Capítulo 1: Bruno Caruso.

1173 Palabras
La mañana en la que Giorgia se daba por vencida, finalmente entendía que hiciera lo que hiciera, su padre jamás la vería como digna heredera de su imperio, siquiera sería tomada en cuenta, pero poco antes de tirar la toalla de manera definitiva, su padre la citó a una reunión privada de último minuto. Su padre era muy reservado, obstinado y justo, por lo cual, una reunión privada en su oficina lo convertía en un asunto completamente serio y delicado. Por lo cual, Giorgia, esperando verse digna para el trabajo y libre para cual plan que su padre tuviese para ella, ese día usó un traje de saco, pantalones n***o y cabello recogido. Amaba vestir de oficina y soñaba con llevar el mando de la empresa que su padre llevaba, sin importar que tuviese que ensuciarse las manos un par de veces. Cuando su padre la recibió en su oficina, fumaba un tabaco en la ventanilla de aquel lugar, tenía una botella destapada sobre el escritorio y las luces estaban un poco apagadas. Giorgia odiaba observar a su padre en aquellos pasatiempos, aún más luego de que meses atrás habría sufrido un infarto. —Padre, recibí tu mensaje, estoy aquí. —avisó apareciendo tras de él. Su padre suspiró, apagando el tabaco a un lado, tomando un trago seco que tenía en su otra mano y giró hasta verla. —¿Que haces vestida así? —cuestionó. —Toma asiento, necesito hablar contigo un par de cosas. Giorgia sabía diferenciar aquel pequeño tono de su padre, ese mismo que usaba cuando realmente algo serio estaba por ocurrir. Sin importar que, ella tomó asiento, sirviendo un trago de licor que intentaría beber antes de que su padre la detuviera. —Por Dios, Giorgia, las mujeres decentes no ingieren alcohol. ¿Qué pensaría un hombre si te viese en esas andanzas? —cuestionó. Ella suspiró con cansancio, pasando sus manos sobre su frente, arreglando su cuerpo sobre el asiento y observándole fijamente. —¿Es en serio, padre? ¿Crees que me importa la opinión de un hombre? No necesito de uno. —avisó. Él suspiró con cansancio arreglando las mangas de su camiseta hasta tomar asiento frente a ella. —Necesitas de uno, Giorgia, no puedes pasar el resto de tu vida sola. —recordó. —Pero no te he traído aquí para eso, necesito de ti, tengo un trabajo que solo tu podrías completar. —pidió. —Solo necesito saber si estás dispuesta. Ella se llenó de ilusión rápidamente, arreglando su traje, cruzando sus piernas e iluminando su rostro de solo oír aquellas simples palabras. Finalmente se llenaba de ilusión con el afán de que su padre la viera realmente como quería ser vista. —Si se trata del negocio, haría lo que fuese, lo sabes. Es lo que más he querido durante años. —le avisó. Su padre la observó en silencio, poniéndose de pie, dando otro trago de licor y encendiendo otro tabaco hasta caminar hacia una pequeña repisa llena de libros, carpetas y documentos importantes. —¿Podrías dejar de fumar? Por Dios, sufriste un infarto tan solo hace un par de meses. ¿Quien dice que te salvarás del segundo? —cuestionó. Su padre, sin importar sus repetidas advertencias, guardó silencio mientras buscaba con afán una carpeta marrón. Al encontrarla, la revisaría y rápidamente regresaría al escritorio, lugar donde dejaría los papeles a la vista de Giorgia. —¿De qué se trata ésto? —cuestionó Giorgia confundida al tomar la carpeta en sus manos e intentar comprender el contenido. Allí, dentro de aquellos papeles encontraría una fotografía que no dudaría en tomar y observar. —Bruno Caruso. —avisó su padre inhalando el tabaco y señalando la fotografía. —Veinticinco años, mano derecha y heredero de la empresa Caruso. Nuestra mayor y peor competencia en el mercado. Estás fabricando mercancía más económica y más rápido, necesito saber cómo. —pidió. Giorgia aún seguía confundida, dejando caer la fotografía sobre el escritorio y observando los papeles detalladamente sobre aquella carpeta. —No lo entiendo. —confesó. —Allí está absolutamente todo lo que necesitas saber de él, lo suficiente como para que te acerques a él y lo enamores con ese encanto tuyo. —pidió. Giorgia solo levantó su mirada indignada al verlo. —¿Qué es lo que me estás pidiendo, padre? —preguntó. —Quiero que hagas lo que tengas que hacer con ese muchacho para que saques la información que debas sacar. —avisó al apagar el tabaco. —Ésto solo podrías hacerlo tú. —pidió. Giorgia realmente se sintió decepcionada y golpeada ante las palabras de su padre. Era la primera vez que era tomada en cuenta para el negocio de su familia, pero la única razón por la cual era tomada en cuenta era porque debía acostarse con un hombre, cosa que Lorenzo, por obvias razones, no haría. —¿Es en serio, padre? ¿Es en serio lo que me estás pidiendo? —cuestionó. —He rogado mi vida entera ser tomada en cuenta, ayudarte con la mercancía, el negocio, los números, lo que sea. —recordó. —¿Y tu solo me quieres utilizar para ésto? —Tu hermano Lorenzo no puede con ésto, solo lo puedes hacer tu. —recordó. —Digamos que los gustos de Bruno no van hacia Lorenzo, si no hacia ti. —explicó. —Tu cuerpo e ingenio es la arma perfecta para entrar en su cabeza, Giorgia. Es un hombre débil ante las seducciones de una mujer, aún más si es alguien tan linda como tú. —pidió. —No lo haré. —rechazó muy rápido con decepción y enojo. —Solo oye lo que dices, es una completa estupidez. —Giorgia... —susurró su padre en reclamo. —¿No que serías capaz de hacer cualquier cosa por el negocio? Ésto es parte del negocio. Ella resopló con cansancio. —¿Acaso como sabes que seré de su agrado? —cuestionó. —Bruno Caruso ha sido encontrado repetidas veces con múltiples mujeres, en su mayoría, mujeres de tu color de cabello, estatura y contextura. Digamos que, luego de un largo análisis, eres la mujer ideal para Bruno. Un punto a favor para que puedas sacarle información sobre el negocio de su padre. —explicó. —¿Y que gano yo de todo ésto, padre? —preguntó. —Además de mi respeto, me demostrarás que eres capaz de hacer todo por el negocio y la familia, lo que hará considerar hacerte parte permanente de mi sociedad. —avisó. —¿Entonces? ¿Lo tomas o lo dejas, Giorgia? Ella caminó de un lado a otro, pasando sus manos sobre su rostro, suspirando y pensando rápidamente en que camino tomar, terminando por posicionarse frente a su padre, mirarle fijamente y ofrecer su mano. Su padre estrechó su mano y sonrió. —Nunca dudé de ti. —avisó. —Luego de ésto, trabajaré contigo, padre. Sin falta. —pidió. Él asintió repetidas veces, observándola en silencio con orgullo.
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