú.
Lo dejo sobre la isla. Busco platos, cucharitas, vasos. Necesito moverme, hacer algo, porque si me quedo quieto, la miro. Y si la miro demasiado, no respondo de mí.
—¿Agua, jugo, refresco, vino? —pregunto mientras saco una botella fría.
—Agua está bien —responde.
Le sirvo. Intento mantener mis ojos en los vasos, no en sus labios.
—La culpa es mía —continúo—. Soy experto en incursiones nocturnas. Si hay algo dulce… no puedo resistirme.
Ella sonríe mientras corta dos porciones. No debería mirarla así. No debería pensar en lo que pienso. Pero no puedo evitarlo.
Se lleva el primer bocado a la boca.
Y lo que sucede después… Me jode. Literalmente.
Cierra los ojos. Suspira. Está disfrutando. Mucho.
Mi mente se ensucia sola.
—Es… por Dios… —murmura.
Y antes de pensarlo, lo digo:
—Es un orgasmo hecho postre, ¿no?
En cuanto escucho mis propias palabras, quiero darme la cabeza contra la pared.
—¡Perdón! —levanto las manos—. No debí decir eso delante de ti…
Ella se ríe. Ni siquiera se escandaliza. Ríe. Y esa risa me mata.
—No pasa nada —dice—. Solo me sorprendió la elección de palabras. No te imaginé hablando así. Tú, el hombre elegante, educado, de sociedad…
Frunzo el ceño, divertido.
—Valentina, no te dejes engañar por las apariencias —me acerco un poco sin querer, muy poco—. Detrás de todo eso hay un hombre común. Que se divierte con sus amigos. Que dice tonterías. Que hace estupideces…
Y que está muy cerca de perder el control contigo.
—Me gustaría conocer a ese Alessandro… —dice mientras toma otro bocado.
Ahí pierdo el equilibrio.
Su voz. Su mirada. El deseo que intenta esconder.
Camino hacia ella. Dos pasos. Tres. Y ya estoy demasiado cerca para pensar con claridad.
—El asunto —digo despacio, con esa voz baja que no puedo suavizar— es que si te llevo a una noche con mis amigos… ellos no sabrían cómo comportarse ante alguien como tú.
Mi brazo rodea su cintura. No sé quién lo mueve primero: mi cuerpo o el suyo. Lo siento natural. Inevitable.
Ella traga aire.
—¿Y cómo soy yo? —pregunta, dejando el plato. Sus manos tiemblan.
Mi pecho se oprime. Acercarme es un error. Pero no acercarme sería peor.
Llevo una mano a su rostro. Mis dedos rozan su mejilla, su mandíbula, su piel suave.
—Así… —susurro—. Con esos ojos enormes… esa sonrisa perfecta… esos labios…
Mi mirada baja a su boca. Y entonces dejo de pensar. La quiero besar desde que bajó esas escaleras. Desde que dijo “champagne”. Desde que rió con mi tontería.
—Valentina…
—¿Qué? —responde casi sin voz.
—Sé que no debería… —susurro, acercándome más— quizá mañana culpe al champagne…
Pero no termino. Porque ya no puedo.
La beso. La beso como si me llevara conteniendo días, semanas, toda una vida. Como si mi cuerpo la hubiera estado esperando.
Sus labios son suaves, cálidos… perfectos. Cuando su boca se abre y su lengua busca la mía, casi pierdo el control del todo. Mis manos bajan por su espalda hasta acercarla más. Ella se aferra a mi cuello, tirando de mi cabello.
Joder…
Este beso no es inocente. No es una equivocación. No es un impulso.
Es una confesión. Un peligro. Y un punto sin retorno.
—Espera… —murmuro contra sus labios, respirando agitado. Me separo solo un centímetro. Apoyo mi frente en la suya—. Dios… —jadeo.
La miro.
Valentina. Temblorosa. Roja. Hermosa. Mía… por un instante que no debería haber existido.
—No intento jugar contigo —digo con dificultad, acariciando su mejilla—. Pero no es correcto seguir. Es que…
Por ti. Por ella. Por mí.
—¿Es por mí? ¿O por…? —insinúa.
—Es por todo —respondo, cerrando los ojos un momento—. Por ti… por ella… por nosotros. Tenemos que… entender esto. Ir paso a paso.
Asiente.
—Sí…
Duele separarme. Duele más que el beso.
—Discúlpame —le digo.
—No te disculpes. Yo también respondí a tu beso.
Sonrío sin poder evitarlo.
—¿Te gusto? —pregunto sin pensar. Torpe. Vulnerable.
Ella ríe, tímida. Asiente.
—Sí.
Joder… Se me aflojan las piernas.
—Y tú a mí —confieso—. Mucho.
La abrazo. Fuerte. Como si soltarla demasiado rápido fuera perder algo que no entiendo. Algo que no debería sentir.
—Permíteme hacer las cosas bien —susurro.
Se aparta con cuidado.
—Mejor me voy a dormir… —dice.
—Está bien… hasta mañana.
Ella se acerca. Me da un beso en la mejilla. Suave. Dulce. Letal.
—Hasta mañana —susurra.
La miro caminar hacia la puerta. Cada paso me tensa. Cada segundo me tienta.
Cuando el pasillo se traga su figura, apoyo las manos en la isla de mármol y cierro los ojos.
La besé. Y ella me besó de vuelta.
Estoy en problemas. Muy serios.
Pero por primera vez, en mucho tiempo…
No me importa.