Frank regresaba a Salem luego de un par de meses de ausencia debido a sus compromisos de trabajo en el centro de Boston que lo mantuvieron alejado del pueblo. Sentía que había extrañado ese raro lugar, era un tranquilo pueblo en comparación a la vorágine que él vivía en la ciudad, había ido un par de veces pero por el día solamente, pero en ese caso necesitaba quedarse de modo permanente mientras terminaban el proyecto del Centro Comercial. Mientras caminaba por las calles ya conocidas, notó que todo parecía igual, pero algo en su interior había cambiado. Era como si respirar ese aire puro lo renovara y se dio cuenta, de manera sorpresiva, que se estaba apegando a ese lugar de algún modo.
Decidió pasar por la cafetería que se había convertido en su favorita para disfrutar de una buena taza de café. Al llegar, notó que el lugar parecía más concurrido de lo habitual. Y mientras intentaba pasar, no pudo evitar chocar casi con una mujer que salía precipitadamente de allí.
— ¡Oh, disculpa! —exclamó Frank, tratando de mantener el equilibrio.
La mujer se detuvo en seco y miró al hombre con sorpresa. Era Brenda, que por un momento pareció mirarlo pero sin realmente verlo.
— ¡Eres tú! –exclamó él con sorpresa pues no había vuelto a cruzarse a la muchacha desde aquella vez y por alguna extraña razón, quizá por su parecido, cada tanto la recordaba —. Parece que nos volvemos a encontrar — murmuró y no pudo evitar sonreír a pesar de que la notó más delgada y con ojeras bajo sus ojos. En ese instante, de algún modo raro notó que la chica media loca le gustaba.
La joven parecía distraída y perdida en sus pensamientos. Frank, preocupado, tomó su brazo suavemente y le preguntó:
— Disculpa no quise chocarte de vuelta, pero al menos no te golpeé esta vez…— murmuró y observó su vientre chato —. Oh, ya tuviste a tu bebé…— afirmó él y ella lo miró sin verlo realmente, con los ojos brillosos —. Perdona, ¿estás bien???
— No… no del todo — murmuró ella, con los ojos cristalinos.
Sus palabras intrigaron al arquitecto, pero no tuvo mucho tiempo de pensar en eso pues Brenda comenzó a llorar inconsolablemente. El gesto inesperado dejó al hombre sin palabras y sin saber qué hacer con la muchacha.
En ese momento, Mary, la madrastra de Brenda, salió de la cafetería y rápidamente se acercó a su hijastra.
— ¡Brenda! ¿Qué ha pasado? ¡Estás llorando! — exclamó Mary, envolviendo a la joven en un cálido abrazo protector.
Frank, sintiéndose desubicado y culpable, decidió explicar su pregunta inocente.
— Pregunté si ya había tenido al bebé, pero no sabía que...
La voz de Mary interrumpió sus palabras, llena de indignación y dolor.
— ¡Murió! El bebé murió. ¡Y ella no necesita que le hagan revivir ese dolor! ¡Por favor, aléjate de nosotras! — espetó furiosa.
Las palabras de la mujer mayor resonaron en el aire, cargadas de ira y desesperación. Brenda sollozaba, y Frank se sentía terriblemente culpable por haber sido el causante de su ataque de llanto y dolor.
— Lo siento mucho, señora. No quería causar más daño. Yo solo… nos cruzamos una vez, ni siquiera sé por qué le pregunté, mil disculpas…— dijo con sinceridad pues se sentía realmente mal por haber preguntado. Él y su bocota, se recriminó por dentro.
Frank se dio la vuelta, con sus mejillas encendidas por la vergüenza, y abandonó la escena. Caminó por las calles ahora conocidas de Salem, sumido en sus pensamientos… y no puedo evitar pensar en cuando la perdió a ELLA, él sabía lo que era el dolor de un duelo… Metió la mano en su bolsillo y tocó la ficha, esa noche iría al grupo…
Le daba mucha pena la chica, y de repente no podía olvidarla ni dejar de pensar en ella.
Quizá podría averiguar dónde vivía y mandarle flores a modo de disculpas… o quizá no, lo último que necesitaba era que pensaran que él era un acosador.
Mientras, del otro lado del pueblo, Mary continuó abrazando a Brenda intentando calmar su profundo dolor en el proceso. La joven sollozaba sin poder parar, de forma compungida y se aferraba a su madrastra como si su vida dependiera de ello. Mary, con lágrimas en los ojos, acariciaba su cabello y le susurraba palabras reconfortantes, aunque sabía que no había palabras suficientes para aliviar el dolor de su pérdida. Por algo no había una palabra que describiera a las personas que perdían hijos. Una mujer que perdía a su marido era viuda por ejemplo, pero ¿cómo se le llamaba a una persona que había perdido un hijo? Quizá la magnitud de lo indescriptible no permitía siquiera, que se nombrara un horror como aquel.
Por otro lado, Frank continuaba caminando por Salem, sintiéndose abrumado por la culpa de haber hecho revivir el dolor de la joven. Recordó el doloroso momento en el que perdió a esa persona que amaba tanto, y comprendió de alguna manera el tormento que ella estaba experimentando. Sabía lo devastador que podía ser el duelo, cuando se aferraba a uno y consumía cada parte de su ser, hasta dejarlo hecho un estropajo, una ruina de lo que se fue alguna vez.
Había postergado, con un mensaje, lo que tenía que hacer ese día pues en ese momento tenía otras prioridades.
Finalmente llegó al grupo de apoyo de AA.
Y no era casual, pues a través de las sesiones de terapia y el apoyo de personas que habían pasado por experiencias similares que las habían conducido al mismo vicio, fue que había encontrado un poco de consuelo y una manera de lidiar con su propio dolor, y salir de los estragos del consumo de alcohol para superar esa clase de horror.
Durante la sesión, Frank decidió compartir su historia y abrió su corazón para hablar sobre el dolor que había sentido cuando la perdió. Contó cómo fue cada día posterior a su pérdida, lo mucho que le costó reponerse, que nunca dejó de amarla y que aún la recordaba…era una lucha cada día para seguir adelante, pero el grupo de apoyo de Alcohólicos Anónimos le había brindado una mejor comprensión de su cuadro y herramientas para enfrentar su duelo, y salir del alcohol por supuesto. Incluso si había días como ese, en que solo quería perderse en un gran trago de nuevo.