No he dormido ni un minuto. Paso la noche girando en la cama, pensando en el beso, en su boca suave, en sus dedos enredados en mi nuca. Una parte de mí —la parte humana, la que Laura no conoce— no siente culpa. La otra —la que todavía intenta ser correcta— me recuerda que metí la pata de la peor manera posible. Pero no es por eso que no duermo. Es por ella. Por cómo me miró después. Por cómo suspiró cuando apoyé mi frente en la suya. Por cómo me dijo “sí” cuando le pregunté si yo le gustaba. Tengo problemas. Muy graves. Trato de despejarme saliendo a correr. El parque Portello es mi refugio los domingos. Hoy no sirvió de nada. Cada zancada me repite lo mismo: La besaste. La deseaste. Y la quieres cerca. Por eso, cuando vuelvo a la mansión y Eliza me dice que Valentina salió sola, sien

