Su mano está entrelazada con la mía mientras caminamos por la galería, y juro que no quiero soltarla. Le hablo de arquitectura, de historia, de detalles que siempre captaron mi atención… pero la verdad es que ni yo estoy prestando atención a mis palabras. Solo pienso en ella. En lo pequeña que se ve junto a mí. En lo hermosa que luce bajo esta luz. En lo peligrosamente fácil que es querer protegerla. Y, sobre todo, en el beso de anoche. Ese beso que no he dejado de revivir cada minuto desde entonces. Me acerco un poco más y rodeo su espalda con mi brazo. La atraigo hacia mí casi sin pensarlo. —¿Por qué tan pensativa? —le pregunto, porque lleva rato mirándome como si quisiera descifrarme. Ella ríe, nerviosa. —No es nada… solo te miraba. Dios… si supiera cómo me desarma que me mire así

