Capítulo 2. La pérdida del bebé

1286 Palabras
Advertencia ⚠️ Este relato podría herir la susceptibilidad del lector. Del diario de Brenda: No hay forma de describir el dolor que se siente al perder un hijo. Es una sensación que desgarra el alma, que deja un vacío permanente en el corazón. Algo que nadie debería experimentar jamás. Pero aquí estoy, tratando de darle sentido a la tragedia que ha sido mi vida en los últimos tiempos, de armar este rompecabezas desde los despojos en que se ha transformado mi vida casi en un abrir y cerrar de ojos. Escribiendo desde el dolor pues es lo que mi terapeuta me recomendó. Desde que Bob me puso una mano encima hasta lo que vino luego, mi escape, su acto delictivo, y finalmente la noche en que con mi embarazo a término prácticamente me levanté mojada, la sábana teñida de rojo sangre enredada en mis caderas y la sensación de horror que me sobrevino cuando me di cuenta de que no lo sentía, que mi bebé se había ido siquiera antes de haber nacido. Muerto en mi panza. En un momento estaba, podía sentir sus patadas y de repente todo acabó. A pesar de todo lo que había pasado, yo aún esperaba con ansias la llegada de nuestro bebé. Durante nueve meses, soñé con el momento en que finalmente lo tendría entre mis brazos. Y cuando perdí a Bob, mi bebé era todo lo que quedaba de mi gran amor por él. Recuerdo haber cerrado fuerte las piernas casi instintivamente antes de gritar con un dolor que nacía desde lo más profundo de mis entrañas e iba más allá de lo físico, pues me atravesaba el alma. Habíamos preparado su habitación, compramos para nuestro bebé las cosas más adorables y nos imaginábamos cómo sería nuestra vida una vez que llegara. Yo al menos, ingenuamente, pues pensé que era mutuo...pero el horror de ver la verdadera cara de Bob no se comparaba en nada a sentir como desde el centro de mi ser se escurría la vida de mi bebito por nacer. La noche anterior había comenzado a sentir unas molestias inusuales en mi abdomen. Pensé que eran contracciones leves, señales de que el momento del parto se acercaba. Pero cuando me desperté bañada en sangre mi peor pesadilla pareció cobrar vida, y todo pasó muy rápido; recuerdo que mi padre prácticamente me metió en brazos dentro de su camioneta, y los médicos que me vieron luego me dieron las peor noticia posible luego de hacerme un ultrasonido, mientras yo tenía el alma en un hilo. Mi bebé había dejado de moverse. Había muerto en mi panza. Yo los escuchaba desde lejos, era como que estaba y no estaba... Ese día murieron mis ilusiones también. El hecho de perder a Bob no tenía punto de comparación. Creo que nada lo tiene o lo tuvo, no sé siquiera cuál es el sentido de todo esto o si siquiera lo tiene. Recuerdo que de lejos los escuché hablar de muerte fetal, de estrés, le explicaban a Mary la mujer de mi padre...y yo que estaba ahí quería gritar pero no salía sonido alguno de mi garganta. El mundo se detuvo en ese instante. El aire se volvió espeso, difícil de respirar. La esperanza se desvaneció en un segundo y fue reemplazada por la desgarradora realidad de que nunca conocería a nuestro hijo. No puedo describir el dolor que sentí en ese momento. Era como si me hubieran arrebatado una parte de mí misma, un brazo o una mano. Tal vez así lo hubiera preferido. El proceso del parto fue una tortura emocional. Mientras estaba acostada en la cama del hospital, escuchaba los llantos de los demás bebés nacidos en la misma sala haciendo eco en la habitación donde yo estaba. La alegría que esos llantos solían transmitir ahora solo agravaron mi herida abierta en carne viva. Me preguntaba una y otra vez por qué, por qué a mí, que había hecho de malo para merecer eso, incluso pensé en mi mamá muerta hacia unos años atrás. Confieso que hubo un instante en que le pedí que me llevara también a mí pues cuál era mi propósito en esta vida sin él ni mi bebé... Realmente no lo sabía, solo sentía dolor... Un quebranto abrumador que me partía en dos desde el centro de mi corazón. Desde que había pasado lo de Bob sabía que para mí no habría final feliz. Pero nada me preparó para esa clase de dolor. Cuando finalmente di a luz, el silencio en la sala lo inundó todo. No hubo risas, ni suspiros de alivio. Solo lágrimas silenciosas que cayeron por mis mejillas y las de Mary que sostenía mi mano mientras yo miraba como perdida una mancha en el techo de la habitación. Escuché que susurró que el bebé era perfecto. Pero yo no quise verlo, aunque luego me arrepentí. Casi de inmediato. El ver su pequeño y delicado cuerpo que tan solo eran restos, una promesa de lo que pudo ser y que jamás sería rompió mi corazón, y en ese momento supe que nunca nada sería igual para mí. Me despedí de él en silencio, mientras las lágrimas nublaban mi vista y atravesaban mis mejillas solo atiné a besar su frentecita apenas tibia. Le prometí en mi corazón que siempre lo llevaría conmigo, que su amor sería mi guía para seguir adelante. Y entonces, mientras el dolor arrasaba mi ser, tuve que dejarlo ir para siempre. Lo arrancaron de mis brazos aunque yo no quería... recuerdo oír gritos y tardé en darme cuenta de que eran los míos... lo próximo que recuerdo es haberme dormido, pues me sedaron y ya no puedo acordarme de más nada de ese día. Desde ese día, la tristeza se ha enraizado en mí como una sombra constante. No hay momento en el que no piense en mi hijo y en todo lo que hubiéramos compartido juntos. Me pregunto cómo se hubiera visto su sonrisa, cómo hubiera sido oír su risa por primera vez, su primer diente, la primer papilla. Cada día, cada ocasión especial, está marcada por el hueco que dejó su ausencia en mi ser. Algo que no lograré suplir jamás. El hecho de que Morgana, la ex de Bob (y madrastra de Vicky, la hija de Mary) se haya enamorado y casado, y haya tenido trillizos no me ayudó para nada. A pesar de que en cierto modo compartimos un lazo pues su hijastra es mi hermanastra y de que intentó ayudarme, no puedo más que envidiarla. Ella tiene tres y yo no tengo nada. Mi terapeuta me dijo también que debo seguir adelante. Por mi bebé y por mí. Que no puedo permitir que su partida sea en vano. Que mi hijo vivirá en mis recuerdos, en mi corazón, y seguirá siendo una parte fundamental de quien soy. Y que a pesar de la tristeza, debo encontrar la manera de hallar la felicidad en los pequeños momentos de la vida, en honor a su memoria. Sin embargo todo lo que quiero es anestesiar ese dolor... Quisiera poder decir que la pérdida de mi bebé me ha enseñado una lección invaluable sobre la fragilidad de la vida y la importancia de apreciar cada instante, pero no. No sé cuál es el propósito detrás de esta tragedia, y no logro encontrar fuerzas para seguir adelante, para encontrar la paz y sanar las heridas de mi corazón destrozado, por mucho que lo intento y trato. Solo el alcohol permite que sea más llevadero este desgarro, entonces me hundo, me anestesio, me dejó llevar y me pierdo... Hasta que caigo en la realidad cuando se pasa su efecto, entonces busco otra copa y otra vez empiezo de nuevo.
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