Tras el éxito en el casino, Lucas había alcanzado una fortuna envidiable por cualquier ser humano. Sus padres se enteraron de su hazaña y en vez de reprenderlo o indagar sobre su adicción, se acercaron a él con el mero interés de que los sacara de su situación económica que no era muy buena que digamos.
La abuela paterna no estaba pasando por una situación muy amigable que digamos y el dinero que había llegado a sus cuentas bancarias como por arte de magia, había ayudado a tratar el cáncer de pulmón al que se enfrentaba su familiar debido a que había fumado casi cincuenta años de su vida.
La ayuda desinteresada del chico caló duro en su hermana, debido a que no compartía sus ideales de ganarse la vida de esa manera.
Él siguió jugando, logrando grandes hazañas tanto en la ruleta como en el póquer.
Misteriosamente no había logrado perder en ninguna de sus aventuras.
Para tal punto de su vida, increíblemente su porcentaje de partidas ganadas era del 100%, algo de lo que nadie daba crédito.
Nikolas seguía siendo su compañero de juego, aunque se había convertido en un espectador más debido a las gigantes sumas de dinero que llegaba a poner en juego su amigo. Su negocio de desarrollo de videojuegos había crecido un poco, lo que llevó a que una empresa multimillonaria le comprara el proyecto. Fue una cifra que se acercaba al millón de dólares, por lo que le pareció divertido invertirlos en una carrera de caballos a ciegas, sin tener conocimiento ni siquiera de las razas que se encontraban compitiendo. Simplemente eligió el caballo que para su gusto se veía más feo, intentando aplicar una especia de psicología inversa... con animales.
Afortunadamente salió victorioso y su fortuna seguía multiplicándose, al parecer la fortuna del hermano mayor de los Fair contagiaba a sus amigos.
Al cumplir los 18 años, Lucas decidió invertir en una compañía de videojuegos llamada Fight forever (coincidencialmente le compró a la empresa que había adquirido el trabajo de su amigo) en dónde tras desarrollar un juego de peleas que rompió el mercado, su fortuna ascendió estratosféricamente.
Fight forever era una empresa que le demandaba mucho tiempo y a pesar de no poseer conocimientos en tecnologías para el desarrollo de videojuegos o habilidades para la ingeniería de software, el chico demostraba un liderazgo implacable y una gestión de personal que cualquier magnate de una multinacional envidiaría. Trabajaba muy bien coordinando a sus trabajadores y podía sacar un producto exitoso en cualquier momento.
Aunque le gustaba mantener el anonimato, de vez en cuando se daba gustos que no cualquier mortal podía darse.
Viajes constantes al medio Oriente, safaris en África, expediciones por Suramérica y Centroamérica… digamos que estaba viviendo el sueño americano a muy temprana edad.
¿Y que podían esperar? Había sido un huérfano que nunca había tenido nada… ni siquiera el amor de sus padres biológicos. Así que ahora que lo tenía todo pensaba gozarlo al máximo, esperando darle a sus padres y a las personas más cercanas lo mejor.
Su hermana se había ido de Nueva York con destino a Australia a estudiar ingeniería de sistemas, debido a que le apasionaba todo el mundo del desarrollo de software.
Cabe aclarar que viajó con sus propios ahorros y jamás pidió un solo centavo, sentía que lo ganado en apuestas era dinero sucio y que no merecía tenerlo. Por lo demás, se distanció de sus padres por alcahuetear la adicción de Lucas.
El chico ya con veinte años, decidió irse de viaje a Polonia para cuadrar algunos negocios con una compañía distribuidora de videojuegos que apenas estaba surgiendo en el mundillo.
Al subir al avión, tomó asiento, cuando alguien llamó su atención. Una rubia despampanante, de tez bronceada, con los ojos de un n***o ébano profundo caminaba por el pasillo del avión despistada.
Caminó rápidamente para fingir un encuentro casual. Se encontraron frente a frente y chocaron, haciendo que estrellaran cabezas.
- ¡Pero por Dios! – afirmó el joven con cierto tono de rabia falsa en su voz. Acaso ¿Podrías mirar hacia dónde vas?
- Eso te digo ¿Cómo es posible que no te hayas fijado que tenías una persona delante? Debes estar pensando en mil cosas ¡Idiota!
- ¿Qué te pasa? Si tú tampoco fuiste capaz de percatarte de mi presencia. Aparte de estúpida ¡Ciega!
- ¿Eso crees? ¿Acaso no es tu culpa? ¡Que falta de modales te hacen falta muchachito!
- ¡Oh! ¡Ahora intentará dárselas de madura! ¡Vamos niña! ¿Cuántos años tienes? ¿Quince? ¿Dieciséis? - se había enojado de verdad.
- Para tu información tengo veinte ¡Idiota!
- Me da igual, puedes ser una estúpida con cuarenta y seguirás siendo igual. La edad es sólo un número.
- Qué bueno que lo dice el chico que no puede levantar su cabeza del celular.
Sin darse cuenta, entre más discutían más se acercaban de manera sutil.
La respiración ya golpeaba sus rostros y lentamente sus bocas se buscaban.
- ¿Quién me devolverá la paz de mi vuelo? – preguntó de manera irritante la mujer.
- ¿Qué son esas malditas preguntas tan raras? ¡Estás loca!
- ¡Y tú estás ciego! Maldito imbécil ¿No te has mirado a un espejo?
- Sí si lo he hecho.
- Pareciera que no.
En ese momento las miradas conectaron como solo se hace una vez en la vida con la persona correcta.
Se quedaron callados por un instante.
- ¿Y cómo me dices que te llamas? – preguntó Lucas.
- Eso no importa – respondió la rubia mientras se fundían en un beso lleno de pasión pero al mismo tiempo de rabia.
Al menos cinco segundos se dejaron llevar, luego volvieron a la realidad.
- ¿Qué demonios te pasa maldito engendro?
- ¿De qué hablas mujer? ¿Tengo la culpa de ser irresistible?
- ¡Por Dios! Aparte de imbécil eres un arrogante de mierda… espero no volverte a ver en mi vida.
- ¡Pues espero lo mismo! ¡Ve y busca un psiquiatra! ¡Lo necesitas de inmediato!
- ¿Ah sí? Pues yo pienso…
El chico la interrumpió de repente dándole otro beso, que esta vez no duró mucho, porque inmediatamente una cachetada en su rostro retumbó en todo el avión.
- Vaya… si que sabes golpear.
- Aparte de todo eres un abusivo.
- No me digas que no te gustó.
La chica lo observó dubitativa, como con cierto gusto por el recién conocido.
- No me jodas ¡Te gustó! ¿No me escuchaste? ¡Estás completamente loca!
- ¡Por Dios! Es la primera vez que trato con un imbécil como tú. Deberías encargarte de tu maldita salud mental antes de hacer estos espectáculos, mira como nos mira la gente.
Y no mentía, casi todas las personas, hasta las azafatas permanecían sentados observando, algunos disimuladamente, otros de manera directa.
- ¡Idiota!
- ¡Bandida!
- ¡Estúpido!
- ¡Atrevida!
La azafata tomó medidas y emitió un grito.
- ¡Ustedes dos! Por favor tomen asiento de una buena vez. No estamos para soportar esta clase de comportamientos. En cinco minutos despegaremos así que por favor compórtense.
Ambos obedecieron a regañadientes.
Lucas volvió a su puesto. Se sentó al lado de la ventana.
La chica hizo lo pertinente.
Su asiento era al lado del chico problemático.
- ¿Es enserio? – preguntó indignada.
- No me lo puedo creer – respondió.