No sé si el mundo sigue girando o si se detuvo justo aquí, en esta mesa diminuta en una cafetería abarrotada. Lo único que escucho es su respiración. Lo único que veo son sus ojos verdes, abiertos como si acabara de entrar en un incendio. La confundí. La abrumé. La expuse. Pero no podía seguir mintiendo, ni siquiera por prudencia. No después de la noche que pasamos… no después de cómo me miró mientras me besaba. —Valentina, dime algo, por favor… —susurro, incapaz de soltar sus manos. Las tengo entre las mías. Son pequeñas, cálidas, suaves. Me gustan demasiado. Y ese es el problema. Ella baja la mirada, después me mira otra vez. —No sé qué decirte, Alessandro… —admite, nerviosa—. ¿Estuviste pensando en mí? ¿Cómo? ¿Como la mujer con la que te besaste anoche? ¿O como la mujer por la que…

