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1410 Palabras

La noche estaba preciosa, y silenciosa. Por terraza del segundo piso se podía contemplar todo el barrio descansando en paz, y si te quedabas lo suficientemente callado, hasta oías las olas romper contra las rocas en las playas Chubda. Lee Jan no se quería ir mas de allí, estaba cómodamente reposado en el barandal, soñando despierto una vida como esa. No sentía el peso de sus estudios en los hombros, las pesadillas con su madre por las noches, ni la presión de ser un hombre ideal. Era Jan y solo Jan. Unos pasos arrastrados sonaron por las escaleras y el pelinegro dirigió su vista hacia allí, viendo la cabellera canosa y casi sin cabellos del señor Jeong. El hombre dobló y entro empujando la reja mediana, con una sonrisa de labios y una lata de cerveza fría en la mano. Jan suspiró, el padre

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